La violencia en los ámbitos deportivos parece haber dejado de ser una anomalía para transformarse en una preocupante constante que degrada el tejido social. Sin embargo, lo ocurrido recientemente en un club de hockey de nuestra provincia, cuando tres mujeres atacaron a otra y la quemaron arrojándole agua hirviendo en la cara, durante un encuentro de divisiones infantiles, marca un nuevo y peligroso hito en esta escalada de intolerancia.

El ataque, frente a la mirada de niños y familias, no es solo un acto delictivo; es el síntoma de una sociedad que parece haber perdido el sentido elemental de la convivencia. Resulta inadmisible que un espacio destinado a la formación de valores, el sano esparcimiento y la educación de los más pequeños se convierta en el escenario de una disputa personal resuelta con métodos propios de la barbarie. El hecho de que la agresión haya incluido el uso de agua caliente como arma, denota una premeditación y una saña que el deporte, bajo ningún concepto, puede cobijar.

El deporte infantil no es, ni debe ser, el campo de batalla de las frustraciones o los conflictos personales de los adultos. Cuando los padres o tutores trasladan sus disputas al borde de la cancha, están destruyendo el propósito pedagógico del juego. En los últimos años, hemos asistido a un incremento de insultos a árbitros, peleas entre padres en las tribunas de fútbol infantil y presiones desmedidas hacia los jóvenes deportistas. Pero este episodio en el hockey tucumano rompe todos los límites aceptables y nos obliga a una profunda reflexión colectiva que no admite más dilaciones. Ante este panorama, la pasividad de las instituciones no es una opción válida. Los clubes no pueden ser meros espectadores de la violencia que ocurre dentro de sus predios; sus comisiones directivas deben aplicar sanciones ejemplares y derechos de admisión rigurosos, entendiendo que la sanción no debe limitarse al jugador, sino extenderse a aquellos socios o familiares que violenten el espíritu de la comunidad. La situación se extiende además a otros ámbitos, como el de los colegios, en los que se debe actuar de manera similar, convenciendo siempre de que la violencia nunca es el camino.

Es imperativo que las federaciones y asociaciones implementen protocolos de resolución de conflictos y que el diálogo se convierta en la herramienta principal desde el hogar, reforzándose en las escuelas y los clubes mediante charlas de concientización que eviten que la violencia escale. La intervención judicial es igualmente fundamental para dejar claro que estos actos tienen consecuencias penales reales. No se trata de un simple incidente de cancha, sino de una agresión física grave que pone en riesgo la vida y la integridad de las personas en un entorno que debería ser sagrado por su función social. Como sociedad, debemos preguntarnos qué mensaje les estamos enviando a las nuevas generaciones. Si el ejemplo que reciben en el lugar donde deberían aprender sobre el respeto, la solidaridad y el trabajo en equipo es la violencia más cruda, el futuro del deporte y de nuestra convivencia ciudadana está en serio peligro. Es momento de poner límites y recuperar el deporte como un refugio de paz y aprendizaje. La erradicación de la violencia es una obligación moral de cada padre, de cada dirigente y de cada ciudadano que pisa un club para evitar que el odio y la intolerancia sigan ganando el partido.