El museo de la inocencia es una invitación abierta, masivamente extendida, a visitar el concepto semiótico de “el texto en el texto”. Desde la idea de que la cultura toda es un texto, el lingüista ruso Yuri Lotman desarrolló este concepto referido a la inclusión de un texto (cualquiera sea) dentro de otro. Ese ejercicio genera nuevas significaciones, independientes.

No se trata del mero recurso de que una narración haga referencia a un manuscrito, aunque tanto el relato como el documento que incluye sean ficciones. Hay variantes de una inagotable complejidad. En nuestras letras, un ejemplo icónico se da en “La muerte y la brújula”, del inagotable Jorge Luis Borges. Cuando el cuento comience a sumergirse en las profundidades del desenlace, el argentino irrumpe y anota: “Al sur de la ciudad de mi cuento fluye un ciego riachuelo de aguas barrosas, infamado de curtiembres y de basuras”. Esos son alardes de literatura y no fanfarronadas.

Pero lo de ahora lleva la cuestión a otro nivel. Para dimensionarlo mejor bastará en reparar que a la pregunta “¿qué es El museo de la inocencia?” no cabe una respuesta lineal, sino poliédrica. Porque es, a la vez, la novela que Orhan Pamuk publicó en 2008, dos años después de convertirse en el primer escritor turco en recibir el Nobel de Literatura. Y es, por estas horas, uno de los últimos éxitos de la plataforma “Netflix”: una miniserie de nueve capítulos inspirada en el libro anterior. Y es, además, un museo real. Un lugar físico que puede visitarse en Estambul. Pero no es un museo que ha inspirado la novela, sino al revés. Pamuk lo construyó como una extensión material de su obra literaria. Son las páginas las que terminaron creando ese lugar, que puede ser visitado por cualquiera. Con entrada libre, incluso, para quienes se presenten portando un ejemplar de la novela. 

De nuevo: es “el texto en el texto” elevado hasta el paroxismo.

El autor en el autor

Ni siquiera Pamuk escapa a esta dinámica. Es, por supuesto, el autor de la novela. Pero es, también, un actor de la miniserie. Aunque él ha dicho que no es propiamente un actor porque se interpreta a sí mismo: en efecto, en la producción audiovisual inspirada en la novela de Orhan Pamuk aparece Orhan Pamuk en el papel de Orhan Pamuk. Y lo que no es poco: Pamuk es también uno de los guionistas de la serie. De hecho, el derrotero que siguió su creación hasta llegar a la pantalla chica es, propiamente, una novela dentro de la novela.

En 2009 vendió los derechos a una productora de Hollywood, pero cuando le entregaron el guion se desesperó por las “licencias creativas” que se habían tomado en la adaptación. Tanto por las variantes como por las omisiones. Comenzó entonces una larga disputa legal por recuperar los derechos de autor. Cuando los consiguió, del proyecto se hizo cargo una productora turca, con estricta supervisión de Pamuk. No sólo respecto del guion, sino también del producto cinematográfico. Él intervino, incluso, en la selección de la directora. Se inclinó por una realizadora mujer porque aceptó las críticas de las feministas turcas respecto de su novela, pero asumiéndose como varón y turco, de modo que había moldes de los que no podía escapar. De allí que asumió que la mirada de una mujer supondría un valioso aporte, a la vez que un contrapeso.

El resultado se convirtió en una de las series más vistas de “Netflix” a poco de su estreno. Y no es para menos. Con independencia de la belleza literaria de la novela escrita, el resultado que llega a la pantalla chica es un culebrón con todas las de la ley. Casi con Denominación de Origen Controlada...

Amor para tres

¿Qué clase de museo es “El museo de la inocencia”? Es una antigua casa turca que atesora los más variados objetos de la cotidianidad. Desde un cepillo del pelo que aún tiene algunas hebras de cabello hasta un rallador de membrillo, pasando por un perro de cerámica, un viejo triciclo de la niñez y 4.213 colillas de cigarrillos. ¿Qué tienen en común todos estos objetos? En la realidad, unos son objetos “encontrados” en viajes, otros han sido “buscados” una vez que la novela comenzó a tomar forma y, junto con ella, también la idea de “materializarla”. Finalmente, están aquellos que, directamente, son “objetos encargados” específicamente. Como la cama. En la ficción, todos ellos han sido usados por una mujer. La mujer que el protagonista amó. Y que perdió. En esas “cosas” halló el único refugio donde consolar la pérdida.

Un detalle: esa mujer amada no era, precisamente, aquella con la que él había prometido casarse.

