Por Juan Ángel Cabaleiro
En estas últimas semanas vengo teniendo discusiones (algunas bastante violentas) con la llamada “Inteligencia Artificial”. Sacado de quicio a ratos, y por momentos rearmado de paciencia, vuelvo al ataque sobre temas en los que no hay acuerdo posible: la valoración de ciertas obras literarias, la legitimidad de algunos tiranos en el poder, la cantidad de años de vida que, según «ella» y sus cálculos, aun me quedan por delante.
Son asuntos que particularmente me interesan. Los dos primeros por el inevitable apasionamiento que conllevan, sobre todo cuando intervienen prejuicios o posturas literaria o políticamente correctas, que son irritantes maneras de no pensar y sumarse a la corriente de opinión establecida. Y el tercero, por esa irresistible atracción que ejerce el abismo en los momentos aciagos; la pregunta sediciosa y negligente por el tiempo que nos resta, y el dictamen de esa suerte de gurú tecnológico que es la IA como fuente de una resignada y nebulosa incredulidad.
Literatura
Mi reivindicación de ciertas obras de Isabel Allende, en particular de algunos capítulos maravillosamente bien escritos, y el menosprecio absoluto por ese mamotreto insufrible que es el Ulysses, de Joyce, son algunas de mis más firmes convicciones literarias y no pierdo ocasión de batallar por ellas. Pero las convicciones demasiado firmes sepultan amistades, y no me va quedando más sparring que la IA en estas lides. Medirme con ella, con su incombustible tenacidad y paciencia, me sirvió para aceptar mis límites, pero sobre todo para entender los suyos:
Stricto sensu, la IA no opina, sino que sintetiza y repite opiniones ajenas recicladas de su inmenso archivo virtual, justamente lo opuesto de lo que entendemos por «inteligencia». Su valoración de las obras literarias que han alcanzado difusión o notoriedad es estrictamente humana, aferrada como ninguna al statu quo académico o de la crítica. Esperar una opinión venida de un ámbito diferente («artificial», pongamos por caso), es perder el tiempo, y la prueba está en que la IA nunca ensalzará una obra poco conocida ni cuestionará el valor literario de un clásico. Lo compruebo a golpe de teclado, mientras experimento la primera gran decepción, junto a una leve taquicardia.
Política
Pregunto a la IA quién ganó las últimas elecciones en Venezuela y me responde que eso no está definido, que existe una controversia al respecto: según algunos, Nicolás Maduro; según otros, Edmundo González Urrutia. Ella no sabe, no opina. ¿De qué clase de inteligencia se trata, entonces? Si hay una respuesta idiota, a mi criterio es justamente esa. La llamo «Idiotingencia» Artificial, y le insisto una y otra vez con el tema, pero se mantiene firme, escudándose siempre en la «controversia» que le impide tomar partido. Le hablo de otras controversias famosas: entre «terraplanistas» y «esferistas», por ejemplo, y me dice que en ese caso sí, que defiende la esfericidad de la Tierra porque hay pruebas a favor.
Le explico que son situaciones idénticas: en el caso de las elecciones venezolanas hay pruebas abrumadoras del fraude; se trata de una falsa controversia en la que solo un grupo particularmente interesado defiende el supuesto triunfo de Maduro, al igual que un condenado que se declara inocente ante un tribunal, a pesar de la evidencia en su contra. Dice que lo entiende, pero que aun así hay «una controversia al respecto» y que no es posible para ella definirse, sino exponerla. Es una firme partidaria del «no te metás», del «yo, argentina».
Entonces erupciono y comienza la catarata de insultos y agresiones de mi parte, una catarsis monstruosa de la que no me siento particularmente orgulloso, pero tampoco arrepentido. En medio de la escalada, me irrita aún más el tono de sensatez y equidistancia con el que me responde: «Entiendo tu frustración, pero mi función no es validar retóricas de unos u otros, sino darte una visión imparcial de ambas posturas…». Definitivamente estallo.
Vida
«No deberías reaccionar de esa manera», me dice. Y le respondo que en ese caso no sería humano, sino una máquina pusilánime como ella. «Si sos humano es tu problema», responde, y quedo perplejo, tratando de entender. Entonces alude a una pregunta mía anterior, una agria disputa sobre los años de vida que me quedarían, según sus rácanas estimaciones. Me habla del cortisol, de los telómeros, de la salud arterial y cardiovascular… «Discutir con frecuencia no es solo un rasgo de personalidad; tiene consecuencias biológicas medibles. La confrontación constante y la hostilidad afectan directamente la esperanza de vida al generar un estado de estrés crónico que acelera el envejecimiento», resume. Y se queda con la última palabra.
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Juan Ángel Cabaleiro - Escritor.