Una noche de noviembre de 2020 Edgardo Esteban -periodista, escritor, combatiente de Malvinas- recibe un llamado: le anuncian que su cédula militar (“ese pequeño cartón blanco con mi nombre, mi foto rapada y mi grupo sanguíneo”) es ofrecida en una subasta desde Inglaterra. Entonces comienza su periplo para recuperarla. Hay abogados internacionales, interviene Scotland Yard. El final de esta historia, o de la cédula, en realidad, lo cuenta en La última batalla (Marea Editorial), libro personal en el que detalla su paso por aquella guerra a partir de esta nueva noticia.

En sus páginas recuerda cuando, ya de regreso, para paliar la depresión postguerra solía caminar desde Radio del Plata, en Barrio Norte, donde trabajaba, hasta su casa, en Haedo. “Treinta kilómetros que parecían interminables. Me sentaba solo en cada plaza que encontraba, sin rumbo, con la cabeza llena de recuerdos que pesaban más que el cuerpo”. Y también le aparece la imagen de uno de sus superiores camuflado entre los soldados que esperan entre los primeros en regresar al país una vez terminada la guerra: “Me hace gesto cómplice pidiendo silencio. Comprendo que, en esta transición, cada cual busca su forma de cruzar el umbral y dejar atrás las islas”, se lee en La última batalla, relato íntimo sobre Malvinas, con una mirada que dista de su ya lejana Iluminados por el fuego, que llegó al cine en 2005, con el protagónico de Gastón Pauls.

Pero sobre todo está la historia del sobre lleno de fotos familiares junto a la cédula que los soldados ingleses le impidieron traer de regreso a pesar de su súplica. Ése sobre, escribe ahora Esteban, “se había desvanecido como tantas otras cosas que quedaron enterradas en mi historia con Malvinas”.

-Libro nuevo, otro aniversario de Malvinas, la cédula que te identificó en la guerra ahí colgada en la pared, detrás tuyo…

-Soy un hombre muy agradecido de la vida. Profundamente agradecido: tengo una familia maravillosa, una compañera hace 34 años, tres hijos, voy a ser abuelo por segunda vez y tengo una profesión como el periodismo con la que no hice plata pero que me permitió viajar mucho.

-¿Escribir es una forma de exorcizar los recuerdos, sobre todo aquello vinculado a Malvinas?

-Aparte de hacer terapia, sí. Ahora hace un montón que no hago terapia porque encontré en la escritura un buen refugio para sacar el dolor. Me siento reconciliado con mi pasado. Porque además Malvinas es parte del rescate de lo colectivo que tenemos los argentinos: no hay muchos temas que nos unan más allá del Seleccionado de fútbol. Y entre esos temas, está Malvinas, que cada 2 de abril hace que todos nos pongamos la misma camiseta. Creo que de todos modos hay que trabajar sobre eso, porque Malvinas no es solo la guerra sino también el futuro.

-En el libro contás que fuiste duramente criticado, o hasta injuriado.

-Yo fui muy soldado, conté orgulloso lo que hice, tengo ideas, tengo convicciones porque creo que hay que hablar de todo lo que pasó en Malvinas. Cuando se estrenó Iluminados por el fuego, que dolió porque fue la primera voz que rompió un protocolo de silencio o de mantener la palabra gesta como única alternativa, me atacaron un montón. Planteé una problemática en primera persona que después se convirtió en un nosotros. Porque ahí estaba el esquema de estrés postraumático, los miedos, el suicidio, el alcoholismo, la violencia de género, todas secuelas que deja la guerra. Cuando eso te pasa a los 18, 19 años, te queda para siempre. La guerra es una mochila que llevás siempre en el cuerpo, en el pecho, en la memoria. Lo importante es cómo se puede reconstruir cada uno después de eso. A veces escucho a algunos que creen que éramos todos Rambo y que no les gusta esa mirada, pero hay muchas miradas sobre el mismo tema. No cuestiono a nadie, no soy quién para cuestionar. En los libros no puse nombres propios porque no señalo a la gente en lo que hizo bien o mal. Cada uno sabe. Incluso hay quienes aún tienen que darle una explicación a la Justicia. Yo, mientras, me sigo juntando con mis compañeros de grupo, tenemos una relación hermosa, hablamos.

-En Iluminados por el fuego hay una escena de estaqueo a un soldado. Eso generó críticas, ¿no?

-Sé que hubo a quienes no les gustó que se muestre eso, pero pasó. Hay que hacerse cargo. Si quieren que justifiquen con que era calabozo de campaña, lo que quieran, pero son cosas que pasaron. Siempre quise militar la causa Malvinas, hablar de la soberanía, hablar de lo que significó Malvinas no solamente en la guerra sino en sus consecuencias. Incluso, fui director del Museo Malvinas e Islas del Atlántico Sur, que es un museo con historia. Siempre actué de buena fe.

-¿Cómo definís a La última batalla?

-Apunté a que sea un libro con otra mirada de la guerra, porque hay dos guerras: y una de esas guerras es la interior, de la que a algunos no les gusta hablar porque acarrea la problemática del estrés postraumático, como el silencio al que tuvimos que someternos. Así que La última batalla es un libro con mirada humana, que es la que siempre traté de construir cuando hablaba de la guerra. Siento que hice el libro que quería hacer.

