Por José Gabriel Ceballos
Para LA GACETA - CORRIENTES

Lo conocí cuando yo entraba en la adolescencia y él andaba por los treinta años, una de las primeras veces que mi abuelo me llevó a la estancia San Juan, del Paraje Torrent. Morocho, retacón y ñato, vestido y calzado muy pobremente (bombacha, camisa y alpargatas percudidas por el polvo de los caminos). Alguien me contó que tenía un domicilio hacia el Norte, próximo a Santo Tomé, el cual quedaba al cuidado de un hermano suyo mientras él erraba con sus historias.

Después, pude apreciar su talento innumerables veces. Sucedía casi siempre al anochecer y en una “matera” (cobertizo donde los peones rurales suelen reunirse a matear tras la jornada; también ocurría con frecuencia en los boliches). La escena se fijó en mi memoria. La inmovilidad de los oyentes en torno a los leños que ardían bajo la pava negra; Cirilo Vargas, generalmente en cuclillas o sentado en el piso de tierra, con la mirada hundida en la penumbra; los perros acostados aquí y allá… Pese al ritmo cansino, a la voz que tiraba a monocorde y a lo que un desavisado consideraría un abuso de los silencios, su relato lo dominaba todo. A menudo el mate se demoraba a medio camino entre el cebador y el destinatario, tan concentrado estaba el segundo en el relato. En algunas ocasiones la “matera” o el boliche se colmaba, a la gente del lugar se sumaban varios vecinos. Donde Cirilo desensillaba su montado, atraía al vecindario.  

Permanecía en sus paradas tres o cuatro días a lo sumo. Lo suyo era errar en libertad. Aplazaba su partida sólo por el mal tiempo o por alguna changa que le permitiera viajar más lejos, como una carpida o colaborar en los corrales.  

Narraba sobre temas diversos. Desde triviales hechos cotidianos, que su ingenio singularizaba al punto de hacerlos asombrosos, hasta acontecimientos fantásticos protagonizados por seres sobrenaturales. Desplegaba cualquier relato con maestría, dosificando la tensión se diría que al milímetro y con un lenguaje escueto y una adjetivación mínima. Sabía saltar sin transiciones del terror o la tragedia al humor. Ni cuando mechaba el castellano con el guaraní (también recurría a vocablos del portugués, idioma que en la región se entiende por ser frontera con el Brasil) la fluidez de su relato se resentía.

La circunstancia de haber sustituido a mi abuelo en San Juan me permitió tratarlo bastante en mi adultez, cuando él comenzaba a envejecer. Yo ya cargaba con mis pretensiones literarias, y me preguntaba en qué formidable escritor podía convertirse Cirilo Vargas si volcaba semejante talento a la literatura. Y aquí consigno un dato que debí haber mencionado antes: Cirilo era analfabeto. Él mismo me lo dijo.

Recuerdo haber pensado que quizá yo estaba equivocado, que la oralidad quizá constituía precisamente la clave de su éxito, pues se supone que los sonidos obran sobre nuestra mente de una manera mucho más directa que la lectura. Recuerdo haber considerado también otras hipotéticas ventajas que le otorgaría su “modus operandi” respecto al de un escritor: el control en tiempo real de los efectos de la obra, algunas cualidades actorales, un “nivel de la lengua” similar al de la mayoría de sus oyentes. Y cuando leí aquello que Hemingway dijo acerca de “la sinceridad de la imaginación” (imaginar tratando de ceñirse a la experiencia) creí haber encontrado la respuesta correcta para los interrogantes que me suscitaba Cirilo Vargas. Sí, sin duda escribiría como los dioses, su experiencia de vida, la que obtenía con su deambular constante por el mundo en el que inspiraba sus historias, lo garantizaba. Pero, ¿qué pasaba con sus cuentos referidos a lobisones, a duendes, a fantasmas?

Hoy, cuando Cirilo Vargas lleva añares en alguna sepultura, y al intentar escribir un cuento sobre él, comprendí que relacionar lo suyo con la narrativa escrita implicaba un error, porque su arte no representaba un estadio, digamos, larval de la literatura, sino que, por el contrario, era un arte independiente de su devenir, autosuficiente. Veamos:  

Basta con pensar que el arte de narrar apareció incalculablemente antes que la escritura. Tanto, que se lo puede reputar como inherente a la naturaleza humana. Ahora bien: la popularización de la escritura y la lectura produjo la literatura tal cual la conocemos hoy pero redujo la importancia del arte de narrar oralmente (ojo: hablo de narrar en cuanto proceso creativo, no a la mera repetición de historias concebidas por otros) a poco menos que la nada, y nos hizo olvidar en gran medida aquel arte. Y no me refiero sólo a cuestiones procedimentales; la expansión de la lectoescritura modificó incluso la actitud del narrador respecto a su obra y a sí mismo; por ejemplo, al generar e institucionalizar el derecho de autor, algo inviable en el ámbito de la palabra oral. Sin embargo, por las razones que fuera, Cirilo había adquirido una conciencia profunda de su arte. Porque sólo así se entiende aquella entrega incondicional, el haber dedicado su vida a vagar contando historias ante auditorios minúsculos y pobres, sometiéndose a todo tipo de privaciones, casi como abrazado a un sacerdocio.

Entendí, en fin, que Cirilo Vargas tal vez fue una prueba viviente de que detrás de la literatura late algo misterioso e inmenso, y mágico, e inmemorial, que desborda todo lo que caracteriza el mundito de nuestro oficio tal como existe hoy (las reglas del mercado editorial, las guerras de egos, las modas, los cánones académicos, etcétera). Algo esencial de la condición humana, que estuvo en nuestra especie desde sus principios. Y que quizá, si lo explorásemos y recuperásemos por lo menos en parte, nos daría a los escritores una mayor creatividad, y posiblemente hasta nos haría mejores personas, quiero decir, tipos menos egocéntricos y vanidosos, más auténticos.        

© LA GACETA

José Gabriel Ceballos - Escritor.