El 30 de marzo de 1982 una enorme movilización de trabajadores (el porteñazo), convocada por la CGT Brasil, con la consigna paz, pan y trabajo, sacudió al gobierno militar. El 2 de abril, en un golpe de mano, invaden las Islas Malvinas. Pocos días después, Galtieri llenaba la Plaza de Mayo para celebrar la “recuperación de la soberanía nacional” de esta porción del territorio, ocupado desde 1833 por el Reino Unido. No se habían preparado para la guerra. Especularon con un apoyo norteamericano que nunca se produjo. Forzar a los ingleses a negociar y entregar las Islas a cambio de una tutela compartida con Estados Unidos. Carecieron desde un principio de un plan integral para defender las Islas y se improvisó en la medida que la flota inglesa avanzaba. No se tomó ninguna medida seria para afectar los intereses del imperialismo inglés en el país. Fueron ellos, en cambio, quienes congelaron primero los fondos soberanos argentinos en las sedes bancarias de Londres. Sus intereses económicos nunca fueron afectados, menos aún los norteamericanos. La derrota marcó el derrumbe del gobierno que venía ya fuertemente golpeado por una crisis económica galopante, producto del estallido del plan Martínez de Hoz, con quiebras bancarias y una masiva devaluación de la moneda. Este escenario crítico se combinaba con las denuncias de los centros clandestinos de detención, tortura y exterminio, que habían comenzado ya desde el año 1976 y habían ido ganando fuerza en el exterior y también -a pesar de la fuerte censura- de la mano de los reclamos de Madres y familiares, en la propia Argentina. Los cálculos del gobierno militar se basaban en suposiciones. Desde el año 80 “exportaba” grupos de tareas que actuaban en El Salvador y en Nicaragua. Un alineamiento ideológico y de política internacional, por el cual la dictadura pretendía presentarse como un baluarte contra el comunismo en Latinoamérica. Estados Unidos pretendía intervenir desplazando a los viejos imperialismos europeos por su presencia dominante, pero lo que predominó, por parte del gobierno de Reagan, fue considerar a Thatcher una aliada imprescindible. Ese apoyo se expresó, en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, con la resolución 502, que reclamaba a la Argentina el retiro de las tropas. Esta resolución borraba de un plumazo todos los avances de Argentina en el período previo, durante los cuales la ONU había adoptado la posición de que Malvinas se trataba de un dominio colonial que debía ser restituido a la Argentina mediante un acuerdo diplomático. La resolución 502, en cambio, al encuadrar el problema en términos del respeto a la Carta de las Naciones Unidas, que parte del principio de la autodeterminación, colocaba como punto central para cualquier futura negociación la posición de los kelpers, estableciendo el derecho del colono sobre el de la nación ocupada, un punto de partida totalmente funcional al imperialismo británico. Luchar contra el imperialismo inglés sin apoyar al gobierno militar era el camino correcto. De una acción distraccionista (ocupación de las islas), de la que pretendía sacar réditos internos, a una acción antiimperialista (cuando la flota se acercaba a Malvinas). La derrota en la guerra dio lugar a un derrumbe político de la dictadura. Ese derrumbe se fue procesando en medio de grandes movilizaciones populares, que se iniciaron el mismo día de la capitulación de Galtieri, con una “espontánea “movilización sobre la Plaza de Mayo y en Plaza Independencia reclamando la caída de la dictadura: la marcha de la multipartidaria, el paro del 6 de diciembre de 1982, la marcha de la resistencia del 9 y 10 de diciembre, marcaron una etapa de repudio popular, en las calles, a la dictadura. La salida de esta crisis fue la convocatoria a elecciones, que se llevaron adelante el 30 de octubre de 1983.

Pedro Pablo Verasaluse  

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