Por Hernán Carbonel

Para LA GACETA - SALTO

- Se suele definir a tus cuentos como pantallazos de “lo anómalo”. ¿Qué es, para vos, “lo anómalo”?

- Todo lo que queda fuera de lo que etiquetamos como “normal”, “común”, “aceptable”. A veces ni siquiera es necesario moverse entre lo fantástico y lo real, a veces está en detalles cotidianos. Anoche por ejemplo, acá en Berlín, la ciudad más vegana del mundo, me tocó pedir comida al mozo sentada entre seis o siete veganos y ver la mirada furiosa y reprobatoria de todos cuando el séptimo pidió un churrasco. Tan cruel como la mirada que los argentinos tenemos todavía sobre los vegetarianos. Quizá esto es lo más interesante, comprobar que lo normal y lo aceptable pueden variar dependiendo simplemente de en qué mesa estás sentado.

- Esa condición de lo extraño atravesando la realidad, ¿sería algo así como el género fantástico en mixtura con el realismo?

- Hay un término alemán del que habla Freud: “das Unheimlich”. Que sería algo así como “lo familiar desconocido”, el efecto ominoso que nos da eso que nos resulta extraño, que nos desconcierta. Y se manifiesta cuando algo que entendíamos en términos imaginarios se presenta como real. Es decir, cuando descubrimos que algo que habíamos etiquetado como “imposible de suceder”, sucede. Respecto a la mixtura entre realismo y fantástico, creo que en este nuevo libro sigue fascinándome lo extraño, como en los libros anteriores, pero los cuentos indagan ese otro mundo parados desde el realismo. Lo extraño podrá ser entonces menos monstruoso, pero al ser más cercano también es mucho más terrible.

- ¿Por qué siempre la presencia de las relaciones filiales en tus libros? Abuelos, padres, hijos. ¿Hay algún rasgo autobiográfico ahí?

- ¿De qué otra cosa podría hablar si no de las relaciones? Es lo más importante que tenemos. Lo primero y lo último con los que lidiamos en el día y en la vida. No siento que arrastre ningún trauma particular, o quizá arrastro decenas, como todos.

- ¿A qué se debió tu decisión de quedarte a vivir en Alemania? ¿Qué hacés ahí, además de escribir?

- Todavía no siento que mi estadía sea definitiva, siempre necesito aclararlo. Me quedo por ahora por una suma de cosas. Quizá la más importante, además de que me fascina esta ciudad, es que la relación entre lo que trabajo y el tiempo de escritura que puedo comprar con ese dinero es mucho más generosa. También me llevé la sorpresa de que es posible dar talleres literarios en español en Berlín, con argentinos, mexicanos, españoles, chilenos... Algo impensado y un trabajo que me encanta y que también le hace bien a mi escritura.

(c) LA GACETA

Derecho a los finales oscuros*

Por Samanta Schweblin

Mi primer cuento y mi primera publicación, dos cosas que siempre me avergonzaron. Estaba en primero de la secundaria, tenía 13 años. El cuento era espantoso: un águila que, parada sobre un acantilado, se preguntaba si debía o no sobrevolar el bosque. “¿Era lo que más deseaba hacer en el mundo, pero sabía que entre los árboles estaba el cazador, y que, si se echaba a volar, él la mataría?” Así y todo, el águila “¿abría las alas y se echaba a volar, porque la belleza del bosque valía la pena?” y el cazador, por supuesto, disparaba. La historia era larga y empalagosa, y cumplía con todos los lugares comunes posibles. Pero yo estaba feliz, el diario mensual del colegio reservó para mi historia la contraportada del mes siguiente y un chico de cuarto A -que a mí me encantaba- haría una ilustración para acompañarlo. Llegó el día y fui a la biblioteca por mis ejemplares. Ahí estaba mi cuento, ocupando toda la contratapa, tal como se me había prometido, con la ilustración al pie y mi nombre bien grande debajo del título. Cuando lo leí en voz alta, orgullosa y de pie frente a mi familia, me di cuenta que algo no estaba bien. Le habían cambiado el final. Mi profesora de literatura dijo que lo había hecho con mucho cariño, que cuando fuera grande lo entendería. Ahora el águila sobrevolaba la belleza del bosque y en lugar de recibir con dignidad el impacto de la bala se decía a sí misma que no temer al cazador había sido una muy buena decisión. Mordí mi indignación silenciosamente, pero juré vengar mi voz, y mi derecho a los finales crueles y oscuros.

