En un viejo diario norteamericano de comienzos del siglo XX, perdida entre avisos de cocineras, costureras, mucamas e institutrices, aparece una tal Lizzie Magie. La página muestra el mundo de entonces sin maquillaje: un mercado laboral segmentado por raza, género y clase. Se solicita mujer negra para la cocina, sirvienta blanca con referencias, joven respetable para casa de familia. Y en medio de todo eso “Se ofrece para trabajos Lizzie Magie. Mecanógrafa experta, estenógrafa y transcriptora de graphophone. 1506 G St. N.W. Teléfono Main 2689.
Lizzie Magie era hija de un abolicionista (acompañó a Abraham Lincoln durante la guerra civil) y creció rodeada de ideas reformistas. Le indignaban las injusticias sociales, en especial las vinculadas a la propiedad de la tierra. Admiraba profundamente a Henry George, un pensador con una premisa tan simple como potente: el valor de la tierra no lo genera únicamente su dueño. Si llega el tren, si el barrio prospera, si se abren calles y florecen comercios, ese valor añadido lo produce la comunidad. Sin embargo, la ganancia termina exclusivamente en manos privadas.
Lizzie quería ayudar a cambiar el mundo y tuvo la mejor idea para hacerlo: inventar un juego. Así es inventó The Landlord’s Game (El juego del terrateniente). Su intención no era aplaudir al propietario exitoso, sino exponer cómo un sistema basado en la acumulación de tierras y el cobro de rentas terminaba empujando a unos pocos hacia la riqueza extrema y a la gran mayoría hacia la quiebra, a la vez que destruía los vínculos sociales y morales.
El juego circuló, fue copiado, adaptado y simplificado. Décadas después, una versión derivada fue comercializada por Charles Darrow y lanzada por Parker Brothers como Monopoly en plena gran depresión triunfó un juego donde se compraban calles para levantar hoteles y llevar a la ruina a los demás. Hay pocas parábolas tan limpias sobre el siglo XX. Una advertencia social transformada en producto masivo. Una sátira convertida en aspiración. Una mujer que quiso mostrar los peligros de la renta inmobiliaria terminó dando origen al entretenimiento favorito de quienes disfrutan cobrar alquileres de juguete.
En Argentina, esta lógica encontró su propia traducción, que todos conocemos: El Estanciero. Allí ya no se compraban avenidas ni hoteles urbanos, sino campos, chacras, estancias y hacienda. El juego incluía cosechas, sequías, hipotecas y remates. El país entero parecía caber en una caja de cartón.
Para muchos de nosotros El Estanciero significaba pasar una larga tarde alrededor de la mesa del comedor. Billetes de colores, propiedades rurales, acaloradas discusiones por las reglas y un banco administrado por algún pariente con una autoridad sospechosa. Tenía (y tiene) un encanto que rozaba la crueldad. Uno caía en campo ajeno y tenía que pagar. Si el dinero no alcanzaba, se hipotecaba; si aún no era suficiente, llegaba la bancarrota. Y si para ganar había que mandar a la propia madre a la quiebra, se hacía (con un poco de culpa, tal vez, pero se hacía). “Es el juego”, justificaba siempre el jugador más despiadado, que casualmente solía pedir clemencia cuando la suerte se le revertía.
Visto desde el presente, El Estanciero resulta casi tierno. No por antiguo, sino por su inocencia. Todavía imaginaba un país dibujable, tangible: trenes, chacras, ganado, cosechas y escrituras. La riqueza tenía una forma visible. Un tablero que reflejara la realidad actual sería infinitamente más bizarro. Ya no bastarían los campos ni los ferrocarriles. Habría que incluir billeteras virtuales, suscripciones fantasma, pagos mínimos de tarjetas, moratorias, blanqueos de capitales,, aplicaciones que no reconocen la biometría del usuario (¡quién no hizo de pavo con el reconocimiento facial en una fila de súper) y promociones que caducan en el preciso instante en que uno por fin las comprende. La posibilidad de ir a la cárcel por hacer chanchullos financieros casi que nos da risa.
Las cartas de “Suerte” y “destino” rezarían: “Le cobraron una suscripción que no recuerda haber contratado”. “Usted hizo el pago mínimo”. “Debe impuestos: espere la próxima moratoria”. “”Le llegó el pedido de Shein: el pantalón tiene bolsillos”, “explotó la pirámide, pierde todo” o porqué no “Zapallazo: su moneda virtual se multiplica por mil”.
Lizzie Magie regresa con una ironía colosal. Ella diseñó un juego para advertirnos sobre un fallo en el sistema. Pero el juego no logró transformar la vida; fue la vida la que terminó mimetizándose con el juego. Quizá esa sea la verdadera paradoja. Lizzie soñaba con que su juego fuera una denuncia contra el mundo. Sin embargo, fue el mundo terminó convirtiéndose en el tablero más desquiciado de todos