El 1° de mayo es una fecha que me lleva a recordar a quienes fueron mis modelos de trabajo y esfuerzo. Esos que extraño porque ya no están. Personas anónimas que fueron mi abuelo Bartolo y mi nono Nereo (y ese orden es para honrarlos, por algo que ellos practicaban con complicidad familiar). Bartolo nació en la pampa gringa (hijo de un inmigrante piamontés), fue desde muy joven un buscavidas (polifuncional) que trabajó de cosechero, boxeador, estibador en el puerto, vendedor y, finalmente, gomero por décadas. Nereo nació en Italia y de adolescente cruzó el océano; siguiendo el modelo de su padre fue constructor (de esos de la vieja escuela) que sabían de albañilería, plomería, electricidad, carpintería y todo lo necesario para una construcción completa. Su dogma siempre fue llevar el pan a la mesa con el sudor de la frente, sin importar las marcas que los trabajos duros dejaran en sus cuerpos. Hoy algunas de sus herramientas descansan siendo “mi tesoro más valioso”. Escribí estas líneas, primero para que sus nombres no se pierdan; pero sobre todo para rendir homenaje a aquellas generaciones de inmigrantes y descendientes que con sudor anónimo cimentaron la Argentina de hoy.
Marcelo Daniel Castagno
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