El nombre de la rosa

En el principio era el Verbo y el Verbo era en Dios, y el Verbo era Dios. Esto era en el principio, en Dios, y el monje fiel debería repetir cada día con salmodiante humildad ese acontecimiento inmutable cuya verdad es la única que puede afirmarse con certeza incontrovertible. Pero videmus nunc per speculum et in aenigmate y la verdad, antes de manifestarse a cara descubierta, se muestra en fragmentos (¡ay, cuán ilegibles!), mezclada con el error de este mundo, de modo que debemos deletrear sus fieles signáculos incluso allí donde nos parecen oscuros y casi forjados por una voluntad totalmente orientada hacia el mal.

El péndulo de Foucault

Fue entonces cuando vi el Péndulo.

La esfera, móvil en el extremo de un largo hilo sujeto de la bóveda del coro, describía sus amplias oscilaciones con isócrona majestad.

Sabía, aunque cualquiera hubiese podido percibirlo en la magia de aquella plácida respiración, que el período obedecía a la relación entre la raíz cuadrada de la longitud del hilo y ese número π que, irracional para las mentes sublunares, por divina razón vincula necesariamente la circunferencia con el diámetro de todos los círculos posibles, por lo que el compás de ese vagar de una esfera entre uno y otro polo era el efecto de una arcana conjura de las más intemporales de las medidas, la unidad del punto de suspensión, la dualidad de una dimensión abstracta, la naturaleza ternaria de π, el tetrágono secreto de la raíz, la perfección del círculo.

La memoria vegetal

El problema es, más bien, incluso para los libros, la abundancia, la dificultad de elección, el peligro de no lograr ya discriminar; es natural, la difusión de la memoria vegetal tiene todos los defectos de la democracia, un régimen en el que, para permitir que todos hablen, es necesario dejar hablar también a los insensatos, e incluso a los sinvergüenzas. Se nos plantea el problema de cómo educarnos para elegir, por supuesto, entre otras cosas porque, si no aprendemos a elegir, nos exponemos al riesgo de quedarnos delante de libros como Funes ante sus infinitas percepciones: cuando todo parece digno de ser recordado, ya nada es digno, y desearíamos olvidar.

¿Cómo educarnos para elegir? Por ejemplo, preguntándonos si el libro que vamos a tomar en nuestras manos es uno de esos que tiraremos después de haberlo leído. Me dirán que no podemos saberlo antes de haberlo leído. Pero si, después de haber leído dos o tres libros, nos damos cuenta de que no desearíamos conservarlos, quizá deberíamos revisar nuestros criterios de selección. Tirar un libro después de haberlo leído es como no desear volver a ver a una persona con la que acabamos de tener una relación sexual. Si eso sucede, se trataba de una exigencia física, no de amor. Y sin embargo, hay que conseguir establecer relaciones de amor con los libros de nuestra vida. Si uno lo consigue, eso quiere decir que se trata de libros que se prestan a una amplia interrogación, hasta tal punto que cada relectura nos revela algo distinto.