El mundo atraviesa un punto de inflexión. El Bulletin of the Atomic Scientists actualizó su histórico Doomsday Clock y hoy marca 85 segundos para la medianoche, el punto más cercano al colapso en su historia.

La decisión responde a múltiples amenazas climáticas, geopolíticas, biológicas y tecnológicas, pero también expone una realidad estructural: el modelo productivo basado en la extracción intensiva de recursos y en materiales no regenerables enfrenta límites concretos.

Durante décadas, el desarrollo industrial priorizó la eficiencia y escala, apoyándose en plásticos derivados del petróleo, espumas sintéticas y procesos de alta intensidad energética. Muchos de estos materiales cumplen funciones de minutos proteger, transportar, envolver pero permanecen siglos en el ambiente.

En este escenario, la conversación sobre sustentabilidad ya no puede limitarse a reducir emisiones o cambiar hábitos de consumo. La transformación empieza antes, en la materia con la que diseñamos el mundo. Los biomateriales y la innovación en materiales emergen como una de las respuestas más profundas frente a la crisis climática.

Biomateriales: rediseñar la materia desde el origen

Uno de los campos que más creció en los últimos años es el de los biomateriales: materiales desarrollados a partir de recursos biológicos renovables que buscan reemplazar derivados del petróleo y reducir la huella ambiental de productos e industrias.

Bioplásticos elaborados con almidón de maíz o caña de azúcar, envases a base de algas y cueros vegetales producidos con fibras de piña o cactus son algunos ejemplos que ya comienzan a escalar en sectores como la moda, el diseño y el packaging. Estas soluciones no solo reducen el uso de recursos fósiles, sino que introducen una lógica de economía circular, donde el final del ciclo de vida está previsto desde el diseño inicial.

Dentro de este ecosistema de innovación en materiales, el micelio —la red de filamentos que constituye la estructura vegetativa de los hongos— se consolida como una alternativa prometedora para sustituir telgopor y ciertos plásticos de embalaje. A diferencia de los materiales tradicionales, el micelio no se extrae: se cultiva. Utilizando residuos agrícolas como sustrato, puede moldearse para crear estructuras resistentes, livianas y completamente biodegradables.

En Argentina, el estudio MOSH trabaja en el desarrollo de packaging sustentable basado en micelio como parte de una búsqueda más amplia de innovación material aplicada al diseño.

“La discusión ambiental muchas veces se enfoca en el consumo, pero el verdadero impacto empieza en la elección del material. Si queremos transformar el sistema productivo, tenemos que rediseñar esa base”, señala Denise Pañella, cofundadora de MOSH.

La diferencia central de estos desarrollos no es únicamente que se biodegraden, sino que cambian el paradigma productivo: pasar de extraer y descartar a cultivar y reintegrar.

Agricultura regenerativa y alimentos del futuro

La innovación frente a la crisis climática también se extiende al sistema alimentario. La tendencia ya no es solo producir más, sino producir mejor.

La agricultura regenerativa busca recuperar la salud del suelo, aumentar la biodiversidad y capturar carbono, integrando producción y restauración ambiental. En paralelo, los sistemas de cultivo vertical e hidroponía urbana reducen el uso de agua y eliminan pesticidas, permitiendo producir alimentos en entornos urbanos con menor impacto.

Las proteínas vegetales alternativas, elaboradas a partir de legumbres y otros cultivos, también crecen como respuesta a la alta huella ambiental de la producción ganadera intensiva.

Empresas como Vegan Nature desarrollan más de 60 productos a base de plantas y proyectan expandirse al exterior. Su CEO, Francisco Piñero Pacheco, resume: “Apuntamos a llevar productos masivos al retail sin conservantes ni aditivos, combinando producción con una lógica de desarrollo más consciente”.

Rediseñar la base del sistema

A 85 segundos de la medianoche, la innovación ya no puede ser superficial. No alcanza con optimizar procesos si la materia prima sigue respondiendo a una lógica extractiva.

La infraestructura física de la economía —envases, textiles, objetos, sistemas constructivos— determina gran parte del impacto ambiental acumulado. Transformar esa base material implica cambiar no solo qué producimos, sino cómo y desde dónde lo hacemos.

La pregunta ya no es si el cambio es necesario.

La pregunta es cuán profundo estamos dispuestos a rediseñar la materia con la que construimos el mundo.