El Tertuliano

La chiquilinada infame estropeó el gobierno de Consultores que preside Javier Milei, el Tertuliano.

Síntomas prematuros de agotamiento demuestran que es insuficiente ser el Fenómeno Solitario que conmueve a una mínima porción del universo de la derecha extrema.

Al contrario, el dilema de Milei consiste en estar solo. En ser un solo.

La administración no dispone de diez creativos. Persiste apenas uno. Que es, en efecto, el Tertuliano.

Insuficiente también para llevar hacia adelante con eficacia la administración supuestamente transformadora del “mejor gobierno de la historia”.

Los buenos funcionarios que entregan la vida y la honra por tres palos pasan relativamente inadvertidos entre el amontonamiento de la casta (gran hallazgo, conciso, redituable).


Ingratitud barata de la función pública

Menos la señora Patricia, La Montonera del Bien, política desde hace medio siglo, cuadro independiente porque carece explícitamente de dependencias (tuvo como jefe a Mauricio, el Ángel Exterminador, a la señora Carrió, La derrotada Exitosa, como a la sucesión amontonada de Menem, Corach, hasta el prehistórico Rolo Galimberti).


Tampoco Patricia va a depender ahora del Tertuliano. Como dependen la totalidad de los ministros básicos.

O la señora Karina, la Protectora prodigiosa, o seguramente el sabio (en piadoso retroceso) Santiaguito, el Neo Giacomini.

Rival de vértice de la Protectora en el extinguido Triángulo de Hierro (fundido).


De todos modos, el Tertuliano deja su huella en la ingratitud barata de la función pública.

Una tarea menor, felizmente mal pagada, que admite la alternativa berreta de lanzarse a monetizar.

Para el despojo de una sociedad totalmente despojada, casi vaciada, que reclama razonablemente que los funcionarios que la gobiernen se encuentren moralmente capacitados, que les sobre la solvencia y la competencia curricular.

La Sociedad optimista obstinadamente impone que el funcionario rehén viva con amplitud con su familia bien constituida con la justa retribución de los tres palos franciscanos.


Por más adicto que el sucesor eventual del Tertuliano sea a las patologías del Estado, no podrá siquiera atreverse a gobernar en adelante con déficit fiscal, sin las cuentas claras (“como un anillo”, diría Pablo Neruda).

Matemática efectista en la que el Tertuliano acertó.

Como acertó con la prioridad en la pugna permanente contra la inflación.

O como acertó al irse, en el avión que compró Alberto, El Poeta Impopular, y con la protección de Karina, a la histórica kermesse de la FPAC para sacarse la primera foto con Donald Trump y la corbata carmesí.


Pero la chiquilinada infame de “monetizar la presidencia” con los aventureros marginales transforma al Tertuliano en otro Estadista banal.

En un Desperdicio asediado por reproches.

Una lástima que asome, en el horizonte, la próxima tobillera.


Pifiadas seriales

“Invité a la señora Bettina a Nueva York porque es positiva y me produce alegría”.

Es lo que probablemente hubiera dicho Carlos Menem, El Emir, a los efectos de hacerse cargo y huir de la incomodidad del trance extorsivo.

Maestro involuntario de Milei (que de Menem aprendió muy poco).


Sin ir más lejos, el Tertuliano ni siquiera asimiló la idea horrenda que indica que el poder depara privilegios.

Y que cuestionarlos es, en efecto, una tontería vulgar.

O lo peor, es un error. Muestra gratuita de la hipocresía aceptable.


Manolito, El Premier, tampoco la pifió con el vuelo privado con su familia hacia Punta del Este.

Menos aun pifió por esquivar en la declaración jurada una residencia de clase media de fin de semana en un country instrumental del Gran Buenos Aires, donde puede caminar, darse el festival de jugar al tenis. O hacerse, de puro dandy, un asado.


La pifió por asumir la estrategia berreta de su jefe, el Tertuliano. Por haber elevado excesivamente la vara con el cuento falso de hadas de la moralidad.

La conferencia de prensa aclaratoria iba a ser entonces una causa perdida de antemano que no iba a servir para un pepino.

Finalmente, el Premier dejó el legado ingrato de la inutilidad.

Para aferrarse al lugar común de la justicia hubiera bastado con distribuir una gacetilla inflamada.


Pero el Premier prefirió debilitarse a través de la soberbia.

Recurrió a la altiva agresividad ante colegas que distaban de creerse, en efecto, jueces.

Por el pecado imperdonablemente profesional de preguntar, para averiguar quién demonios se hizo cargo del vuelo triste, de la factura deprimente y de tantas cuestiones entrañables que preocupan a las mejores mentes de la comunicación.