Muchos descubrimientos científicos nacen entre las paredes de un laboratorio frío y silencioso. Muchos de ellos, incluso los más trascendentes, pasan desapercibidos para la mayoría. En el campo de la física, durante décadas, los científicos intentaron responder una pregunta tan simple como profunda: ¿por qué las cosas tienen masa? ¿Por qué la materia no es apenas un conjunto de partículas livianas que viajan a la velocidad de la luz? En la década de 1960, el físico británico Peter Higgs propuso una respuesta teórica: la existencia de un campo invisible que llena todo el universo, asociado a una partícula fundamental. Con el tiempo, esa partícula sería conocida como el bosón de Higgs, o popularmente, la “partícula de Dios”. Sin embargo, demostrar su existencia no fue tarea sencilla. Hicieron falta más de cinco décadas de trabajo teórico y experimental, y la construcción de una de las máquinas más complejas jamás concebidas: el Gran Colisionador de Hadrones, un acelerador de partículas de 27 kilómetros de circunferencia, enterrado a unos 100 metros bajo la frontera entre Suiza y Francia. Allí, científicos de más de 40 países provocaron billones de colisiones de partículas. Finalmente, el 4 de julio de 2012, se anunció al mundo la detección del bosón de Higgs. Fue un hito histórico: la confirmación de una idea nacida en la teoría y sostenida durante décadas por la perseverancia científica. En ese proceso fue clave el CERN (Consejo Europeo para la Investigación Nuclear), una organización internacional dedicada a la investigación en física de partículas, símbolo de cooperación global en la búsqueda del conocimiento. Sin embargo, cada vez que se habla de investigación básica, no falta quien la considere lejana, innecesaria o incluso inútil. Es un error profundo. Es precisamente en ese terreno, el de las preguntas aparentemente abstractas, donde nacen los avances que transforman el mundo. El ejemplo más contundente es la web. La red que hoy estructura nuestra vida cotidiana fue creada en 1989 por el científico británico Tim Berners-Lee, también en el CERN, como una herramienta para que los investigadores pudieran comunicarse entre sí. Nadie anticipó entonces su impacto global. En el campo de la medicina, tecnologías como la tomografía por emisión de positrones (PET) permiten hoy detectar cáncer y metástasis con una precisión impensada décadas atrás. Ciencia básica convertida en herramienta vital. Tal vez el problema no sea la complejidad de estos temas, sino nuestra renuencia a incorporarlos. El mundo actual está atravesado por la ciencia y la tecnología. Ignorarlo es, en cierto modo, una forma de atraso. El 4 de julio de 2012, Peter Higgs recibió una ovación de sus colegas. Fue un momento profundamente emotivo: la validación de toda una vida dedicada a pensar lo invisible. Un año más tarde, en 2013, recibiría el Premio Nobel de Física. Falleció el 8 de abril de 2024, a los 94 años. Quizás no todos comprendan qué es el bosón de Higgs. Pero todos, sin excepción, vivimos en un mundo moldeado por descubrimientos como ese. Resulta curioso: se cuestiona el valor de la ciencia básica, pero nadie renuncia a sus beneficios. Tal vez el verdadero problema no sea la ciencia. Tal vez sea la comodidad de opinar sobre lo que no se entiende.
Juan L. Marcotullio
Marcotulliojuan@gmail.com