Abril suele ser uno de esos meses grises, tibios, vulgares. Arranca fuerte con la conmemoración del 2 de abril -urge reparar el inmenso daño que nos hicieron los desmalvinizadores-, pero después se entibia, se plancha. En el calendario, se ubica entre marzo (que nos aturde con la vuelta a clases) y mayo, que es cuando arrancamos con la seguidilla de grandes efemérides históricas, actos escolares, feriados y un largo etcétera que deriva en las vacaciones de julio. Claro que hablamos de cuestiones generales, porque seguramente se trata de un mes para el que sobran entusiastas (gente que cumple años, que celebra aniversarios, que vincula este mes con recuerdos entrañables y un largo etcétera). Sin embargo, debajo de esa superficie intrascendente, existe un hilo invisible que une hechos en apariencia inconexos, pero que definen en gran medida nuestra identidad.

A lo largo de unos dos siglos, durante el cuarto mes del año ocurrieron una serie de acontecimientos puntuales que ordenaron geográfica, política y socialmente el rincón argentino en el que vivimos, es decir, las provincias de Salta, Jujuy, Tucumán y Santiago del Estero. No respondieron a una lógica específica ni a un plan premeditado, sino que estuvieron atados a los vaivenes imprevisibles de sus tiempos turbulentos. Vamos por partes.

Ibatín nació en 1565 por iniciativa de Diego de Villarroel. Casi dos décadas después, el 16 de abril de 1582, Hernando de Lerma fundó la ciudad de Salta. Y el 19 de abril de 1593 se realizó la tercera y definitiva fundación de San Salvador de Jujuy. Aunque parezcan hechos independientes entre sí, es curioso cómo estos últimos terminaron incidiendo en el destino de aquella primigenia ciudad tucumana: la aparición de las nuevas poblaciones (sumadas a la de Esteco, cerca de donde hoy se encuentra Metán) fue modificando paulatinamente la ruta por la cual el comercio iba y venía desde y hacia Cuzco; la de los Valles Calchaquíes, escarpada y difícil, justificaba la existencia de Ibatín, pero el nuevo camino que empezó a correr más al este y que hilvanó las nuevas comunidades -sumado a otros factores, claro- le quitó preeminencia y terminó incidiendo en la decisión del traslado, ocurrido finalmente en 1685. La consecuencia fue nada menos que el nacimiento de la primitiva San Miguel de Tucumán. De ahí venimos.

Aquí nació la patria

Ya en el turbulento siglo XIX, abril vuelve a cobrar protagonismo por una serie de acontecimientos en los que se combinan las luchas por la independencia y los primeros escarceos de lo que fue la organización política y territorial de nuestra región. Además, operaron como un preludio de las luchas internas que marcaron buena parte de aquel siglo.

El 14 de abril de 1815 se produjo el combate del Puesto del Marqués. El entonces coronel Martín Miguel de Güemes, al mando de gauchos salteños y jujeños, y el jefe de la vanguardia del Ejército del Norte, Francisco Fernández de la Cruz, vencieron a los realistas en aquel punto de la puna jujeña. Este hecho funcionó como un espaldarazo anímico para las tropas patriotas, que venían desmoralizadas de las derrotas de Vilcapugio y Ayohuma.

Tres años después, los realistas volvieron a invadir Jujuy y Salta. Esta vez, al mando del general José de La Serna. Pero el rigor de las impredecibles tropas que lideraba el ya proclamado gobernador salteño Güemes frenó a los invasores, que no pudieron seguir avanzando hacia el sur. Un combate importante se produjo el 21 de abril de 1817 en El Bañado, cerca de El Carril: Luis Burela, al frente de un batallón de gauchos, derrotó a la columna realista que intentaba dirigirse a los Valles Calchaquíes. Como este, hubo cientos de choques cruentos, algunos de mayor y otros de menor magnitud, que desgastaron y diezmaron a los enemigos de la independencia tanto en Salta como en Jujuy.

