En Tucumán conviven múltiples formas de hacer empresa. Está el pequeño comerciante que abre todos los días sin certezas, el industrial que ajusta costos en un contexto imprevisible, y también aquellos que, desde posiciones más consolidadas, observan el devenir económico con otra distancia. Todos distintos, pero atravesados por una misma realidad: la dificultad de proyectar en un entorno inestable. Sin embargo, hay algo que los une más profundamente que las condiciones económicas. Es una forma de posicionarse frente a lo colectivo. Durante años, el empresariado local ha tendido a moverse de manera fragmentada. Cada uno resolviendo lo urgente, cada uno defendiendo su propio espacio. Es comprensible: la presión cotidiana empuja a concentrarse en sobrevivir. Pero esa lógica, que parece razonable en lo individual, termina debilitando al conjunto. Porque mientras cada empresa intenta sostenerse por sí sola, las reglas del juego se siguen definiendo en otros ámbitos, muchas veces sin su participación activa. No se trata de señalar culpas, sino de reconocer una limitación. La falta de articulación, de representación sostenida en instituciones, de construcción de agendas comunes, reduce la capacidad del sector para incidir en las decisiones que lo afectan. Y esa ausencia no es neutral. Otros actores -más organizados, más presentes- ocupan ese lugar. Y lo hacen con sus propios intereses, que no siempre coinciden con los del entramado productivo. Tal vez haya llegado el momento de revisar ese modo de estar. No desde la crítica fácil, sino desde una pregunta honesta: ¿hasta qué punto el aislamiento protege, y hasta qué punto debilita? La participación en instituciones de la vida democrática -cámaras, asociaciones, espacios de diálogo- no debería ser vista como una carga, sino como una herramienta. No resuelve todo, pero sin ella, casi nada se resuelve de manera sostenible. Construir representación no implica renunciar a lo individual. Implica entender que, en ciertos planos, el destino es compartido. Y que, sin una voz común, incluso los más fuertes terminan siendo más débiles de lo que creen.

Mario Koltan                                     

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