En San Luis, cuando el reloj empezaba a convertirse en enemigo y la noche amenazaba con transformarse en una pesadilla, River Plate encontró alivio desde los 12 pasos. No fue una actuación convincente ni mucho menos tranquilizadora. Fue una victoria sufrida, agónica, trabajada más con insistencia que con lucidez. Pero fue victoria al fin. Y en la Copa Argentina, muchas veces eso es lo único que importa. El 1-0 sobre Ciudad de Bolívar, por los 32avos de final de la Copa Argentina, llegó recién a los 42 minutos del segundo tiempo y evitó un papelón que hubiera profundizado la crisis futbolística del equipo de Núñez. El rival, que hasta el año pasado militaba en el Federal A y que la semana pasada debutó en la Primera Nacional, estuvo a minutos de llevar el duelo a un terreno incómodo, acaso histórico. River venía de dos golpes duros -4 a 1 ante Tigre y 1 a 0 frente a Argentinos Juniors- y necesitaba reencontrarse consigo mismo. No lo logró desde el juego. Sí desde el resultado.

Desde el arranque quedó claro que el “Millonario” asumía el protagonismo. La pelota fue suya, el territorio también. Pero la claridad, esa que había mostrado en sus primeras presentaciones de 2026, pareció extraviada. A los 6 y a los 13’, Quintero probó desde afuera del área: dos intentos que terminaron en las manos del arquero Agustín Rufinetti, seguro y atento durante toda la noche.

A los 19, tras una gran acción individual de “Juanfer”, Gonzalo Montiel estuvo cerca de abrir el marcador. Fue un aviso. River generaba, pero no lastimaba. A los 35, un remate de Fausto Vera con destino de red fue bloqueado por un defensor cuando la jugada pedía festejo. Y sobre el cierre del primer tiempo, Tomás Galván tuvo dos chances clarísimas: primero un zurdazo desde la medialuna que terminó en córner tras un desvío salvador; luego otro disparo que volvió a encontrar un cuerpo rival en el camino.

El equipo dirigido por Diego Funes, que en los primeros minutos se animó a inquietar, con el correr del reloj se replegó con orden y disciplina. Apostó a la resistencia. Y casi le sale perfecto.

El complemento arrancó con un susto. Al minuto, Nahuel Yeri aprovechó una desatención defensiva de River y definió mal cuando tenía el arco a disposición. Fue un llamado de atención. Dos minutos más tarde, la respuesta fue inmediata: Ruberto sacó un potente remate que se estrelló en el travesaño. La sensación de que el gol estaba al caer se mezclaba con la ansiedad.

La clave

A los 21’  llegó otra escena determinante. Gran córner de Quintero, notable cabezazo de Viña y espectacular salvada de Rufinetti, que voló para evitar lo que parecía el 1-0. El arquero se convirtió en figura y empezó a construir la esperanza de Bolívar.

Pero River no encontraba el resquicio final. Movía la pelota, intentaba por afuera, probaba de media distancia. Faltaba ese último toque, esa decisión correcta en el área. La ansiedad comenzaba a jugar su partido. En las tribunas, el murmullo crecía. En el banco, la preocupación también.

Hasta que el fútbol ofreció una salida: Elías Martínez derribó dentro del área a Joaquín Freitas. El árbitro Nicolás Ramírez no dudó: penal. La responsabilidad cayó en los pies de Quintero. Y el colombiano no falló. Gol y desahogo.

En el descuento, Ciudad de Bolívar fue por el empate con más corazón que ideas. River encontró espacios para liquidarlo de contra, pero nuevamente Rufinetti le ganó el duelo a Ian Subiabre en un mano a mano que pudo haber cerrado la historia con mayor tranquilidad.

El pitazo final trajo alivio, no euforia. River avanzó y ahora se medirá con Aldosivi en la próxima instancia. Pero dejó interrogantes abiertos.

“Tuvimos muchas opciones en el primer tiempo, nos faltó claridad en el área. Merecíamos la victoria. Esto es un puntapié para lo que se viene. Lo más importante es que River gane. Muchas veces nos juega en contra la ansiedad”, analizó Quintero, autor del gol y eje futbolístico del equipo. En sus palabras se mezcló autocrítica y optimismo.

Autocrítica

Lucas Martínez Quarta también reconoció las dificultades: “No era un partido fácil, todos sabemos lo difícil que es la Copa Argentina. Nos está costando un poco encontrar el gol. Estamos trabajando para mejorar”. La frase resume el momento. River domina, pero no concreta. Insiste, pero no liquida. Y en ese margen mínimo, cualquier distracción puede costar carísimo.

La Copa Argentina suele ser territorio fértil para sorpresas. Equipos del ascenso que juegan el partido de su vida. Gigantes que subestiman. Contextos neutros que igualan energías. River estuvo al borde de ingresar en esa lista incómoda. Lo salvó un penal sobre el final, pero no puede apoyarse solo en la jerarquía individual cuando el funcionamiento colectivo no fluye.

El triunfo corta la racha de derrotas y evita una herida mayor. Eso, en el fútbol de alta competencia, no es poco. Sin embargo, si pretende pelear en serio en 2026, deberá recuperar la contundencia y la confianza que hoy parecen intermitentes.

En San Luis no hubo espectáculo ni exhibición. Hubo tensión, dudas y un suspiro final. River avanzó, sí. Pero también entendió que el margen de error se achica cada vez más. Y que, a veces, un penal a tres minutos del final puede salvar una noche… pero no siempre alcanza para disipar todas las sombras.