Hoy se cumplen 50 años de un hecho que ha marcado la historia argentina reciente: el Golpe de Estado del 24 de marzo de 1976. Las consecuencias del proceso militar que se inició en aquella jornada -pero que se venía incubando desde mucho antes en una sociedad signada por la crueldad- están patentes hasta hoy. Una de ellas es la división que generó entre los argentinos y que, al día de hoy, parece insalvable.
Sobre el proceso militar en sí mismo han corrido ríos de tinta. Con frecuencia se ha señalado que desembocó en una sangrienta y larga noche de siete años, que dejó como saldo miles de desaparecidos, una guerra perdida a manos de Gran Bretaña y un país económicamente quebrado, entre otras cosas.
En estos 50 años ha habido juicios que condenaron a los máximos responsables militares y también a algunos líderes guerrilleros responsables de atentados y muertes. Luego, indultos para ambos sectores; la reapertura de los procesos judiciales, aunque esta vez sólo para los militares, y la manipulación política de los derechos humanos que ha desvirtuado en gran medida un reclamo que debería ser justo. Todo se ha desarrollado en medio de desencuentros y tensiones políticas que han fluctuado por diferentes direcciones mientras se desarrollaban con mayor o menor dificultad los juicios incluso en nuestros días.
En el medio queda una sociedad argentina que observa cómo las distintas interpretaciones de la historia parecen tironearla hacia los extremos, como si no hubiera posibilidad de reconciliación y de acuerdo. Es cierto que sobre la memoria es posible construir un futuro mejor, pero también es real que la memoria no debería ser utilizada como la vara moral con la que se mide a todo aquel que piensa distinto. El peligro es que se convierta en la una herramienta para la persecución.
A la luz de los años, queda claro que todos los actores de esta trama tuvieron la oportunidad de construir un país mejor, de encontrar el camino de la reconciliación, de construir un camino conjunto que nos conduzca a un futuro de paz, pero que, al menos hasta el momento, ha sido desaprovechado. De hecho, habitamos un país que todavía no halló soluciones a discusiones centrales para la vida democrática, como la de encontrar en el pasado lecciones que nos ayuden a proyectar un futuro mejor.
Aunque hoy parece difícil, fechas como la de hoy deberían empujarnos a buscar consensos entre las políticas de derechos humanos y el ejercicio del rol que deben cumplir las Fuerzas Armadas en la democracia. Sin embargo, las dicotomías desde ambos lados de la grieta terminan diluyendo cualquier posibilidad de discusión madura y seria.
Creemos que el desafío que nos plantea este aniversario es el de trabajar para fortalecer instituciones que den respuestas a la sociedad para que haya menos pobreza y más justicia para todos los argentinos.