Hay un momento que se repite en cada Mundial y que, si bien ya es algo conocido, no deja de conmover. La pelota empieza a rodar y, casi sin darnos cuenta, nuestro país cambia. Baja el volumen de las discusiones, se suspenden por un rato las diferencias y aparece algo que en la vida cotidiana parece cada vez más difícil de encontrar. La sensación de pertenencia común gana protagonismo.

No importa demasiado de dónde viene cada uno, qué piensa, a quién vota o de qué club es hincha. Durante 90 minutos todo eso pierde centralidad. La camiseta de la selección argentina consigue algo que la política y las redes sociales no pueden lograr; millones de personas se reconocen parte de algo compartido.

Esa escena no es nueva, pero la energía que circula durante un Mundial es diferente. No se trata solamente de ganar partidos, sino que hay algo más profundo, y es la posibilidad de sentirse unido en un país acostumbrado a fragmentarse. Porque la Argentina vive desde hace años atrapada en una lógica de enfrentamiento permanente y todo parece convertirse en una grieta. La discusión política, las diferencias sociales, las redes y hasta el fútbol funciona muchas veces bajo la necesidad constante de dividir, etiquetar y confrontar.

Y, sin embargo, cada cuatro años aparece una excepción poderosa; y el Mundial lo simplifica todo. Obliga a mirar para el mismo lado y nos recuerda que todavía somos capaces de compartir una ilusión colectiva sin necesidad de coincidir en todo lo demás.

Ahí está, quizás, el gran valor simbólico que tiene la Copa del Mundo para los argentinos. Más allá de lo que suceda dentro de la cancha, está la posibilidad de recuperar, aunque sea por un tiempo limitado, cierta idea de comunidad que parece perdida. Nadie pregunta “¿a quién votaste?” antes de abrazar a otro en un gol ni se detiene a pensar si el que tiene al lado comparte sus ideas cuando la Selección gana un partido importante. El otro deja de ser un rival permanente y pasa a formar parte de una emoción común. Y eso, en un país en el que muchas veces cuesta escuchar al que piensa distinto, no es un detalle menor.

Por eso el Mundial deja una enseñanza que va mucho más allá del fútbol. La Argentina que aparece durante esos días no es una fantasía. Existe, está ahí y se hace visible en cada abrazo espontáneo, en cada bandera colgada en un balcón, en cada desconocido celebrando con otro desconocido como si se conocieran de toda la vida.

Tal vez el gran desafío sea justamente entender que la unidad no tiene por qué ser una excepción reservada para el fútbol. Que si somos capaces de empujar todos para el mismo lado detrás de una pelota, entonces también deberíamos poder hacerlo en las cosas importantes que definen el futuro del país.

Porque quizás la verdadera victoria no sea ganar otra Copa del Mundo, sino recordar que todavía podemos encontrarnos en algo común.