Agosto de 2006, Facultad Regional Tucumán de la Universidad Tecnológica Nacional. La gran mayoría de quienes lo observan no tienen la menor idea del porqué de su presencia, de lunes a viernes, desde las 19 horas hasta las 23,00…durante todo el período de clases. Por esas cosas del destino, este Señor, hace ya 42 años, tuvo la alegría de ser padre de un varón. Un varón en quien, con seguridad, depositó todas sus esperanzas. En quien confiaba que sería el sostén, mucho más sólido, que el logrado por él para su hogar. Y como todo padre que ama a sus hijos, lo cuidó, lo educó, lo alimentó, le brindó todo su amor y su sacrificio, hasta que el llamado para la guerra por Malvinas llegó. Evidentemente…como todos sus compañeros, no estaba preparado ni física ni psíquicamente para esta acción. Pero tenían que obedecer. El padre, por su indefensión, porque, quizás, no tenía ningún amigo importante para pedirle “una gauchada”, supongo. Y el hijo, porque quizás pensaba, todavía, que se trataba nada más que de un “juego a la guerra”, y tampoco encontraba, aparte de la de su padre, una mirada compasiva que lo reivindique por lo que era: una criatura humana que aún se las creía a todas. Quizás llegó a pensar también que, para eso, hacía ya un tiempo, cuando cursaba el cuarto grado, le hicieron jurar que defendería nuestra bandera ante cualquier circunstancia ¡Qué barbaridad! Pero todo tiene su límite, y la esperada derrota se produjo, y su hijito volvió. Pero no era ya el mismo que cuando se lo llevaron, le devolvieron un muchacho distinto. Un hijo que se encontró, allá lejos, con una realidad distinta a la esperada. Volvía del horror. De donde le ordenaban que debía matar a sus semejantes… sin piedad y, como contrapartida, debía esperar lo mismo de sus llamados ”enemigos”. Esa no era la vida que a él le contaron y que esperaba vivirla. A esa nueva realidad, pronto se dio cuenta que nunca se adaptaría…y así fue. Fue así como, ya un poco mayorcito, su padre lo inscribió en la Facultad como ingresante en la carrera de Ingeniería en Sistemas. Porque siempre pensó que su hijo debía ser un profesional, y también porque, quizás, en la Facultad, lograría superar tanto temor. Y, como no existen ingenierías fáciles de cursar, a este muchacho le llevó, como era de esperar, más años que al resto de sus compañeros. No podía ser de otra manera; los recuerdos del horror lo sobresaltaban, lo atormentaban. Fue entonces, hace dos años, se inscribió nuevamente para cursar otra carrera, en este caso Ingeniería Electrónica. Son muy pocas las materias básicas que le reconocieron de su anterior carrera, por lo que deberá concurrir a clases, en el mismo horario, varios años más como estudiante, supongo. Y es seguro que seguirá estando, constantemente, como la tierra alrededor del sol. Mientras Dios le dé fuerzas…mientas siga viendo que su hijo pueda esbozar una sonrisa… por siempre.

Enrique Julio Ortega                            

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