En 1964, cuando el mundo vivía bajo la sombra de la Guerra Fría, Stanley Kubrick imaginó en “Dr Insólito” algo inquietante: que una cadena de decisiones absurdas, tomadas en despachos lejanos y bajo la lógica del orgullo y la paranoia, podría empujar al planeta hacia la autodestrucción. La película era una sátira. Reírse del desastre era, tal vez, la única manera de soportar la idea de que el destino global podría depender de un botón y de un impulso.
Sesenta años después, el botón cambió de forma. Ya no está en una base aérea ficticia, sino en pantallas que iluminan nuestras noches. La guerra -esa palabra que parecía archivada en los manuales de historia- vuelve a circular con naturalidad en noticieros, redes sociales y conversaciones de sobremesa. En Tucumán, lejos de los frentes de batalla, nadie escucha misiles. Pero sí se percibe algo más difícil de medir: una ansiedad difusa que se cuela en las decisiones cotidianas.
¿Cómo impacta un conflicto lejano en una provincia del norte argentino? Primero, como emoción. Luego, como economía. Las guerras alteran mercados, presionan el precio de la energía, modifican cadenas de suministro. Pero antes de que esos efectos se traduzcan en números, ya operan en el ánimo colectivo. Se habla del dólar, del combustible, de lo que puede aumentar. Se especula. Se anticipa. Se teme. En un país con memoria inflacionaria y crisis recurrentes, la incertidumbre no es una noveda: es un reflejo condicionado.
En Argentina, la economía suele sentirse antes de entenderse. No se espera la confirmación oficial para preocuparse: alcanza con la sospecha de que algo puede desordenarse para que el humor social cambie. Y cuando el escenario internacional se tensa, esa sensibilidad se agudiza. Sabemos que lo que ocurre lejos puede terminar repercutiendo cerca.
A esa dimensión económica se suma otra, más intangible pero igualmente poderosa: la saturación informativa. Cada vez las guerras son más inmediatas. Imágenes en tiempo real, mapas interactivos, análisis instantáneos. Desde el celular, el conflicto se vuelve espectáculo y amenaza al mismo tiempo. ¿Informarse es hoy un ejercicio de responsabilidad o una forma de exponerse permanentemente al miedo? ¿Qué efecto tiene en una sociedad consumir, día tras día, escenas de destrucción que no puede modificar?
En Argentina, donde la estabilidad económica siempre parece frágil, estas tensiones globales se sienten como una vibración subterránea. No hay sirenas ni refugios, pero sí decisiones postergadas, compras anticipadas, cautela en la inversión. La guerra, aún distante, se filtra en el cálculo doméstico.
No sabemos cuánto durará el conflicto ni qué consecuencias exactas tendrá. Pero sí podemos preguntarnos algo más cercano: ¿cómo queremos atravesar este clima? ¿Nos dejamos arrastrar por la ansiedad, nos refugiamos en la indiferencia o aprendemos a administrar el miedo con mayor templanza colectiva?
Kubrick eligió la ironía para hablar del miedo nuclear. Nosotros no necesitamos sátira para reconocer la fragilidad de un mundo interconectado. Pero sí necesitamos algo de perspectiva. La ansiedad colectiva puede ser una reacción comprensible ante un escenario incierto; lo que no debería ser es el único lente con el que miramos el presente.