EN TRANCAS. Busto de Bernabé Aráoz, cubierto con una manta durante un acto. ARCHIVO

Hay un dato que suele pasar inadvertido: entre 1810 y 1822, Jujuy sufrió 11 invasiones realistas. De hecho, en el recientemente renovado Cabildo jujeño -vale la pena visitar el museo- aparecen enumerados año por año todos los combates ocurridos en el territorio de esa provincia durante la Guerra de la Independencia; impacta la cantidad y opera como un recordatorio: si a la patria se la parió en algún lado, sin dudas fue en el norte

Comentario al margen: a quien le interesen los detalles militares y sociales de aquellos años turbulentos hay un par de libros que valen la pena: por el lado de la ficción, “Huaira Puca”, del insuficientemente valorado Daniel Ovejero. Desde la historia, “Los gauchos de Güemes: guerras de Independencia y conflicto social”, de la catedrática salteña Sara Emilia Mata. También es insoslayable la obra del monumental Bernardo Frías.

Todos contra todos

Volviendo al mes que nos ocupa, una serie de acontecimientos que ocurrieron entre 1820 y 1821 fueron la prueba cabal de que la realidad es mucho más complicada y caótica que la historia prolija que nos cuentan los manuales escolares. En aquellos años, los estragos económicos, políticos y sociales de las luchas independentistas se hacían sentir con fuerza en la región. Mientras Güemes intentaba armar un ejército para avanzar hacia el Alto Perú, presionar a los realistas y cumplir con el compromiso que había asumido con José de San Martín -que había desembarcado en Perú para completar su campaña libertadora- entre Tucumán y Santiago del Estero las tensiones se hacían insostenibles. El 27 de abril del 20, los santiagueños elevaron un acta de autonomía para separarse de Tucumán. Pero el gobernador Bernabé Aráoz la rechazó. En medio de esta tirantez, poco después nació la efímera República del Tucumán, que nos legó la primera constitución de la provincia.

Mientras tanto, Güemes les había solicitado ayuda a los gobernadores de la región para formar la tropa de 3.000 hombres con la que pensaba iniciar la campaña. Juan Felipe Ibarra, caudillo santiagueño, le respondió que no podía auxiliarlo, porque Aráoz lo estaba atacando. Frente a esta situación, el salteño envíó 2.000 hombres a Tucumán. Esto desembocó en la batalla del Rincón de Marlopa, ocurrida el 3 de abril de 1821. Allí, las huestes salteñas (comandadas por el futuro gobernador Alejandro Heredia) fueron vencidas por las tucumanas que, paradójicamente, estaban lideradas por el jujeño Manuel Eduardo Arias, quien, en el pasado, había sido uno de los comandantes más importantes de Güemes en la Quebrada de Humahuaca. Signos de tiempos brutales.

Al mismo tiempo, en Jujuy la situación se había vuelto desesperante: con Güemes guerreando contra Tucumán a favor de los santiagueños, los retazos del ejército que debía avanzar hacia el Alto Perú quedó a merced de un nuevo avance realista. En ese contexto, el 21 de abril de aquel año se produjo el combate de León, en el que los jujeños, al mando de José Ignacio Gorriti (congresal de 1816 y padre de la genial Juana Manuela, a quien muchos señalan como la primera escritora y feminista argentina) repelieron el ataque. Aquella proeza se recuerda hoy como el Día Grande de Jujuy y fue uno de los primeros impulsos para la autonomía jujeña que ocurriría un par de décadas después.

Si escarbamos más en la historia, seguramente encontraremos otros hechos relevantes ocurridos en diversos abriles del tiempo. Pero creemos que los anteriores bastan para conectarnos con aquel hilo invisible que nos une y nos define. Porque hay valores identitarios que van más allá que los que nos otorgan los vínculos familiares o sociales. Que se ubican en un espacio menos tangible, pero mucho más trascendente que el fanatismo por un club de fútbol o la pertenencia a determinado espacio político. Tienen que ver con la cultura, que al fin y al cabo es esa sumatoria de conocimientos, creencias, costumbres y hábitos adquiridos por una comunidad. Y ese concepto es inseparable de la noción del territorio. De allí venimos. Con todo lo que eso implica.