Tucumán acumula 423 casos confirmados de chikungunya hasta la semana epidemiológica 20, con una suba semanal del 33%. Nunca antes la provincia había registrado tantos contagios en un brote de esta enfermedad.

El brote llegó porque las condiciones estaban dadas hace tiempo. El mosquito Aedes aegypti, que transmite chikungunya, dengue y zika, no crea las condiciones que lo favorecen: simplemente las encuentra. La investigadora Giselle Rodríguez, de la Facultad de Ciencias Naturales, lo explica con una imagen sencilla: donde hay un ápice de desorden, desde una tapita de gaseosa hasta una piscina sin mantenimiento, se genera un nuevo lugar para que el mosquito se desarrolle. El sudeste de la capital, la zona más baja del área metropolitana, sufre inundaciones cuando llueve por falta de planificación y de infraestructura. Los microbasurales, los canales desbordados, los problemas de drenaje describen un mapa que combina pobreza estructural con desidia urbana .

A esa fotografía urbana se le suma una variable que ya no se puede desestimar. El cambio climático está transformando regiones que antes eran templadas o subtropicales en ambientes con características tropicales. Temperaturas más altas, lluvias más intensas, veranos más largos. El decano de la Facultad de Medicina, Mateo Martínez, lo describe como un proceso de tropicalización que ya impacta directamente en la salud de los tucumanos. Los mosquitos sobreviven más tiempo y encuentran más lugares donde reproducirse. Los virus, según advirtió el inmunólogo Alfredo Miroli, también mutan más rápido y se vuelven más eficientes para transmitirse. Lo que hasta hace algunos años era un episodio aislado, hoy amenaza con volverse endémico. Como dijo la infectóloga Aída Torres, el dengue y el chikungunya ya forman parte de una realidad permanente del norte argentino.

Hay otro dato del especial que conviene destacar: la mayoría de los criaderos no está en la vía pública sino dentro de los hogares, en recipientes cotidianos que acumulan agua sin que nadie los perciba como un riesgo. El director de Salud Ambiental de la provincia, Leandro Medina Barrionuevo, lo confirmó al describir los operativos de bloqueo en torno a cada caso: “hemos encontrado muchas viviendas con presencia de larvas”. El espejo, entonces, no devuelve únicamente la imagen de una ciudad mal planificada. Devuelve también la de una sociedad que todavía no asume del todo su parte.

El escenario que se viene exige respuestas distintas. El ministro de Salud, Luis Medina Ruiz, advirtió que las temporadas de riesgo son cada vez más largas y que el desafío sanitario ya no es responder a epidemias puntuales, sino adaptarse a un escenario donde estas enfermedades podrían convivir de manera permanente. Eso obliga a discutir cómo se planifican las ciudades, cómo se gestionan los residuos, cómo se fortalece el sistema de salud para enfrentar arbovirosis simultáneas, y también cómo se construye una conciencia ciudadana sobre lo que ocurre puertas adentro. El chikungunya no es un problema biológico solamente. Es un problema urbano, ambiental, social y político. Y como tal, exige una respuesta que sea, al menos, tan compleja como el problema que tiene enfrente.