Durante años, hablar de identidad fue hablar de lucha. De marchas. De discusiones incómodas en sobremesas familiares. De leyes que parecían imposibles hasta que dejaron de serlo. La autopercepción de género no apareció como una moda: fue el resultado de décadas de activismo, de vidas que exigieron poder reconocerse como se sienten.

Hoy, en redes sociales, circula otro término: therian. Jóvenes que se identifican espiritual o psicológicamente como animales no humanos —lobos, gatos, zorros— y que, en algunos casos, adoptan comportamientos, estéticas o máscaras asociadas a esa identidad. Para algunos es una exploración simbólica; para otros, una vivencia profunda. Videos con máscaras, movimientos y relatos íntimos que circulan con la velocidad de cualquier tendencia.

El fenómeno en sí mismo no debería escandalizar a nadie. Las formas de identificación siempre se transformaron. Pero aquí conviene detenerse: no es lo mismo hablar de identidad de género que hablar de pertenencias simbólicas o de identificación con un grupo.

La autopercepción de género, en términos simples, es el reconocimiento interno y personal del propio género, independientemente del sexo asignado al nacer. Es la vivencia íntima de quién soy dentro de la experiencia humana. Tiene implicancias sociales, jurídicas, médicas y biográficas. Está vinculada a derechos concretos y a procesos muchas veces dolorosos. Judith Butler, filósofa estadounidense, escribió que el género no es algo que “se es”, sino algo que se construye y se expresa en interacción con el mundo. Pero esa construcción no es un juego ni un disfraz: es una dimensión constitutiva de la identidad que incide en cómo una persona es reconocida y tratada por la sociedad.

Otra cosa distinta es la identificación grupal. A lo largo de las décadas existieron los punks, los dark, los floggers, los rolingas, tribus urbanas que ofrecían sentido de pertenencia, códigos compartidos y una estética común. Esos procesos forman parte del desarrollo social, especialmente en la adolescencia. Pueden ser intensos, significativos y reales. Pero no redefinen el estatuto jurídico de una persona ni la colocan en una situación estructural de exclusión por el simple hecho de existir.

El problema aparece cuando el ecosistema digital aplana matices. En el mismo scroll conviven luchas históricas por derechos civiles con tendencias virales. En el mismo espacio donde se discuten leyes, circulan filtros que permiten modificar el rostro en tiempo real. ¿Puede una cultura saturada de máscaras distinguir entre una búsqueda identitaria que implica derechos humanos y una identificación simbólica que funciona como comunidad de pertenencia? ¿O todo termina reducido al mismo plano de consumo rápido?

La ficción ya había imaginado esta deriva. En Years and Years, la serie creada por Russell T. Davies, uno de los personajes expresa el deseo de convertirse en transhumano: no solo redefinir su género, sino trascender su condición biológica para habitar una identidad digital. En ese futuro cercano, los filtros y las interfaces no son adornos: son extensiones del yo. La imagen proyectada puede volverse más estable que la carne. La identidad como holograma. La pantalla como espacio principal de existencia.

Lo que en la ficción parecía exageración hoy tiene ecos reconocibles. Vivimos en una época en la que la construcción del yo pasa, inevitablemente, por la pantalla. Y cuando cualquier forma de identidad se vuelve performática, cuando puede activarse y desactivarse como un filtro, todo corre el riesgo de parecer intercambiable.

Ahí aparece el verdadero peligro: no en quienes exploran quiénes son ni en quienes buscan pertenecer a un grupo, sino en cómo la conversación pública puede mezclarlo todo hasta diluir las diferencias. Si todo es lo mismo, nada lo es. Y en esa confusión, quienes niegan la autopercepción de género encuentran argumentos fáciles para ridiculizar procesos que nada tienen que ver con una moda pasajera.

No se trata de establecer jerarquías morales sobre cómo alguien se percibe. Se trata de recordar que no todos los fenómenos sociales responden a la misma lógica ni tienen las mismas consecuencias. Hay experiencias que surgen de la necesidad de pertenecer y otras que nacen de la necesidad de existir. No son equivalentes. No pesan lo mismo en la historia social ni en la vida de quienes las atraviesan.

Cuando el debate público borra esa diferencia, lo que se erosiona no es una tendencia. Es la comprensión de luchas que permitieron que hoy hablar de identidad deje de ser un acto de valentía y se convierta, al menos en parte, en un derecho.