“Quien no conoce su historia está condenado a repetirla”, sostiene la versión más popular formulada por el filósofo español George Santayana. El célebre pensador, fallecido en Roma en 1952, a los 88 años, subrayaba la necesidad de apelar a la memoria histórica y a la educación para no cometer los mismos errores, personales o sociales.
No es el caso de lo que ocurrió con el emblemático barrio El Bajo, cuyas lecciones del pasado no permitieron tomar mejores decisiones en el presente cercano.
Donde hoy se encuentra la plaza La Madrid era una zona descampada hasta el Siglo XIX y constituía el borde este de la ciudad, por lo que se denominaba “calle de ronda”, ya que era el límite de la vigilancia policial, recuerda la arquitecta María Inés del Río en su trabajo “Caracterización urbanística de la zona denominada El Bajo”.
Eran predios de pantanales, ya que no mucho antes las aguas del río Salí llegaban hasta las actuales avenidas Soldati-Brígido Terán y a eso se debe el brusco descenso del terreno desde más o menos calle Monteagudo-Entre Ríos hacia el este y luego también desde avenidas Marco Avellaneda hasta el parque 9 de Julio y Sáenz Peña hacia Brígido Terán. De allí su denominación como El Bajo.
Promesas sin cumplir: propuesta para la recuperación de El BajoJustamente, para crear el principal bosque urbano tucumano antes hubo que secar, rellenar y sembrar 400 hectáreas de esos pantanos, aunque luego sólo se concretó la mitad norte del parque, porque el sector sur sufrió paulatinas usurpaciones, la primera de ellas por el Aero Club Tucumán, que luego se convertiría en el aeropuerto “Benjamín Matienzo”, que también ejerció una gran influencia en El Bajo.
Sanear las pestes
La idea de secar esas lagunas de la zona, que incluía al parque, se remonta a 1831, en el inicio de la gobernación de Alejandro Heredia, proyecto que no logró concretarse sino hasta después de décadas con la construcción del parque 9 de Julio, cuyo objetivo era sanear algunas pestes de los pantanos, entre ellas el cólera y la malaria. El promotor de este saneamiento fue el médico y senador nacional Alberto León de Soldati.
La ex plaza Constitución se delimitó durante la gobernación de Marcos Paz, entre 1859 y 1860. Pasó a llamarse La Madrid durante la repatriación de los restos del general a la provincia, por iniciativa del gobernador Benjamín Paz, cuando se cumplieron los 100 años del natalicio de La Madrid.
El Bajo recibió el primer tren el 13 de julio de 1892. No era el primer convoy que arribaba a la provincia. El primer tren había llegado a San Miguel de Tucumán 16 años antes, en octubre de 1876, proveniente de Córdoba por el Ferrocarril Central Norte. Fue recibido por el presidente tucumano Nicolás Avellaneda y significó la conexión ferroviaria definitiva entre el norte y Buenos Aires.
El último tren partió de El Bajo en 1978, aunque ya operaba la ex Terminal de Ómnibus.
El principio y el fin
La fiebre comercial de El Bajo comenzó incluso antes del arribo ferroviario, durante tiempos de las carretas, y desde sus inicios se constituyó como un importante centro de abastecimiento de distintos rubros para vecinos de la capital y fundamentalmente para la población rural.
Existen varios edificios centenarios en el barrio, como por ejemplo la santería de Alfonso de Innocentis, fundada en agosto de 1901, precisa la arquitecta Del Río.
El edificio de la Estación Ferrocarril Central Norte, que recibió diferentes nombres pero finalmente más conocido como Estación El Bajo, fue declarado de interés municipal en 1991 mediante la ordenanza 1.773. Ese edificio fue diseñado y construido en 1890 por la Compañía Francesa de FFCC Argentinos, y es de gran valor arquitectónico, según destaca Del Río tras una pormenorizada descripción técnica y estética.
El edificio de tres plantas de la ex Terminal de Ómnibus fue diseñado por el arquitecto Enrique Eduardo Gallardo y erigido entre 1959 y 1963, durante las gobernaciones de Celestino Gelsi y Lázaro Barbieri, con siete intervenciones militares entre esas gestiones.
Aeropuerto y terminal
La historia reciente es más conocida. En 1986 se trasladó el aeropuerto a Cevil Pozo y en 1994, durante la gestión de Ramón Ortega, se mudó dos cuadras al este la Terminal de Ómnibus, aunque siguió estando en la zona.
Un año después se inauguró el “Shopping del Jardín” dentro de la estación. Se estimaba en esa década que circulaban por la zona un millón de personas por mes.
En 1992, dentro del Programa de Renovación de Áreas Urbanas, bajo la conducción de la arquitecta Olga Paterlini de Koch, se instrumentó la puesta en valor de El Bajo, proyecto que años después fue suspendido.
Si debe ponerse una fecha definitiva del acta de defunción del barrio es el 31 de enero de 1995, durante la intendencia de Rafael Bulacio, mediante el decreto 163. Con la intención de erradicar a los vendedores ambulantes del microcentro se creó un “Mercado de Pulgas” en la ex Terminal (ordenanza 2136) en un sector de la plaza, que con el paso de los años no paró de expandirse y terminó ocupando toda la manzana y varias calles y avenidas aledañas, hasta convertirse en el caos y la anarquía actual.
En los próximos capítulos de “El Bajo, un corazón roto” se abordarán los proyectos más nuevos, algunos aún vigentes, tanto municipales como provinciales, así como la perspectiva comercial y vecinal.