La tarde en José Ingenieros había dejado sonrisas y abrazos. El 1-0 frente a Almagro era de esos triunfos que se celebran doble: por el resultado, por la forma y por la sensación de que el equipo empieza a encontrar un rumbo. Pero mientras el plantel de San Martín se llevaba los tres puntos que tanto había ido a buscar, en el fondo del festejo apareció una preocupación que nadie esperaba tan temprano.
Matías García apenas había jugado 16 minutos cuando el cuerpo dijo basta. Sin choque previo, sin una jugada puntual que encendiera la alarma, el volante se dejó caer sobre el césped y pidió el cambio. La imagen fue el primer indicio de que algo no estaba bien. El isquiotibial derecho le había marcado un límite y no hubo forma de seguir.
Andrés Yllana, desde el banco, lo miró con esa mezcla de resignación y preocupación que sólo aparece cuando el problema es muscular y el diagnóstico todavía es una incógnita. García se fue caminando, con gesto serio, sabiendo que el partido recién empezaba y que él ya no podía ser parte. El parte médico definitivo llegará cuando el plantel vuelva a Tucumán y se realicen los estudios correspondientes. Recién entonces se sabrá cuánto tiempo deberá estar al margen. Por ahora, la palabra que sobrevuela es cautela.
La lesión fue el gran golpe en una tarde que venía redondita y en la que el nuevo San Martín se había saco las ganas de festejar una victoria. Porque el triunfo estaba en los planes, porque se festejó como un paso importante y porque el equipo había mostrado señales positivas. Pero el fútbol siempre encuentra la manera de recordarte que nada es completo, que incluso en las victorias hay costos que se pagan en silencio.
Salazar y Rodríguez también dejaron el campo con molestias
No fue el único aviso del cuerpo. Víctor Salazar y Guillermo Rodríguez también terminaron el partido con sobrecargas musculares. Nada que, en principio, encienda luces rojas: según pudo averiguar LA GACETA, no serían molestias de gravedad. Aun así, son pequeñas alertas en un calendario que no da respiro y en un torneo que se juega con el cuchillo entre los dientes.
San Martín volvió a Tucumán con tres puntos en el bolsillo y una ilusión renovada. Pero también con la preocupación de ver cómo evoluciona uno de sus mediocampistas. A veces, las victorias llegan así: con sabor dulce y un dejo amargo que obliga a mirar de reojo el parte médico, esperando que la alegría no tenga que pagar un precio demasiado alto.