En tiempos donde la palabra circula con velocidad, pero no siempre con responsabilidad, resulta imprescindible volver al sentido profundo de las obras que han marcado nuestra memoria colectiva. Iluminados por el fuego, tanto el libro como su adaptación cinematográfica, no nacieron para alimentar el odio —como se ha afirmado de manera ligera— sino para narrar, con honestidad, la experiencia de la guerra desde la voz de quienes la atravesamos.
Existe una diferencia fundamental entre lo que una obra dice y lo que algunos pretenden hacerle decir. Ni Iluminados por el fuego ni mi reciente libro La última batalla buscan desmalvinizar ni relativizar lo ocurrido en 1982. Por el contrario, ponen en evidencia las marcas profundas de la guerra, las miserias que emergen en contextos extremos y las huellas que permanecen toda la vida. Ese ejercicio de memoria no debilita la soberanía: la fortalece. Porque una nación que conoce su historia sin silencios ni manipulaciones es una nación más libre.
En ese marco, resulta necesario señalar el rol de quienes, como Nicolás Kasanzew, pretenden erigirse en voces autorizadas desde un lugar que no es el de los soldados. Kasanzew no combatió en Malvinas. Fue un comunicador durante el conflicto, no un soldado en el frente. Sin embargo, desde hace años construye un discurso que intenta desacreditar a quienes narramos la guerra desde la experiencia vivida, apelando a la descalificación y la tergiversación.
La causa Malvinas no puede ni debe ser apropiada por relatos que omiten la complejidad del conflicto ni por quienes buscan imponer una mirada única. Narrar la guerra desde la perspectiva de los soldados, con sus padecimientos, sus vínculos y sus silencios, es también una forma de defender la soberanía, desde una dimensión profundamente humana.
La crítica es siempre bienvenida cuando es honesta y busca enriquecer el debate. Pero cuando se convierte en difamación, en recorte malintencionado o en ataque personal, deja de aportar a la construcción colectiva y solo empobrece la discusión.
Estoy orgulloso de lo que hice en Malvinas como soldado. Mi historia, como la de tantos compañeros, está documentada en archivos oficiales y en la memoria de quienes compartieron aquel tiempo. Frente a la mentira, la respuesta no es el silencio sino la reafirmación.
Seguiremos construyendo memoria, identidad y pensamiento nacional. Porque Malvinas no es propiedad de nadie, pero sí responsabilidad de todos.
Porque sin verdad no hay memoria, y sin memoria no hay nación.
Por siempre Malvinas.
BUENOS AIRES