FOTO ÁLVARO MEDINA/LA GACETA

En La Madrid, las continuas inundaciones dejaron huellas de humedad en las fachadas y en el interior de las casas. Muchos vecinos cubrieron sus paredes con cerámicos u otros materiales para ocultar esas marcas y devolverles resistencia a los muros.

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Sin embargo, a principios de marzo de este año, el agua de una nueva inundación les devolvió esas cicatrices y dejó otras nuevas: trazos verdosos, oscuros, grisáceos, negros. Una franja de humedad cruzando las paredes como un registro que indica hasta dónde llegó el agua.

PROPAGANDA. Una pintada política resiste entre manchas de humedad. FOTO ÁLVARO MEDINA/LA GACETA
REFACCIONES. Muchos vecinos se ven obligados a revestir y pintar nuevamente sus casas luego de las inundaciones. FOTO ÁLVARO MEDINA/LA GACETA
DAÑOS. En la casa de Mary Gerez, el agua no solo dejó un trazo sino que se llevó parte de los cimientos. FOTO ÁLVARO MEDINA/LA GACETA

Las marcas recorren las paredes como un lazo que une las casas. Su altura oscila entre un metro y más de dos metros en las zonas más afectadas por los anegamientos. Y las marcas dicen: “el agua cubrió esta mesa, esta cocina, esta cama, este hogar completo”.

También hay huellas anteriores, cicatrices de otras inundaciones. Trazos de humedad por todas partes: la memoria del agua en las paredes.

REPETICIÓN. Vecinos de La Madrid frente a las fachadas de sus casas marcadas por el agua de las inundaciones. FOTO ÁLVARO MEDINA/LA GACETA

Los habitantes de la localidad sufrieron grandes crecidas durante los años 1992, 2000, 2017 y marzo de este año. “Cada una fue más fuerte que la anterior”, aseguran los vecinos. “ Y cada persona en La Madrid puede decirte a qué inundación corresponden las distintas marcas de sus casas”, comentan los pobladores. Además, también hubo anegamientos que causaron daños en 1998 y 2015, aunque de menor magnitud.

POR DENTRO. Antonio Brito, conocido como FOTO ÁLVARO MEDINA/LA GACETA


La Madrid nació en octubre de 1876. Cómo otros pueblos del sudeste tucumano, su origen se vincula a la expansión del ferrocarril en la segunda mitad del siglo XIX. En la localidad viven poco más de 5.000 personas distribuídas en alrededor de 2.000 viviendas, según el Censo 2022.

DE PUNTA A PUNTA. María Rivadeneira muestra cómo el agua dejó su marca en las paredes de cada ambiente de la casa. FOTO ÁLVARO MEDINA/LA GACETA

Los profesionales de esa comisión, que trabajaron en el lugar, explican que, cuando se inunda La Madrid, el agua tarda en desagotar y eso genera esas marcas tan nítidas que permiten dimensionar el nivel de la crecida en las distintas zonas.

VOLVER A EMPEZAR. Patricia Molina observa consternada las paredes derruidas de su casa FOTO ÁLVARO MEDINA/LA GACETA

El agua se filtra por los poros del revoque y los muros la absorben. Luego vienen las manchas generadas por esa impregnación, el revestimiento pierde cohesión y en muchos casos cae dejando una rasgadura de ladrillos a la vista: un pueblo de mil casas, muchas de ellas lastimadas por el agua.

POR ENCIMA DEL AGUA. La familia de Daniela Acosta aún guarda sus pertenencias por encima de la huella de humedad. FOTO ÁLVARO MEDINA/LA GACETA

Sin embargo, completan los especialistas, las paredes secan rápido al calor del potente sol tucumano y eso les permite recuperar su firmeza, aunque las manchas permanezcan visibles por fuera.

Surge entonces una imagen, la tentación de una metáfora: las cicatrices exteriores que dialogan con la fortaleza interior de quienes siguen esperando respuestas. Sobre las marcas que deja el agua transcurre la vida este pueblo que resiste entre el temporal y la reconstrucción.


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En muchos casos, la humedad no permite a los vecinos instalarse completamente en sus hogares. Los patios quedan convertidos en una especie de campamento donde debe transcurrir la vida hasta que se queden las paredes. Incluso hay objetos aún secándose o todavía con barro.

RUINAS. La casa de Milagros guarda los restos de los muebles destruidos por el agua y la ropa que aún no se seca. FOTO ÁLVARO MEDINA/LA GACETA
PÉRDIDAS MATERIALES. Armando Domínguez decidió quemar las pertenencias que no pudo rescatar de la humedad. FOTO ÁLVARO MEDINA/LA GACETA
SIN RESGUARDO. La familia Acosta pasa los días con la casa abierta de par en par, después de que la inundación arrancara las puertas. FOTO ÁLVARO MEDINA/LA GACETA

María Rivadeneira tiene 79 años y vive en La Madrid desde que nació, en la que fue la casa de su madre y hoy lo es de ella. Entre los retratos que se reparten entre los muebles del comedor, la señora conserva una foto tomada por LA GACETA luego de la inundación de 1992.

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En la foto, María, 34 años más joven,  cruza la calle en bicicleta. Detrás de ella, en los muros de una casa, se observa la marca del agua: el nivel al que llegó la inundación. Tres décadas después, María vuelve a cruzar en bicicleta por el mismo lugar: en donde estuvo la marca se observan los ladrillos expuestos tras el revoque roído. Por encima de esa altura, la huella de la última inundación.

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Mientras muestran las marcas de humedad que dejó el agua en sus casas, los pobladores vuelven a señalar la necesidad de obras para evitar nuevas inundaciones. Este año, La Madrid cumple 150 años y muchos vecinos remarcan que es un momento clave para encarar la problemática con planificación adecuada y sostenida: para que las heridas que dejaron las crecidas comiencen a sanar.