Por Julio PIcabea
Magíster en Políticas Públicas de la Universidad Austral Director de Desarrollo en Fundación León
El último discurso presidencial frente a la asamblea legislativa dejó algunas reflexiones destacables para el análisis político. Si bien gran parte de la intervención del presidente se vió interrumpida por las chicanas con la oposición, existe un punto sumamente interesante que tiene que ver con el avance en la construcción de un “mito de gobierno”, necesario para legitimar filosóficamente la toma de decisiones y las políticas públicas.
A partir de lo esbozado por el presidente en su discurso, “mitológicamente” su gobierno se encuentra asentado sobre tres principios: la noción clásica de justicia; la eficiencia económica y el utilitarismo político. Lo interesante de estos tres pilares, es que representan un paralelismo contrapuesto a las tres banderas tradicionales del justicialismo: la justicia social, la independencia económica y la soberanía política, dato que no es menor, en un gobierno como el de Milei que gestiona muy bien la comunicación política, si se tiene en cuenta la fortaleza que en ese mismo sentido supo mostrar la formulación de Juan Domingo Perón, condensada en la llamada “doctrina justicialista” que perdura hasta los tiempos actuales.
Profundizando un poco más, los tres pilares del liberalismo mileista supondrían una respuesta que pretende ser superadora a las tres banderas tradicionales del justicialismo. En relación a la noción de justicia, el presidente Milei citó expresamente al jurista romano Ulpiano, bajo el concepto de “dar a cada uno lo que le corresponda según su derecho”. Esta definición se opone claramente a la concepción de “justicia social” sostenida por Perón, basada en la redistribución de la riqueza (sacarle a los que más tienen para darle a los que menos tienen).
La “eficiencia económica” se sugiere como contraposición a la “independencia económica”. La propuesta de Perón, basada en una economía “mercadointernista” y por ende proteccionista, es cuestionada por el segundo pilar del liberalismo mileísta, que plantea como principio rector de su modelo “la eficiencia económica”: esto quiere decir que ya no se protegerá a las industrias no competitivas y que quiénes pretendan sobrevivir deberán ser comparativamente eficientes o reconvertirse para alcanzar los estándares que les permitan competir sin protección estatal.
Por último, el presidente Milei planteó como tercer pilar de su construcción filosófica, el “utilitarismo político”. Perón hablaba en su momento de la “soberanía política”, entendida como la no injerencia de intereses externos en la toma de decisiones de política doméstica. Por su lado, el liberalismo mileísta plantea la idea del “utilitarismo político”. Siguiendo al filósofo británico Jeremy Bentham, el utilitarismo es la teoría que sostiene que la mejor acción es aquella que permite maximizar la utilidad, entendida como la producción de mayor felicidad y bienestar para un mayor número de personas. En otras palabras, para la administración
Milei, las decisiones políticas en general, pero sobre todo las de política exterior, deben estar orientadas a maximizar la utilidad. De esta manera, se mira la política exterior desde un enfoque pragmático y se avanzará en todo lo que sea provechoso para el interés nacional (un guiño al realismo periférico de Escudé).
En definitiva, el mileísmo no solo gobierna: intenta narrarse a sí mismo. Como toda experiencia política que aspira a perdurar, necesita dotarse de un andamiaje simbólico que ordene sus decisiones y les otorgue coherencia histórica. Así como el primer gobierno de Juan Domingo Perón logró cristalizar sus ideas en una doctrina que trascendió su tiempo, el presidente Javier Milei parece estar ensayando la formulación de su propio mito fundacional.
El justicialismo estructuró durante décadas una narrativa capaz de articular identidad, movilización y legitimidad. El desafío del liberalismo mileísta será demostrar que sus tres pilares pueden hacer lo mismo en un contexto social atravesado por demandas de estabilidad, crecimiento y previsibilidad. La verdadera pregunta no es si el mito está siendo construido -eso ya está en marcha- sino si logrará arraigar como relato duradero.