En una cancha de hockey un sábado a la mañana, todo debería ser bastante simple. Chicas que llegan con el bolso al hombro, entrenadores que ordenan conos, familias que se acomodan al costado de la línea. Hay risas, nervios, expectativa. En ese espacio, el deporte suele ofrecer algo más que competencia: un lugar donde aprender a convivir, a frustrarse, a respetar, a sostenerse en grupo.
En los últimos días, una pelea entre madres en un partido de hockey volvió a poner en discusión un tema que aparece una y otra vez: el lugar de los adultos en el deporte formativo. No como acompañantes, sino como protagonistas involuntarios de tensiones que terminan desbordando lo que ocurre dentro de la cancha.
Los clubes, sean de fútbol, rugby, hockey o cualquier otra disciplina, funcionan desde hace años como espacios de contención. Para muchos chicos son, incluso, uno de los pocos ámbitos donde se construyen vínculos por fuera de la escuela o la casa. Allí se aprende a ganar y a perder, pero también a esperar, a compartir, a reconocer al otro. Es un aprendizaje silencioso, que no figura en ninguna planilla de resultados.
Pero ese proceso necesita de un entorno que lo sostenga.
Cuando la presión por el rendimiento aparece demasiado pronto, cuando cada error se amplifica desde afuera o cuando los adultos trasladan a la tribuna sus propias frustraciones, el sentido del deporte empieza a correrse. Lo que debería ser una experiencia formativa se convierte en un espacio de tensión. Y los chicos, que llegan a la cancha buscando jugar, terminan gestionando emociones que no les corresponden.
No se trata de exigir silencio ni de quitarles a las familias su lugar. El acompañamiento es parte esencial de ese recorrido. Pero hay una diferencia entre estar presentes y ocupar la escena. Entre alentar y presionar. Entre formar y competir a cualquier costo.
Cuando esa línea se desdibuja, el club pierde una parte de su función.
Porque el deporte no educa solo. Necesita coherencia entre lo que propone y lo que lo rodea. Un entrenador puede hablar de respeto, de trabajo en equipo, de tolerancia a la frustración. Pero si alrededor el mensaje es otro -si lo que predomina es la agresión, la descalificación o la exigencia desmedida-, ese aprendizaje queda en tensión permanente.
Crecer en un entorno así no es neutro. Puede generar rechazo, ansiedad, abandono temprano. También puede naturalizar formas de vínculo que después se trasladan a otros ámbitos. Por eso, cada escena que rompe con la lógica del compañerismo no es un hecho menor. Es un síntoma.
De todos modos, estamos hablando de un problema que no se resuelve con sanciones aisladas ni con llamados de atención después del conflicto. La situación es más compleja y requiere un compromiso sostenido de los clubes y de las familias. Creemos que se acerca el momento de asumir que el rol formador del deporte no puede sostenerse sin ese acuerdo básico. Es un paso necesario si el objetivo sigue siendo que las canchas sean, para los chicos, un lugar donde crecer y no un espacio más de presión.