A Jorge Luis Borges le fascinaba la idiosincrasia inglesa. No era solamente una cuestión literaria, aunque conocía profundamente esa tradición desde su juventud, sino algo más difícil de definir: un modo de ser hecho de discreción, ironía y cierta elegancia en la distancia. Borges veía en los ingleses una virtud que le parecía rara en otras culturas: la capacidad de decir algo incisivo sin levantar la voz. En más de una ocasión observó que el inglés rara vez formula una crítica de manera brutal. Prefiere una forma más sutil: decir algo apenas favorable. En apariencia es un elogio, pero muchas veces encierra una ironía delicada. Ese tipo de comentario, tan medido y aparentemente cortés, puede ser más devastador que una crítica directa. Ese estilo lo encontraba en varios escritores británicos que admiraba profundamente. Entre ellos estaban G.K. Chesterton, Oscar Wilde y George Bernard Shaw. Todos compartían el gusto por la paradoja, el ingenio y una forma de humor que no necesita exageraciones. Borges recordaba con particular simpatía una frase de Shaw que le parecía un ejemplo perfecto del humor británico. Shaw decía que los ingleses estaban orgullosos de tres cosas que, curiosamente, no eran inglesas: el whisky era escocés, el té venía de Ceilán y él mismo era irlandés. En esa observación había una mezcla de ironía y lucidez que Borges celebraba. Para el escritor argentino, ese tipo de humor era también una forma de inteligencia. La ironía inglesa no busca el aplauso inmediato ni la carcajada estruendosa. Funciona más bien como un guiño: una frase que parece simple, pero que deja al lector o al interlocutor la tarea de descubrir su segunda intención. Borges encontraba allí un contraste con el temperamento latino. En nuestras culturas, decía que solemos hablar las cosas de manera frontal, incluso apasionada. El inglés, en cambio, prefiere insinuar. En lugar de afirmar rotundamente, sugiere; en lugar de exagerar, atenúa. De esa moderación nace una forma muy particular de humor. Esa afinidad con Inglaterra no era casual. Borges creció leyendo literatura inglesa y admiraba profundamente su tradición. Autores tan distintos como Samuel Johnson o Rudyard Kipling formaban parte de su biblioteca mental. En ellos encontraba un estilo que privilegiaba la claridad, la precisión y un cierto pudor intelectual. Tal vez por eso Borges veía en el temperamento inglés algo más que una curiosidad cultural. Veía una forma de civilización basada en la moderación, en la ironía y en la idea de que la inteligencia no necesita exhibirse con estridencia. Quizá Borges veía en el temperamento inglés una lección silenciosa para los argentinos: que la ironía puede ser más profunda que el grito y que la inteligencia rara vez necesita estridencia.
Juan L. Marcotullio
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