*LA GACETA Literaria, 2011.

Sus cuentos sobre la familia, su abuelo grabador y el Instituto Superior de Artes de Tucumán

Por Hernán Carbonel

Para LA GACETA - SALTO

Semanas atrás me tocó dar un taller de lectura en Fundación La Balandra sobre el concepto de familia en la cuentística de Samanta Schweblin, a partir de relatos de los libros Siete casas vacías y Pájaros en la boca…Schweblin y sus cuentos perturbadores, desconcertantes, asolados por la anomalía kafkiana o cortazariana, la trasgresión de la lógica, el desafío a la credulidad y la interpretación moral del lector, siempre en el límite entre lo real y lo fantástico. Lo extraordinario, lo anormal, lo insólito, están ahí. “Lo fantástico es lo imposible de suceder”, según sus propias palabras, “y lo anormal puede que suceda, solo que no sería ordinario.”

En ese taller analizamos, entre otros ítems, la crisis de concepto de familia para los nacidos de los ’70 hacia acá, la distancia entre el mundo privado de ese núcleo endógeno y el mundo exterior, aquello que se cuela, penetra, invade, o su inversión, el pasaje del territorio interno al externo. La búsqueda de una seguridad impracticable, la violencia emocional, la pérdida, la mentira, la sospecha, los silencios. En fin: la familia como la primera gran tragedia con la que crecemos y empezamos a entender el mundo.

Pero también repasamos esa bellísima crónica que la autora publicó en La Nación en octubre de 2021, su primer texto de no ficción, donde describe “la formación del artista” y su inicio en el camino de la literatura a partir de la figura de su abuelo, Alfredo de Vincenzo, maestro nacional e internacional del grabado. Esa crónica es un texto no ajeno al humor, pero sobre todo va centrado en el poder de la experiencia, en lo emotivo, lo conmovedor.

De Vincenzo vivió en Tucumán entre 1948 y 1955, a donde llegó siguiendo a su maestro Lino Spilimbergo, y formó parte del equipo que fundaría el Instituto Superior de Artes. “Era mediados de los años 50”, cuenta Schweblin, “y todavía me resulta increíble pensar en un momento en la historia de las artes plásticas argentinas en la que todos estos artistas convivían y trabajaban juntos compartiendo los ateliers de la Universidad de Tucumán”. De Vincenzo fue amigo, también, de César Pelli, a quien solía visitar en Nueva York.

La familia en la obra escrita, entonces, y la familia también en el origen del arte que se practica: “me siento tan agradecida por el amor y la paciencia que esos artistas plásticos tuvieron con esta nieta que hubiera debido ser grabadora”, reflexiona Schweblin, “pero que estaba tan empecinada con las letras”. Vaya si ese empecinamiento dio sus frutos.

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Samanta Schweblin: vivir en estado de escritura¨*

Por Verónica Boix

Para LA GACETA - BUENOS AIRES

Cuenta que todo empezó gracia a su abuelo, el maestro de grabado Alfredo de Vicenzo. En su infancia la llevaba a recorrer museos, regresaban y le pedía que eligiera la obra que más le había gustado. Así buscaban juntos el poema que más la representaba y él se lo leía. Recitaba con una especie de teatralidad desaforada que a Schweblin la fascinó. Así nació su curiosidad por la literatura.

