Por Mario Flores
¿Por qué “El Banquete” como nombre de un ciclo, más allá de la referencia histórico-filosófica, que experimenta no sólo un área del pensamiento sino que intercala artistas de diversa raigambre?
A mi parecer es, primero que nada, un tributo a uno de los mejores textos de filosofía de la historia. Pero más allá de eso, el nombre intenta recuperar un modo de hacer cultura que hizo del pueblo griego una de sus cumbres de la cultura. A veces se olvida que el Banquete de Platón es, en el fondo, la historia de un grupo de personas que se juntan a tomar vino y pensar el amor. Eso era la filosofía griega: juntarse, compartir una comida o una copa y dialogar. El texto narra chismes, declaraciones amorosas, presentaciones artísticas y teorías sobre el amor que trascienden hasta hoy —todo mezclado, todo necesario, todo en el mismo plano. Nadie estaba "arriba" explicando y nadie estaba "abajo" escuchando. Había algo genuinamente horizontal en ese encuentro. La traducción original del Banquete es simposio, que significa literalmente "beber con". Y estaba hecho en honor a Baco, que no es solo el dios del vino, como se simplifica siempre, sino que representa algo más profundo: la celebración del encuentro, la disolución del ego, esa comunión que el vino hace posible cuando nos abrimos al encuentro. La fiesta puede ser una forma de conocimiento comunitario.
Hoy pareciera que los estadíos de reflexión en que se encuentra una cierta comunidad se signan según su institucionalidad o formalidad según la palabra santa autorizada frente al público cautivo, siendo que Salta tiene una gran escena/circuito autogestivo que suele tener un público bastante reactivo (una visión de alguien de lejos)…
Hoy vivimos una paradoja enorme: estamos más conectados que nunca y más encapsulados que nunca. Las redes nos llevan irónicamente a habitar cada vez más nuestros propios gustos, nuestras propias manías. El algoritmo nos conoce tan bien que nunca nos sorprende. Y entonces el encuentro real con un Otro (con alguien que piensa diferente, que viene de otro lugar, que te desafía) se vuelve algo escaso y valioso. Casi subversivo. Por eso “El Banquete” es un espacio independiente, más allá de la academia. No porque la academia no tenga valor (al fin de cuentas, también es una herencia platónica-griega) sino porque intentamos rescatar ese otro costado: el reunirse en torno a un tema y dejar que el diálogo ocurra. La vida que transcurre mientras hablamos de la vida. Abrir un vino entre personas que no se conocen y terminar la noche pensando algo que no pensabas cuando llegaste.
Es una época donde los ciclos culturales y artísticos suelen espectacularizar la dinámica de sus presentaciones: un público quieto que mira hacia un escenario verticalista; ¿cómo se construye la posibilidad de dialogar entre distintas artes, trayectorias, y también entre espacios donde el espectador tiene también una voz?
Me parece que la mayoría de los espacios donde la Cultura (con mayúscula) se pasea hoy están demasiado distanciados de las personas reales y sus modos reales de habitar el mundo. Hay una separación que se da por natural y que en realidad es una decisión: los artistas allá arriba en el escenario, el público aquí abajo en los asientos, inerte. La obra termina y cada uno se va a su casa. Eso no es encuentro, es consumo. Creo que hay algo profundamente político en esa disposición. La cultura espectáculo reproduce la misma lógica que critica: la lógica del experto y el receptor pasivo, del que sabe y el que escucha. Y cuando eso pasa, la cultura pierde su función más antigua que no es entretener sino transformar, provocar, abrir una grieta en lo que creemos que ya sabemos. Lo que intento hacer en El Banquete es otra cosa. No es que los oradores vengan a dar una clase y el público tome apuntes. Hay una charla, hay arte, hay música. Pero todo orientado hacia un momento de diálogo real, donde la persona que vino a escuchar también tiene algo para decir. Las nuevas generaciones se orientan hacia ahí naturalmente: hacia la experiencia, hacia algo que se forma en el momento y nos sucede, no algo que se consume y termina. Vivimos en la era de la interacción, del UX, del diseño centrado en el usuario. Sería extraño que el arte se quedara siendo el único espacio donde todavía se exige silencio y pasividad. El arte también va hacia la experiencia. Y “El Banquete” es un intento, modesto, de ir en esa dirección.
En esta edición, el eje central es "Naturaleza". ¿Qué tipo de interés y presencia tiene lo natural como tema de debate en una ciudad como Salta, donde la biósfera forma parte de la poética tradicional pero también de la explotación económica actual?
