Ya conté en otras oportunidades el placer que me produce recorrer y bucear en la vasta biblioteca que fue de mi padre, en la que nunca dejo de sorprenderme. Allí suelo elegir alguna temática al azar. Falleció hace 31 años, pero aún recuerdo su interés por la etología, esa disciplina que estudia el comportamiento animal y sus vínculos con el humano. Era un tema que despertaba curiosidad y conversación. No fue extraño entonces encontrar entre sus libros a los grandes referentes de la etología: Konrad Lorenz, Niko Tinbergen y Karl von Frisch, galardonados con el Premio Nobel de Medicina en 1973 por sus estudios sobre el comportamiento animal. Pero también estaban allí los de Desmond Morris. Y quise saber qué había sido de su vida. Descubrí que, a punto de cumplir un siglo, Morris sigue siendo una figura singular: lúcido, prolífico, zoólogo de formación, etólogo por vocación y divulgador por talento. Se atrevió a cruzar una frontera que en su tiempo parecía difícil: aplicar las herramientas del estudio del comportamiento animal al ser humano. Formado en Oxford, su obra pronto tomó un rumbo propio. En 1967 publicó “El mono desnudo”, un libro que alcanzó una difusión extraordinaria. Le siguió “El zoo humano”, en el que profundizó su mirada sobre la vida moderna. Con un estilo claro y provocador, Morris logró instalar en el gran público preguntas decisivas: cuánto de lo que somos responde a nuestra historia evolutiva y cuánto a la cultura.  Sus libros, traducidos a numerosos idiomas, se vendieron por millones. Sin haber fundado formalmente la psicología evolutiva, actuó como un precursor: abrió interrogantes, anticipó problemas y, sobre todo, legitimó la idea de que la conducta humana puede y debe ser pensada también desde la biología. Las críticas no tardaron en llegar. Se le reprochó un exceso de especulación y una tendencia a simplificar fenómenos complejos. En una época especialmente sensible a los riesgos del biologicismo, su enfoque fue visto con recelo. Sin embargo, aún discutidas, sus obras lograron algo poco frecuente en la ciencia: instalar preguntas en millones de lectores. A las puertas de los 100 años, Morris continúa activo. Su dedicación a la pintura, con una producción vasta y sostenida, revela otra faceta de su inquietud creadora. De algún modo, parece encarnar aquello que siempre sostuvo: observar es una forma de vida. Tal vez su mayor enseñanza no esté en sus respuestas, sino en su actitud. En la paciencia de mirar, en el coraje de comparar, en la incomodidad de reconocernos en el espejo animal. Porque si algo sugiere su obra es que comprender al ser humano no implica elevarlo por encima de la naturaleza, sino volver a inscribirlo en ella. Y acaso en ese gesto de humildad haya también una forma más sabia, y más humana, de entender quiénes somos. En la introducción de “El mono desnudo”, Morris comienza con una frase tan simple como contundente: “Hay 193 especies de simios y monos; 192 están cubiertas de pelo. La excepción la constituye un mono desnudo que se ha puesto a sí mismo el nombre de Homo sapiens”.

Juan L. Marcotullio

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