Lifestyle, por Fernanda Bringas (muy_fer_) Producción general y Sol García Hamilton (solchugh) - Producción periodística.
Pero no se trata solamente de lectura, ni siquiera de literatura. Lo que está cambiando es algo más profundo y es lo que ese libro representa.
Por mucho tiempo, el lujo estuvo asociado a mostrar objetos, marcas y exceso visible. Pero ahora empieza a emerger otra forma de aspiración. Porque estamos en un mundo donde cualquiera puede recrear una estética desde TikTok, comprar dupes, vestirse “old money” o aprender en segundos cómo lograr el famoso quiet luxury.
A partir de ese contexto, las marcas empezaron a enfrentarse a un nuevo problema: si todos pueden verse “sofisticados”, ¿qué vuelve realmente exclusiva a una persona?
La respuesta parece estar alejándose de la ropa y acercándose al capital cultural.
Porque hoy una cartera puede comprarse, pero construir una sensibilidad cultural requiere tiempo. Y el tiempo, quizás más que nunca, volvió a convertirse en lujo.
Los últimos años, el consumo digital transformó también la manera en que las nuevas generaciones se relacionan con el contenido. Videos cada vez más cortos, películas vistas mientras se usa el celular, recomendaciones consumidas en segundos y olvidadas al instante. Todo es rápido e inmediato.
En medio de ese escenario, empieza a suceder algo inesperado: la profundidad vuelve a verse atractiva. No porque de repente el mundo se haya vuelto intelectual. Sino porque, justamente, la capacidad de profundizar parece cada vez más escasa. Y cuando algo se vuelve escaso, se vuelve deseable.
Por eso hoy empieza a verse aspiracional alguien que lee, va al cine, conoce referencias culturales, sabe de historia, escucha música más allá de lo viral, puede sostener conversaciones interesantes, tiene hobbies offline, desarrolla criterio propio y cultiva una vida interior que no depende completamente de las redes sociales.
Durante mucho tiempo bastó con verse interesante, y ahora empieza a importar volver a ser interesante. Ahí aparece el fenómeno que algunos medios internacionales ya empezaron a identificar como “literary chic”: el regreso de una estética intelectual ligada a los libros, al arte y a cierta sofisticación cultural.
Vogue habló recientemente sobre cómo la moda comenzó a incorporar nuevamente códigos asociados a la figura de la “mujer intelectual”: anteojos, cardigans, faldas lápiz, bolsos llenos de libros, prendas menos estridentes y una imagen más vinculada al criterio que a la ostentación. La publicación incluso relacionó esta tendencia con un cansancio creciente frente a la hiperestimulación digital y la cultura del consumo rápido.
Pero probablemente uno de los ejemplos más claros sea Miu Miu. La marca italiana no solo comenzó a incorporar esta estética en sus campañas y desfiles. Fue un paso más allá y creó el “Miu Miu Literary Club”, un encuentro cultural dedicado a escritoras, pensamiento y conversaciones alrededor de la literatura femenina contemporánea.
Por su parte, la revista ELLE definió el movimiento como una forma de convertir a los libros en el nuevo símbolo de estatus. Y quizás ahí esté la clave de todo.
El fenómeno también empieza a verse fuera de las pasarelas: clubes de lectura, newsletters culturales, cafés-librería y espacios vinculados al cine, el arte o la escritura comenzaron a multiplicarse entre generaciones que crecieron rodeadas de consumo rápido y algoritmos.
Porque las marcas de lujo siempre reflejaron qué consideran aspiracional una época. Antes, vendían exclusivamente objetos. Después empezaron a vender experiencias y bienestar. Ahora ya no alcanza solamente con verse bien o vivir bien. Empieza a importar también qué consume intelectualmente una persona.
Y eso cambia incluso la forma en la que las marcas construyen prestigio. Porque mucho tiempo la moda miró principalmente a celebridades e influencers cómo sus representantes. Hoy parece empezar a mirar hacia escritoras, editoras, directoras de cine, artistas, curadoras culturales y mujeres capaces de transformar una marca en parte de un universo intelectual y no solamente estético.
De esta manera, también empieza a aparecer la idea de la curaduría. Internet nos prometió acceso ilimitado a la cultura, pero ahora la verdadera sofisticación parece empezar a pasar menos por consumir mucho y más por saber elegir qué libros leer, qué películas mirar, qué música descubrir, qué autores seguir y qué referencias construir.
Hoy desarrollar criterio propio empieza a convertirse en una forma de identidad.
Y no es una idea completamente nueva. El sociólogo francés Pierre Bourdieu ya analizaba cómo el estatus no se construye solamente a través del dinero, sino también desde los gustos, la educación, las referencias culturales y las formas de consumo.
Tal vez por eso esta nueva aspiración cultural también se diferencia de otras tendencias recientes: no puede copiarse completamente.
Una estética puede imitarse y un outfit puede recrearse. Pero el conocimiento, la sensibilidad cultural o la capacidad de sostener una conversación interesante no se consiguen de manera instantánea.
Como ocurre con casi toda tendencia contemporánea, parte de este regreso cultural también corre el riesgo de transformarse en una “aesthetic”: libros usados como accesorio, cafés convertidos en escenarios o lecturas pensadas más para mostrarse que para disfrutarse.
Pero hay algo que sigue siendo difícil de fingir a largo plazo, y es el verdadero interés. Porque tarde o temprano se nota quién consume cultura como imagen y quién realmente desarrolló un interés genuino.
Por otro lado, lo interesante es que incluso las celebridades que hoy generan más fascinación suelen ser aquellas que proyectan algo más que imagen.
Dua Lipa, por ejemplo, se convirtió en mucho más que una estrella pop. A través de su plataforma “Service95”, donde recomienda libros, entrevistas, películas, artistas y temas culturales, terminó construyendo una imagen ligada a la curiosidad intelectual y al criterio. No solamente interesa por cómo se viste o por la música que hace, sino porque transmite la sensación de ser una persona culturalmente inquieta, alguien que consume, investiga y entiende el mundo más allá de la estética.
Algo similar sucede con Reese Witherspoon, cuyo club de lectura se convirtió en uno de los fenómenos editoriales más influyentes de los últimos años, o con Kaia Gerber —hija de Cindy Crawford—, que construyó parte de su imagen pública alrededor de lecturas, cine y referencias culturales.
La fascinación ya no pasa solamente por cómo se ven, sino también por la sensación de que tienen algo para decir.
Y no se trata solamente de celebridades leyendo libros. También se empieza a volver atractivo aquello que exige tiempo, atención y profundidad.
Quizás por eso vuelven escenas que hasta hace poco parecían antiguas: alguien leyendo solo en un café, un libro sobresaliendo de una cartera o conversaciones sobre películas y escritores circulando otra vez fuera del algoritmo.
En el fondo, las marcas entienden algo que quizás las redes sociales terminaron evidenciando, que la estética ya se democratizó. Todos usan las mismas referencias. Todos consumen las mismas tendencias. Todos conocen los mismos cafés virales. Todos aprenden a vestirse desde el mismo algoritmo.
Y cuando todo empieza a parecerse, el verdadero diferencial vuelve a ser el criterio. Si todo puede copiarse, la exclusividad ya no pasa por tener acceso a determinados objetos. Empieza a pasar por algo mucho más difícil de replicar: tener una mirada propia sobre el mundo.