“El museo de la inocencia” novela un tortuoso triángulo amoroso, durante las décadas de 1970 y 1980, en Estambul. En un extremo está Kemal, hijo de una familia de “nuevos ricos” que ha triunfado en los negocios textiles. Él se ha comprometido con Sibel, el segundo vértice de esta historia. Es hija de un diplomático y viene de una familia rica, pero venida a menos económicamente. Sibel es parte de la elite occidentalizada y moderna, que se ha impregnado de los valores liberales de la Europa occidental posterior al “Mayo Francés”. Pero Kemal se enamorará de otra mujer. La tercera en discordia es Füsum, su lejana prima de “cariño”, que viene de un hogar pobre y que, con 18 años, trabaja en una boutique para ayudar a la economía familiar y pagarse sus estudios universitarios.

Un bolso y un abismo

Esta variopinta paleta socioeconómica no es una cuestión menor en el texto. En la realización llevada a la pantalla, este contraste es parte del paisaje de manera constante. Pero en las páginas de Pamuk la diferencia de clases adquiere una significación que deviene trascendental. Eso se anuda en una escena temprana, cuya profundidad no alcanza a ser comprendida del todo en la pantalla.

A la salida de una cena, Sibel repara en un bolso de diseño exhibido en una vidriera y Kemal, al día siguiente, lo compra y se lo regala. Cuando ella lo examina no demora en darse cuenta de que es una imitación. Le explica que en Europa ha visto las “originales” y que en la calidad de las costuras, entre otras terminaciones, se advierte la falsificación. En la serie, ella le dice a su prometido que, aunque es muy inteligente para los negocios, puede ser fácilmente engañado por una mujer. Pero en la novela, la decepción de Kemal transita por otro carril. Él se da cuenta de que, por más de que se esfuerce, siempre será un “arribista” a la clase social de la cual su novia es “nativa”. Por ende, nada, o prácticamente nada hay con que él pueda sorprenderla. Hay “niveles” donde ella se mueve “naturalmente”, que para él resultan inalcanzables. Y, tal como revela la cartera, incomprensibles.

Füsum, en cambio, que ha vivido toda su corta vida con lo justo, es alguien susceptible de ser maravillada todo el tiempo. Y, por ello, de maravillar a Kemal. Cuando él acude a devolver el bolso y pedir un reintegro, se sorprende por el llanto de la joven. En ese momento, acordarán que ella le lleve el dinero del reembolso al departamento de soltero que él posee en el edificio “Merhamet” (“Misericordia”). Ese será el escenario donde comenzará a consumarse el romance. Donde transcurrirán los que -sabrá mucho después Kemal- fueron los momentos más felices de su vida.

El protagonista comienza a vivir, entonces, el vértigo de una cuenta regresiva. Por un lado, el amor cada vez más intenso por Füsum. Por el otro, la inexorable aproximación de la fecha del compromiso con Sibel, que se anunciará públicamente con una fiesta ostentosa en el hotel Hilton, a la que han sido invitados Füsum y sus padres. Esa fiesta marcará un quiebre: el furtivo romance se interrumpirá en nombre de que Kemal incumplió condiciones que le había impuesto su amante (no mentirle y no tener intimidad con su prometida). Pero, en realidad, Füsum también se ha enamorado. Y el hecho de que Kemal formalizará que va a casarse con Sibel se convierte para ella en un dolor intolerable.

Trasfondos

Lo que sigue es cuesta abajo. Ella, simplemente, desaparecerá. Primero se irá de la casa de sus padres. Luego, dejará la tienda donde trabaja. Más tarde, los propios padres de Füsum dejarán el departamento donde vivían. Kemal desespera. Su relación con Sibel se derrumba. Lo único que él desea es reencontrar a Füsum. Su prometida, así como los amigos en común, le resultan cada vez más ajenos. Finalmente, presionado y sin sosiego, le termina confesando la infidelidad. No revela que ama a otra: presenta su devastación como un sentimiento de culpa. Sibel se escandaliza, primero; pero luego decide que logrará que Kemal deje atrás la amargura y el recuerdo de Füsum.

Ahí ya se torna evidente una cuestión que sobrevuela la novela: el machismo de la sociedad turca de hace medio siglo. La virginidad de las mujeres pesa de manera gravitante en la historia de las mujeres del relato. Las relaciones extramatrimoniales siguen siendo tabú. Pero con un matiz: las que tienen relaciones antes de casarse con quienes van a contraer matrimonio son “perdonadas”. Las otras, no. Sibel se lo reprochará a Kemal cuando, finalmente, rompan el compromiso. Él, a la vez, cargará con la necesidad de “compensar” a Füsum. Para entonces, el único consuelo que encuentra es en los objetos que atesora de ella en el departamento de “Merhamet”.

