El 23 de marzo de 1900 nacía en Fráncfort del Meno (Frankfurt am Main) una de las figuras más originales del pensamiento del siglo XX. No era una ciudad cualquiera: allí, décadas antes, también había nacido Johann Wolfgang von Goethe, una de las cumbres del pensamiento y la literatura alemana, cuya obra marcaría profundamente la cultura europea. En ese mismo suelo cargado de historia intelectual, comenzaba la vida de quien, desde otro ángulo, volvería a interrogar la condición humana. En 1929, también en Fráncfort del Meno, nacería Anne Frank, que luego se mudaría a vivir a Ámsterdam, en los Países Bajos. Formado en el seno de una familia judía ortodoxa, su juventud estuvo marcada por las crisis de la Europa moderna y, en especial, por el impacto de la Primera Guerra Mundial. Estudió derecho y sociología antes de orientarse hacia el psicoanálisis, disciplina en la que se formó bajo la influencia inicial de Sigmund Freud. Sin embargo, Fromm no permaneció dentro del freudismo ortodoxo. Influido por una profunda tradición humanista, desarrolló una mirada propia que integraba psicología y crítica social. Su aporte fue decisivo: desplazar el eje del psicoanálisis desde los impulsos biológicos hacia las condiciones sociales que moldean la personalidad. Para Fromm, el ser humano no es solo un producto de su inconsciente, sino también de la cultura y del sistema en el que vive. Su obra más influyente, “El miedo a la libertad”, analiza una paradoja central de la modernidad: el hombre, liberado de las antiguas ataduras, experimenta una angustia que muchas veces lo empuja a buscar refugio en nuevas formas de sometimiento, como el autoritarismo. En El arte de amar, su libro más difundido, sostiene que el amor no es un sentimiento espontáneo, sino un arte que exige disciplina, responsabilidad y madurez. Más adelante, en ¿Tener o ser?, profundiza su crítica a la sociedad de consumo, contraponiendo una vida centrada en la posesión a otra orientada al desarrollo pleno del ser. Exiliado del nazismo, Fromm vivió en Estados Unidos y luego en México, donde desarrolló gran parte de su obra. Se definía como un socialista humanista y democrático, crítico tanto del capitalismo como de los totalitarismos, incluido el estalinismo. Su pensamiento dialoga con el existencialismo, aunque sin compartir su pesimismo radical: para Fromm, la libertad no es una condena, sino una tarea ética. Testigo de un siglo atravesado por guerras y exterminios, nunca dejó de interrogarse por la violencia humana. En El corazón del hombre, su reflexión alcanza un tono inquietante: “si los hombres fueran dóciles como corderos, ¿cómo explicar una historia escrita con sangre?”. Recuerda que figuras como Adolf Hitler o Iósif Stalin no actuaron en soledad, sino con la participación, muchas veces voluntaria, de miles de personas. La conclusión es incómoda: el mal no es una excepción, sino una posibilidad humana. Pero también lo es el bien. Entre esas dos fuerzas se juega la libertad. Fromm eligió apostar por esa posibilidad luminosa. Su legado, a la vez clínico y moral, sigue recordando que no hay salud individual sin una sociedad más justa, ni paz duradera sin un trabajo interior. En tiempos de incertidumbre, su voz conserva una vigencia singular: la libertad no se hereda ni se declama; se construye, o se pierde, todos los días. Falleció el 18 de marzo de 1980, a cinco días de cumplir los 80 años: se truncó la extraordinaria aventura humana e intelectual de Fromm.
Juan L. Marcotullio
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