Por un estudio realizado en la Universidad de Clemson, en California, el estereotipo de vicio de los videojuegos disminuyó. Según la perspectiva psicológica, los adultos que se criaron con videojuegos y ahora mantienen esa práctica con sus hijos están dando forma a familias democratizadas.
Los temores de generaciones anteriores que veían las consolas como una amenaza, pueden alejarse porque los nuevos estudios y análisis muestran lo contrario. Luego de 20 entrevistas en profundidad a adultos que habían jugado videojuegos los investigadores vieron rasgos positivos, con destino a ser explotados, en el entretenimiento compartido.
Flexibilización
El tema ya no es restrictivo porque permite una crianza acercada al juego que le agrada a los hijos. Y es lo que genera que los padres que crecieron con videojuegos y ahora los comparten están moldeando familias donde se diluyen los roles jerárquicos tradicionales. Las entrevistas realizadas para el estudio muestran que, al sentarse juntos frente a la pantalla, padres e hijos intercambian constantemente los papeles de aprendiz y maestro.
Ambos pueden mostrar sus habilidades, aprender de los errores y reconocer que siempre hay margen para mejorar, en ese punto se produce la democratización. La investigación destaca que la autoridad parental no se pierde, pero sí se transforma: el liderazgo se hace más flexible y la confianza mutua se fortalece.
La tecnología se convierte en aliada de la educación. Para los padres de la generación Millennial, el juego digital es mucho más que entretenimiento. Constituye una herramienta para enseñar habilidades cognitivas, estimular la creatividad y fomentar el trabajo en equipo.
De cierto modo, el videojuego no es un enemigo, para las generaciones de los años 80 y 90 que generan un vínculo, motivan la confianza y dan pie a conversaciones que no se habrían motivado sin ese punto de unión a la par de la consola.