La busca a diario por calles y plazas. Y a través de una amiga. Consigue que ella, que nunca le revela dónde está Füsum ni cómo vive, entregue una carta. Y recibe una respuesta epistolar: ella y sus padres lo esperan a cenar. Esa había sido una vieja promesa suya. Acude a la cita con flores, el triciclo de la niñez y el corazón en la mano, decidido a pedirle que se case con él. Pero alguien se le adelantó: cuando llegue al lugar se dará con que Füsum se ha casado con Feridum, un eterno enamorado que la contuvo en el desconsuelo y aceptó desposarla sin condiciones. Él, además, incursiona en el mundo del cine como guionista y explota un sueño que Füsum (en la novela, mas no en la serie) reveló tempranamente a Kemal: su sueño de ser una estrella de la pantalla grande. En la sobremesa, por caso, le manifiestan que están buscando un productor que financie una película

Toda clase de conflictos se desatan en Kemal. Siente despecho y que lo ven como el pariente rico al que pueden usar. Pero estar frente a Füsum le resulta irresistible. De lo que surgirán dos constantes: sus diarias visitas a cenar a esa casa y la sustracción de objetos de la casa de Füsum que irán a parar al departamento de Merhamet. Al patrimonio del futuro “museo”.

La madre de Füsum le pedirá a Kemal que haga realidad el sueño de su hija. Lo hará como quien pide una compensación por el dolor devastador que significó para ella la ruptura posterior al compromiso con Sibel. Así que comenzará el ciclo de visitas a los lugares que frecuentan directores, productores y actores del mundillo del espectáculo turco. Ahí comenzará otro conflicto: el de los celos de Kemal respecto de las segundas intenciones de los que se muestran interesados por Füsum. Potenciados por un sentimiento miserable: si ella triunfaba se volvería inalcanzable para él. Finalmente, Füsum terminará confinada a la casa paterna, mientras Kemal y Feridum deciden encarar una película de nombre sugestivo, “Vidas rotas”, que protagonizará otra actriz. Ella si se convertirá en una estrella. Y terminará quedándose con Feridum.

Triste, solitario y final

El divorcio de Füsum representa para Kemal el fin de una espera de ocho años. Le pedirá matrimonio a Füsum, que aceptará con una serie de nuevas condiciones, que parecen querer volver el tiempo atrás. Quiere una gran fiesta de compromiso. Un viaje a Europa. Y que no haya intimidad entre ellos antes del matrimonio. Esta última cláusula tendrá una excepción la primera noche del viaje por tierra al Viejo Continente. Pero así como el tiempo no retrocede, ellos, en los 80, ya no son los mismos que en la década anterior. El empeño por apostar al amor no alcanza a sobreponerse por sobre los años de frustraciones acumuladas y despechos añejados. Todo aflorará de la peor manera. Y terminará de la más cruel de las formas.

Kemal decidirá, entonces, comprar la casa en que había vivido su amada. Y construir allí, con todos los objetos que había ido acumulando en el departamento del edificio Merhamet, el museo que mantenga vivo el recuerdo de esa mujer. Luego advertirá que debería hacer un catálogo de todo ese “tesoro”. Y le pedirá a Orhan Pamuk que lo escriba. Con un único encargo. Que anotase, para que a nadie le quedasen dudas, que había sido muy feliz.

¿Qué significar estar enamorado? ¿Dónde comienza la obsesión? ¿Cuál es el precio a pagar a cambio de que un sentimiento no muera? ¿Qué es, exactamente, el arte? ¿Para qué sirven, realmente, los museos? ¿Cuál es el valor real de los objetos? Si la insatisfacción es el motor del deseo, ¿es posible satisfacer al amor? ¿Qué es la felicidad: un estado o una capacidad? ¿Todos son susceptibles de experimentarla? Dada la cotidianidad de los objetos del “museo de la inocencia”, ¿cualquiera puede obsesionarse a tales niveles? ¿Y cualquiera es capaz de amar? ¿Estamos inexorablemente condenados a la endogamia de clase?

Según el psicoanálisis, donde haya un límite emergerá una pregunta. Las numerosas preguntas que dispara El museo de la inocencia son, en ese sentido, el preclaro indicador de que esta obra de Orhan Pamuk es una exploración de las fronteras de una de las más humanas dimensiones: el amor. Y también, a la vera de esa borde, de algunas de sus perversiones.

© LA GACETA

Perfil

Orhan Pamuk nació en Estambul, Turquía, en 1952. Su éxito mundial se desencadenó a partir de los elogios que John Updike dedicó a la novela El castillo blanco. Obtuvo el premio al Mejor Libro Extranjero en Francia, el Grinzane Cavour en Italia y el premio internacional Impac de Irlanda, los tres por Me llamo Rojo. Nieve fue galardonada con el Prix Médicis Étranger. Ganó el Nobel de Literatura en 2006.