A partir de una reciente y extraordinaria recreación cinematográfica de “Hamnet”, centrada en la breve vida del hijo mellizo varón que William Shakespeare tuvo con su esposa y que murió precozmente, probablemente víctima de la peste, surgió una pregunta casi inevitable: ¿qué fue de la hermana melliza de aquel niño? ¿Cuál fue el destino de Judith Shakespeare, la que quedó? La curiosidad inicial dio paso a una investigación personal que terminó siendo, más que un ejercicio histórico, una experiencia conmovedora. Porque Judith no solo sobrevivió a Hamnet Shakespeare, muerto a los 11 años, sino que vivió hasta los 76, una longevidad extraordinaria para una época en la que el promedio de vida rondaba los cincuenta. Y ese largo trayecto estuvo lejos de ser apacible. Judith nació el 2 de febrero de 1585, en Stratford-upon-Avon. Compartió la infancia con Hamnet, pero la simetría duró poco. En 1596 la peste se llevó a su hermano mellizo y dejó a la familia marcada para siempre. Shakespeare, ya instalado en Londres, siguió escribiendo tragedias mientras en su casa la tragedia se había vuelto doméstica. Cuando su padre murió en 1616, Judith tenía 31 años. En su testamento, Shakespeare dejó una señal reveladora: protegió cuidadosamente la herencia de su hija para evitar que quedara bajo el control de su marido, Thomas Quiney, un hombre cuya conducta ya había generado escándalo público. El matrimonio había sido irregular y pronto quedó manchado por una confesión grave: Quiney había dejado embarazada a otra mujer, que murió en el parto junto con el niño. Judith tuvo tres hijos varones. Y perdió a los tres. El primero murió siendo un bebé. Los otros dos, Richard y Thomas, fallecieron en 1639, con apenas 21 y 19 años. En cuestión de meses, Judith enterró a sus dos hijos mayores. No hay cartas ni diarios que narren ese dolor. Solo quedan las fechas secas, implacables, que no necesitan adjetivos. A esas pérdidas se sumaron las de sus padres y la de su hermana mayor, Susanna Shakespeare, que murió en 1649. Judith sobrevivió a todos: a su hermano mellizo, a sus padres, a su hermana y a sus hijos. La tragedia no fue literaria ni simbólica. La vivió en carne propia, sin escenario ni aplausos. Murió el 9 de febrero de 1662. Tenía 76 años. Con ella ocurrió algo definitivo: se extinguió la descendencia directa de Shakespeare. Ninguno de sus hijos dejó herederos. El apellido terminó allí, en una mujer que no escribió versos inmortales, pero sostuvo una vida atravesada por la pérdida y la resistencia. Su hermano mellizo Hamnet murió niño. Susanna murió antes. Shakespeare se volvió eterno. Judith, en cambio, sobrevivió. La tragedia shakespeariana no empezó en los escenarios de Londres, sino en una casa de Stratford: un hijo muerto, una descendencia extinguida y una hija que sobrevivió a todos. Judith fue el último acto.

Juan L. Marcotullio                     

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