Reviste un interés crítico. Salta tiene una relación particular con esta pregunta. Vivimos rodeados de una naturaleza extraordinaria que al mismo tiempo está siendo sistemáticamente amenazada. Hoy mismo se está debatiendo la reforma de la Ley de Protección de Glaciares, un intento de pasar por debajo algo que tendrá consecuencias funestas e irreversibles para toda la biosfera regional. Estas decisiones no son abstractas: afectan el agua que vamos a beber, el paisaje que vamos a heredar, la vida que van a tener nuestros hijos. Y sin embargo se procesan en los medios con una distancia que hace creer a la persona que no tiene poder de acción, que ya hay expertos que opinan y que su voz no cuenta. Para mí, uno de los objetivos de El Banquete es exactamente ese: recuperar el derecho a ser protagonistas de estos debates desde nuestra propia historia y subjetividad. No dogmatizar, no inculcar una opinión, sino movilizar a las personas a pensar por sí mismas, a cruzar su experiencia con las ideas, a formarse una posición propia. Eso es lo que la filosofía y el arte pueden hacer que los medios no hacen: devolverle a la pregunta su dificultad real, su espesor, su urgencia. Pero el tema de la Naturaleza en El Banquete no se agota en el debate ecológico. También es una pregunta filosófica más profunda: ¿qué entendemos por naturaleza? ¿Un paisaje que admiramos desde la ciudad? ¿Algo que perdimos? ¿Algo que somos? Durante siglos la modernidad occidental construyó una división y esa frontera, que nos pareció tan natural, es en realidad una decisión filosófica con consecuencias políticas y ecológicas enormes. Parte de lo que queremos hacer esta noche es pensar desde dónde se tomó esa decisión y qué otras formas de habitar el mundo son posibles.
Incluir música, fotografía y literatura en una velada suele tener varias incumbencias técnicas y curatoriales; ¿cuáles fueron los principales criterios a la hora de pensar los invitados y lo que puede aportar este diálogo que tiene a lo natural como núcleo principal?
No hay criterios entendidos como filtros ideológicos o afinidades disciplinares previas. Yo banco lo heterogéneo. De hecho, creo que la heterogeneidad es la condición de posibilidad de que algo nuevo ocurra. Lo que me interesa es el concepto de constelación. Muchas voces venidas de diferentes perspectivas (la literatura, la música, la antropología, el cine, la filosofía) que se unen por un hilo conductor y dan por resultado una figura superior a la suma de sus partes. Es una idea que tomo prestada de Adorno: en lugar de reducir un tema a un concepto único, rodearlo de múltiples acercamientos que preserven su riqueza y su contradicción. El tema no queda explicado al final, queda más abierto, más habitable. Vengo de la carrera de Edición, y aunque nunca trabajé como editor en sentido estricto, siento que convocar artistas en torno a un tema es un ejercicio de ese mismo oficio. Solo que la obra resultante tiene algo de happening, algo de efímero, algo que solo existe en ese momento y en esa sala. Me parece muy propio de la época: vivimos en un mundo de transmedia, de géneros híbridos, de formatos que se mezclan. Un acontecimiento cultural que sea en sí mismo un híbrido, que tenga música y teoría, imagen y conversación, rigor y vino, es una forma de estar a la altura de la complejidad del presente. Y después está el factor que no se puede planificar: lo que emerge del encuentro entre voces que nunca habían dialogado. Ese momento de fricción, de sorpresa, de descubrimiento mutuo. Para mí ese es el corazón de El Banquete, lo que hace que valga la pena organizarlo y vale la pena asistir.
La propuesta de un ciclo a la ya vasta (¿es vasta o lo vemos así sólo de afuera?) oferta cultural que tiene una ciudad como Salta (entre ciclos de lectura, cafés literarios y tertulias que mezclan lo escénico con lo institucional y las exposiciones o presentaciones más formales), inaugurar nuevas instancias de diálogo artístico es, como mencionaste, casi subversivo. ¿Cómo se propone El Banquete una idea de continuidad y comunidad?
Es un espacio abierto, vivo y de encuentros reales en torno a la cultura. Lo que llamé "cultura viva", no la cultura como patrimonio que se conserva ni como producto que se consume, sino como conversación que se está teniendo ahora, entre personas que están aquí, con sus vidas encima. Por eso, otra vez, el tributo al Banquete griego. Lo que me fascina de ese texto es que no hay separación entre el "debate de cuestiones serias" y el encuentro social. Sócrates discute sobre el amor y al mismo tiempo chamuya, bebe, se pavonea y hasta medio que bardea a otros. Alcibíades entra borracho a mitad del texto y da el discurso más honesto de todos. El saber no está por encima de la vida. Está dentro de ella, enredado con ella. Eso es lo que El Banquete intenta ser: un espacio donde sea posible conocer gente y a la vez pensar en serio, distenderse y a la vez incomodarse con una pregunta difícil, escuchar a alguien que sabe más que uno sobre un tema y a la vez decir lo que uno piensa sin que eso sea menos válido.