¿Quién de habla hispana no ha sentido nombrar alguna vez a Federico García Lorca, el brillante poeta español que a través de su existencia nos legó muchas y admirables obras? En el prólogo de uno de sus libros, titulado “Romancero Gitano”, puede leerse, entre otras cosas, lo siguiente: “La obra de Lorca es el documento literario más impresionante de la literatura española en todos los tiempos creado sobre la realidad amorosa frustrada en sus raíces más íntimas y fundamentales?”. Uno de sus maravillosos ejemplos es el siguiente poema, titulado “Romance de la luna” que dice así: “la luna vino a la fragua con su polisón de nardos. El niño la mira. El niño la está mirando. En el aire conmovido mueve la luna sus brazos y enseña lúbrica y pura, sus senos de duro estaño. Huye luna, luna, luna. Si vinieran los gitanos, harían con tu corazón collares y anillos blancos. Niño, déjame que baile. Cuando vengan los gitanos te encontrarían sobre el yunque con los ojillos cerrados. Huye luna, luna, luna que ya siento sus caballos. Niño, déjame, no pises mi blancor almidonado. El jinete se acerca tocando el tambor del llano. Dentro de la fragua el niño, tiene los ojos cerrados. Por el olivar venían, bronce y sueño, los gitanos. Las cabezas levantadas y los ojos entornados. ¡Cómo canta la zumaya, ay canta en el árbol! Por el cielo va la luna con un niño de la mano. ¡Dentro de la fragua lloran, dando gritos, los gitanos! El aire la vela, vela. El aire la está velando”.
Daniel Chavez
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