Por María Eugenia Villalonga para LA GACETA

- En tu trabajo anterior, Lenguas vivas, había toda una indagación sobre el lenguaje. Y en este último, La realidad absoluta, sobre la filosofía del arte. ¿Pensás cada libro en forma conceptual, como un todo?

-Primero están pensados como una totalidad, trato que sean muy orgánicos, que cada tópico o tema que desarrollo se replique. No debería haber, en teoría, ninguna puntada sin hilo. La idea es crear un cuerpo que se sostenga hasta donde se pueda. Ahora, el tema va apareciendo a medida que escribo, es decir, puedo tener algunas historias, algunas reflexiones sobre algo, y lo voy armando. Creo que va emergiendo algo que ya estaba latiendo. Por ejemplo, La realidad absoluta arranca con el epígrafe mismo. Había leído eso de que ningún organismo puede vivir en condiciones normales más allá de 15 minutos frente a la realidad absoluta y me encantó. Entonces ¿qué será la realidad absoluta? Una realidad sin cobijo, sin el abrigo de una filosofía, una religión. Lo que está más allá del habla. Y de a poco se fue formando ese tópico a partir de ideas que tenía. Y obviamente, una te va llevando a la otra, investigás o lees un poco más, y finalmente sale el libro.

- ¿Cómo fue el proceso de escritura?

-En el proceso creativo uno improvisa mucho. Ahora, en el acto en sí, yo escribo palabra por palabra. Puedo estar una semana para diez renglones. Literalmente. Me interesa cuidar muchísimo los aspectos plásticos o formales del lenguaje, las cuestiones rítmicas, musicales. A mí me gusta trabajar a veces con síncopas o con acentos débiles, como dicen en el jazz. Pero además que eso sea congruente con el tema que estás tratando. Es un procedimiento más cercano a la poesía que a la narrativa.

- ¿Qué le da la música a tu escritura, que tiene mucho de composición musical?

-Cuando edito el libro, yo lo pienso como un disco, siempre. Qué tema va primero, qué tema va después. Usualmente lo que está primero y lo que está último está claro. Pero en el medio lo voy acomodando como si fuese un disco. Del mismo modo que cuando escribo, mis imágenes son pictóricas, no literarias. Tengo una visión espacial de las cosas. Pero sí, la idea es que al final se recapitule todo.

- Justamente te iba a preguntar si las artes visuales son el disparador de tu escritura.

-Claro. Yo tengo toda la colección de la Pinacoteca de los Genios, que la había comprado mi abuelo, que es extraordinaria. Y yo la leía cuando era chico. Siempre me gustó la pintura, entonces tengo mucha educación en ese sentido. En la universidad estudié Historia del Arte y me llamaba la atención que a mis compañeros les costara diferenciar un pintor de otro, que para mí era algo natural, porque desde los cinco años estaba mirando cuadros. Tengo mucha memoria visual; colecciono imágenes que veo por internet, que se replican, veo que hay ciertas resonancias plásticas, que luego me interesa llevarlas al papel. En la mayoría de mis libros hay una referencia a pinturas o historias de pintores. Ahora encontré una muy bella de una monja con Matisse, que le pide hacer una capilla -la famosa capilla Matisse- y una historia de amor muy linda entre ellos, a partir de lo que hace. Cuando encuentro esas cosas, me llama la atención que no estén escritas, porque me parecen muy bellas, muy poéticas.

- Hay como una compulsión al minimalismo, de poner la lupa en un detalle, para vincularlo a otra cosa, que en líneas generales está relacionado con la realidad política. ¿Este es el modo que encontraste de hablar de política sin bajar línea?

-Creo que sí. No hace falta bajar línea en literatura, teniendo en cuenta que hoy uno puede expresarse en miles de medios. Era entendible en otra época, ahora pongo lo que quiero en Facebook y se acabó. Eso me libera a mí de hacer una literatura de denuncia. Lo que sucede es que para mí hay ciertas situaciones que no puedo soslayar. No puedo hacerme el oso con la situación actual, acá y en el mundo. Creo que hay que debatir. Y en literatura no puedo evitar cierto estado de conmoción, de zozobra, de decir “esto es un manicomio”.

- La realidad absoluta como aquello que devora o que quema a quien intenta acercársele, como Fitzcarraldo o el coronel Kurtz, o incluso esas estrellas de rock muriendo a los 27 años. El arte como pasión, ¿es anticapitalista?

-Creo que sí. Me parece que hay como dos fuerzas. El capitalismo es el que te hace instalar los entes en el tiempo. Entonces empezás a ver su valor de uso, su valor de cambio. Y esa debe ser una mirada regulada por una mirada poética. Que creo yo, es lo que nos hace estar vivos. Celebrar las cosas en sí mismas. Creo que el arte puro está por fuera del capital, aunque luego tenga beneficios económicos. Como el proceso de filmación de Apocalipsis Now. A mí me encanta eso, los tipos que dan la vida por un programa estético, como Herzog en Fitzcarrado, o en Aguirre.

- La frase final de El corazón de las tinieblas, “el horror, el horror”, que para Conrad refiere al colonialismo en África, Coppola lo lee desde Vietnam. Vos lo relacionás con el bombardeo a la Plaza de Mayo o la dictadura. ¿También puede ser leída desde el auge de esta ola mundial de populismo de ultraderecha?

-Yo no lo compararía. La masacre en Gaza sí es “el horror”. Pero lo que está sucediendo acá ¿acaso está mitigado mínimamente por lo grotesco? Quiero decir, esto es una mala novela de Aira.

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PERFIL

Luis Sagasti (Bahía Blanca, 1963) es escritor, docente y crítico de arte. Ganó el Segundo Premio Nacional de Literatura por su novela Una ofrenda musical. Su obra ha sido traducida al inglés, francés, portugués y turco. En 2010 ganó la beca de la Fundación Apexart Residency Program para una estadía en Nueva York, que le permitió finalizar su novela Bellas artes. Otros de sus libros son El canon de Leipzig, Los mares de la luna, Maelstrom y Lenguas vivas.