Ineluctables, como la ruina que causa el tiempo en las cosas bellas, hay afanes que parasitan cada vez con mayor audacia en la literatura, la contaminan y la esquilman: el crematístico, el ególatra o narcisista, el ideológico o académico. Lejos de pertenecer a un cielo casto de ideales y sentimientos nobles, la vida literaria establece relaciones carnales cada vez más groseras con ellos, y este hundimiento progresivo en el fango amenaza con asfixiarlo todo.
Talleres literarios
En la ralea de manosantas libidinosos, predicadores abrasilerados y locuaces comerciantes de crecepelo, el coordinador de talleres literarios consigue que nos sintamos escritores por un rato: avala desatinos, insufla elogios en nuestras almas candorosas, inocula en ellas un placebo del oficio y del talento. Los hay de diversos tipos:
Los más chic nos venden el glamour de una tarde en un ambiente selecto, rodeados de un paisaje y unos muebles maravillosos, con gente delicada y una merienda muy especial. Gozamos del café con lecturas breves pero sublimes, realizamos ejercicios de escritura espontáneos e inocuos pero que esconden un talento inusual, según la coordinadora, una mujer madura y rebosante de sensibilidad, amante de la naturaleza y los gatos.
Pero después, con la vuelta a casa, el encantamiento se rompe: nos invade otra vez la rutina del suburbio, y la literatura esfumada no resurge por ningún lado; escribir una novela de 300 páginas se nos hace tan inaccesible como antes. Somos Cenicientas que regresan a hogares yermos, y hasta algo empobrecidos, porque la experiencia no era nada económica.
También están los furiosamente rebeldes y originales, talleres jóvenes con nombres la mar de estrambóticos, donde se rompen todas las reglas, las estructuras y las tradiciones, y hasta la propia Historia de la Literatura es repudiada con una mueca burlona, salvo los raros, los excéntricos y los marginales, que se leen con devoción. De allí surgen temibles denuncias contra el orden establecido y dramáticas rupturas con toda convención y método. Como auténticos focos de guerrilla literaria, sus producciones, llenas de simbolismos inextricables y lubricidades explícitas, son sistemáticamente ignoradas por las grandes editoriales, siem pre al servicio de oscuros intereses monopólicos. Pero también por las medianas y las pequeñas, rendidas a la apetencia del mercado, según nos aclara el coordinador, un muchacho joven, rebosante de ideología, amante de Bukowski y la marihuana.
Premios cocinados
Los premios cocinados (recalentados y servidos fríos a los lectores) son simulacros cada vez más desembozados y evidentes. De repente, la presentadora de un telediario o un tertuliano de la tele se saca de la manga una novela y gana un premio de cuarenta mil, cien mil o hasta un millón de euros. Fenómenos extraordinarios que ocurren varias veces al año, cuando se fallan los premios de las principales editoriales españolas. Entre los ganadores hay una sorprendente mayoría de periodistas más o menos conocidos que se aventuran en los ratos libres con su primera novela: algo de la Guerra Civil española, con protagonista mujer, «empoderada y luchona», preferentemente maestra de la República, bibliotecaria o científica discriminada.
El bochorno supremo jamás superado del mundo editorial, sin embargo, no corresponde a un premio, sino a un «lanzamiento cocinado». Tras una impresionante campaña publicitaria, la editorial Planeta lanzó en España, a principios de 2000, la novela Sabor a hiel, de la famosa periodista de chimentos Ana Rosa Quintana. En varias entrevistas de promoción, la supuesta autora dejó patente que no conocía la trama de su propia novela, y que se le escapaban algunos personajes. Era el inicio de un escándalo mayor. No solo la novela estaba escrita por encargo, sino que el autor en las sombras, según se comprobó luego, había plagiado pasajes íntegros de otras autoras: páginas de lo más anodinas de Danielle Steel y Ángeles Mastretta, para colmo de colmos. Estamos hablando de robarle la golosina a un huerfanito ciego y en silla de ruedas, luego de darle una buena tunda.
Pero no hay que preocuparse demasiado: una obstinación involuntaria de calidad y pervivencia atraviesa la literatura y la mantiene en pie. Se retuerce, se agazapa y es capaz de sobrevivir a las peores hecatombes en los lugares menos pensados.
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Juan Ángel Cabaleiro – Escritor.