-¿Cómo recordás el momento en que te llamaron para contarte que tu cédula estaba en subasta?

-La noticia me paralizó. De repente apareció mi historia y apareció mi mamá, que murió hace 20 años, aparecieron mis hijos, apareció toda mi vida. Me desesperé, y me obsesioné. Porque a la vez no se podía hacer mucho dado que estábamos en plena pandemia.

-¿Qué lugar le das a La última batalla entre tus trabajos relacionados con Malvinas?

-Este es un libro de la madurez, en el que la muerte en la guerra no es la que más peso tiene, sino la muerte que viene. Porque a mí lo que me pesa en el libro es esa muerte próxima, que uno siente más cercana porque estamos grandes. Entonces el de La última batalla es un relato más interior. La guerra no se va cuando termina; es un eco que perdura en el tiempo, en el cuerpo y en la memoria. Desde esos lugares busqué construir un libro distinto de Malvinas, no hablar de la guerra sino reflexionar, pensar qué nos pasó y que nos pasa con una guerra. En definitiva, cada uno tiene su propia guerra.

-Tenés una biblioteca de libros sobre Malvinas. ¿Cuáles recomendás?

-Muchísimos. En esta biblioteca debe haber unos 300. Una lista no alcanzaría, pero lo podemos intentar. Los pichiciegos (Rodolfo Fogwill), los poemas de Soldados (Gustavo Caso Rosendi “el gran escritor de la guerra, mi referencia”, refiere), Las cosas que llevaban los hombres que lucharon (Tim O’Brien), la antología Las otras islas, Las Islas Malvinas (Paul Groussac), Malvinas: el colonialismo de las multinacionales (Francois Lepot), 1982 (Sergio Olguín), La cuestión Malvinas (Uriel Erlich), Buenos Aires - otoño 1982 (Andrew Graham-Yooll), Los viajes de Penélope (Roberto Herrscher), 33 años de vida malvinera (José Luis Migone), El país de la guerra (Martín Kohan), Poesía Argentina y Malvinas (Enrique Foffani y Victoria Torres), Demasiado lejos (Eduardo Sacheri), Las Islas (Carlos Gamerro) y tantos, tantos más… Es que hay tantas Malvinas como ex combatientes o veteranos y ciudadanos argentinos. Cada uno tiene una mirada… Libros de guerra hay un montón, pero lo que tenemos que contar son las historias de la guerra interior, la guerra humana. Ojalá La última batalla sirva para pensar. Y para debatir.

© LA GACETA

PERFIL

Edgardo Esteban nació en Haedo (provincia de Buenos Aires) en 1962. Es periodista, escritor, docente, ex combatiente de Malvinas y autor de Iluminados por el fuego (1993), libro llevado al cine en 2005 por Tristán Bauer. La película tuvo a Esteban como guionista y ganó 23 premios internacionales. Entre ellos un Goya y premios en los festivales de San Sebastián, La Habana y Tribeca. Hasta 2024 fue director del Museo Nacional de Malvinas. Otros de sus libros son Malvinas, diario del regreso (1999) y Notas en el viento (2025). Fue corresponsal de Telenoticias, CBS, NBC, Telemundo y Telesur.

La última batalla*

Por Edgardo Esteban

Durante casi cuarenta años no supe nada de ella. Había perdido su rastro en medio del caos de la guerra, del barro, la turba y el miedo. La cédula militar -ese pequeño cartón blanco con mi nombre, mi foto rapada y mi grupo sanguíneo- se había desvanecido como tantas otras cosas que quedaron enterradas en mi historia con Malvinas. Nunca imaginé volver a verla y menos de esta manera.

Una noche de noviembre de 2020, en plena pandemia, el pasado irrumpe sin aviso: estaba en Inglaterra, subastada en un sitio de internet, ofrecida al mejor postor como un trofeo de guerra. Sentí entonces que no era solo un documento lo que se disputaba, sino mi identidad, mi historia y la memoria de todos los que estuvimos allí. La noticia me atravesó como un bombazo: detrás de ese cartón no estaba únicamente mi rostro joven y perdido, sino también la injusticia, la violencia, las ausencias, y el eco de una guerra que nunca termina de irse.

Comenzó así una nueva batalla, distinta a la de las trincheras pero igual de dura: la lucha por recuperar mi cédula militar. Fue un camino de gestiones, cartas, abogados, diplomáticos, periodistas y amigos que se unieron para que ese documento volviera después de años a mis manos. Una travesía que mostró lo mejor y lo peor: la indiferencia de algunos, pero también la solidaridad inmensa de otros que entendieron que no se trataba solo de mí, sino de la dignidad de un país. La cédula regresó después de tanto tiempo como lo hacen los fantasmas: cargada de silencio, de memoria y de heridas abiertas. Al sostenerla por primera vez, comprendí que no era solo un papel, sino la prueba de que sobreviví, de que sigo aquí para contar la historia. Y también el símbolo de que la memoria no se subasta, no se compra ni se vende: se defiende.

*Fragmento.