Nicolás Varrone no llegó a la Fórmula 2 por el camino habitual. No fue una escalera prolija ni lineal. Fue, más bien, una historia de desvíos, decisiones incómodas y apuestas personales. Por eso, su presente en Miami -peleando adelante en apenas su segunda participación en la categoría- tiene un valor distinto.

Nacido en Ingeniero Maschwitz, Varrone creció entre autos de carrera. No es una frase hecha: su historia está atravesada por los fierros desde el inicio. Sus padres, Sandra y Martín, se conocieron compitiendo, y su papá tenía un taller. Ese entorno lo empujó al karting y, con el tiempo, a dar el salto a Europa en 2018. Ese mismo año, casi como una declaración de intenciones, se consagró campeón del V de V Challenge Monoplace.

Pero el camino no siguió en ascenso. En 2019 compitió en Fórmula 3, aunque la falta de presupuesto y el impacto de la pandemia lo obligaron a frenar. Fue un golpe duro: las puertas de los monoplazas se cerraban justo cuando parecía que todo empezaba.

Ahí apareció la primera gran decisión. Varrone se anotó en la carrera de Administración de Empresas, pero duró apenas un mes. Sin decirle nada a sus padres, abandonó y apostó todo al automovilismo. Después, ya sin margen, fue sincero: le pidió a su madre dos años para intentar vivir de las carreras. Si no funcionaba, volvería a estudiar.

El giro de su carrera llegó en un lugar inesperado: el endurance. Lejos de las fórmulas, encontró en la resistencia un espacio para crecer. Y no solo eso: se convirtió en piloto profesional con rango FIA Gold y empezó a construir un currículum de peso. En 2023 logró algo que pocos pueden contar: ganó en su clase las 24 Horas de Le Mans y también las 24 Horas de Daytona. Dos de las pruebas más importantes del mundo, en el mismo año.

Esa experiencia le dejó algo más que títulos. Le dio cabeza. Paciencia. La capacidad de entender los tiempos de una carrera larga, de no desesperarse, de gestionar. Herramientas que hoy, de regreso en los monoplazas, empiezan a marcar la diferencia.

El retorno a ese mundo llegó en 2026, impulsado en parte por el efecto que generó Franco Colapinto en Argentina. El renovado interés por la Fórmula 1 abrió puertas, atrajo sponsors y permitió que Varrone consiguiera el presupuesto necesario para desembarcar en la Fórmula 2. Su destino fue Van Amersfoort Racing, la misma escudería por la que pasó Colapinto.

Y la adaptación está siendo más rápida de lo esperado. En Miami, mostró competitividad desde el inicio: fue 14° en los entrenamientos, clasificó sexto y terminó cuarto en la carrera Sprint, a un paso del podio. En la Feature Race volverá a largar desde la sexta posición, con el agregado de un condimento extra: la posibilidad de correr bajo lluvia por primera vez en la categoría.

Detrás de ese presente hay también una red que lo sostiene. Su manager, José Balbiani, ya proyecta la temporada 2026 completa, incluso con detalles como el número que utilizará. Y dentro del equipo, el respaldo es cada vez más visible, con gestos que refuerzan su lugar en la estructura.

Fuera de la pista, Varrone mantiene intactas sus raíces. Sus ídolos son Ayrton Senna y Sebastian Vettel. Y su vínculo con Colapinto va más allá de lo profesional: son amigos desde chicos, compartieron karting, viajes y hasta bromas que todavía recuerdan.

Hoy, en Miami, Varrone no solo corre una carrera. Corre con una historia detrás. Una que incluye renuncias, triunfos inesperados y una convicción que nunca se negoció. En un mundo donde el talento muchas veces necesita respaldo para existir, él encontró la forma de sostenerse. Y ahora, con la oportunidad en sus manos, busca transformar ese recorrido en algo más grande: hacer historia en la Fórmula 2.