Su primer premio le llegó pronto. Schweblin tenía apenas 12 años cuando su abuela Susana mandó todos sus cuentos a un concurso de barrio. Pero la experiencia no resultó tan buena como esperaban, en la ceremonia dijeron su nombre para el tercer premio, lo recibió con aplausos, estaba volviendo a sentarse y volvieron a llamarla para el segundo. Cuando la llamaron para darle también el primer premio, la gente comenzó a silbar y tuvieron que salir del lugar corriendo. Ya de grande le fue mejor, publicó su primer libro de cuentos -El núcleo del disturbio- y ganó los premios Fondo Nacional de las Artes y Haroldo Conti. Con el segundo, Pájaros en la boca, obtuvo el Premio Casa de las Américas. Y con Siete casas vacías, su tercer libro de cuentos, el premio de Narrativa breve Rivera del Duero. No es raro que se la escuche decir que tiene cabeza de cuentista. Basta leer algunos de sus relatos para descubrir las razones, sus historias suelen tener la precisión de un mecanismo de relojería para construir tramas inquietantes, la extrañeza se traslada de las páginas a la cabeza del lector.

Pensándolo bien, no solo sus cuentos logran ese efecto, también lo hace su primera novela, Distancia de rescate (2014), que según cuenta, nació como un cuento que se fue desbordando hasta convertirse en la historia más inquietante sobre el efecto de los pesticidas, la maternidad, el campo. Gracias a esa publicación se convirtió en la primera argentina en ganar el premio en homenaje a Shirley Jackson, una de sus escritoras preferidas, y también integró la lista como finalista del premio Man Booker Prize 2017.

(c) LA GACETA

*Publicado en 2018.

Uno de los libros más esperados

seis historias teñidas por el miedo y la locura

CUENTOS

EL BUEN MAL

SAMANTA SCHWEBLIN

(Random House - Buenos Aires)

Son seis los relatos que le dan forma a El buen mal, trabajados -como apunta la contratapa- en ese espacio entre realidad y ensueño cuyos filos deslumbran como los de un cuchillo. De la condición de ser una de las grandes cuentistas contemporáneas dan fe las traducciones a decenas de idiomas que la obra de Schweblin viene mereciendo y de allí la expectativa generada por El buen mal.

La autora ha brindado una serie de entrevistas, respondiendo por escrito, en las que abordó dos temas que campean en sus historias y que se reiteran en El buen mal: el miedo y la locura.

Sobre el miedo, le dijo a Infobae: “tengo la sensación de que a veces, sobre todo pensando en este mundo tan radical que estamos intentando surfear, cuanto más asustados estamos más nos confundimos y más mordemos sin que hubiera necesidad. Parece que el miedo, en lugar de despabilarnos, nos sumiera en un estado en el que sentimos todavía más miedo”.

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Guillermo Monti

Escritura¨*

Libro ganador del National Book Award

ganó el premio norteamericano en la categoría “literatura traducida”

RELATOS

SIETE CASAS VACÍAS

SAMANTA SCHWEBLIN

(Páginas de Espuma - Madrid)

Siete casas vacías -recopila siete relatos de mediana extensión- demuestra la solidez de una voz que viene deslumbrado desde sus primeros libros. Se trata de un libro cerrado, con una propuesta estética que hilvana cada historia en un sólo mundo en declinación.

Estos relatos cuentan las relaciones de familias enrarecidas, donde se va dando paso a formas absurdas, que coquetean con lo imposible.

En estos relatos lo “raro” emerge para marcar la extrañeza misma de aquellas cotidianidades. Quizás se trata de un realismo de lo terrible, en el sentido que recupera los miedos internos de las familias afectadas por la locura.

De su autora se han dicho muchas cosas, pero pocas veces que Schweblin recupera una forma propia de la literatura argentina: con la justeza del lenguaje apuntar a lo intermedio e indefinible.

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