Han pasado 50 años. Medio siglo. Y, sin embargo, para algunas familias argentinas el tiempo no ha significado justicia, ni reparación, ni memoria, ni verdad. En estos días vuelven a mencionarse el Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia, el Operativo Independencia, sus víctimas y los avances judiciales. Uno quisiera sentir alivio. Pero no es así para todos. Mi abuelo fue secuestrado y torturado, no en un enfrentamiento, sino como víctima de una operación extorsiva, deliberada y cruel. Su caso es claro. Aun así, sigue afuera de los expedientes que avanzan, de esa justicia cuyos criterios nunca terminan de explicarse. Nuestros padres lucharon, presentaron pruebas, confiaron en tiempos que prometían ser largos, pero no eternos. Murieron esperando. Hoy estamos nosotros, los nietos, ya no ingenuos, pero con la misma convicción. Hemos sostenido esta causa con tiempo, energía y recursos, resistiendo el desgaste de un sistema que parece apostar al cansancio. Y aun así, nada avanza. Se nos pide esperar. Pero ¿cuánto más?. La demora se vuelve una forma de silencio. No vamos a permitir que el tiempo sea una segunda condena: la del olvido. No pedimos privilegios. Pedimos lo básico: Justicia. Por nuestros abuelos. Por nuestros padres. Por nosotros. Y por los que vendrán.
María de los Ángeles Pérez
marucito82@gmail.com