El fin de semana largo de Carnaval es, para muchos, sinónimo de fiesta y viaje. Pero para el viajero consciente esta fecha puede representar algo mucho más profundo: el momento en que la herencia ancestral, la alegría colectiva y el respeto por la tierra se encuentran en una misma celebración.

En el mundo occidental, el carnaval es uno de los fenómenos culturales más fascinantes de nuestra historia. Su origen es el reflejo de un sincretismo profundo: el punto de encuentro donde las tradiciones paganas y ancestrales se fundieron con el calendario cristiano. Marca el final del tiempo previo a la Cuaresma y, a la vez, es un rito en el que, por unos días, las jerarquías se diluyen y todos somos iguales bajo una máscara o entre papelitos de colores.

En Argentina, esa integración cobra una fuerza especial. Es un espejo de nuestra identidad: la tradición cristiana dialoga con la cosmovisión de los pueblos originarios y con la herencia cultural de los inmigrantes. En los Valles Calchaquíes y en la Quebrada de Humahuaca, el carnaval no es solo una fiesta: es memoria viva, ofrenda y comunidad.

El desentierro del diablo en los Valles Calchaquíes

En la Estancia Río de Arena se celebrará la XXIV edición del tradicional “desentierro del diablo”, una de las ceremonias más emblemáticas del carnaval vallisto. En un entorno natural privilegiado, rodeado de cerros, sol intenso y aromas de verano, el ritual se transforma en una verdadera fiesta popular con música en vivo, baile y un clima de encuentro que crece año a año.

El “desentierro del diablo” es una ceremonia ancestral de raíces andinas que simboliza la liberación del espíritu del carnaval, conocido como el “diablo” o el “Pujllay”. Durante el año, este espíritu permanece enterrado y es liberado en estas fechas para dar paso a la alegría colectiva, la picardía y la ruptura momentánea de las normas cotidianas. No se trata de una figura demoníaca en sentido religioso, sino de una representación simbólica de la energía vital que se apodera del pueblo.

El ritual suele estar acompañado por coplas, música tradicional, danzas, talco, harina, serpentinas y bebidas compartidas. Cada edición renueva el pacto con la tierra y con la memoria ancestral, en una jornada donde lo sagrado y lo festivo conviven sin fronteras.

EN LOS CERROS. En los valles se unirán tradición y raíces ancestrales este fin de semana.

La cita es en la Ruta Nacional 40, km 4.295,5, en El Bañado, a partir de las 12. Quienes deseen asistir pueden reservar sus entradas por WhatsApp al +54 381 587-0037. Con cupos limitados, será una oportunidad para vivir la esencia del Carnaval Calchaquí entre paisajes majestuosos y tradición viva.

Viñas del Chañar: carnaval entre viñedos

En el kilómetro 4.314 de la Ruta 40, en el paraje Chañar Solo, Colalao del Valle, la finca Viñas del Chañar propone tres jornadas donde el vino y la herencia ancestral se abrazan.

El viernes 13 habrá taller de máscaras y un fogón de transmutación. El sábado 14 se realizará la bajada de los diablos y el desentierro, junto al bautismo de la comparsa de las viñas, música en vivo, comidas y bebidas. El domingo 15 será el encuentro de copleras y copleros y de comparsas, con la despedida del carnaval cantando y bailando.

La propuesta invita a celebrar desde una mirada íntima y comunitaria, donde el paisaje vitivinícola suma un marco especial al rito ancestral.

Amaicha del Valle: identidad y agradecimiento

Amaicha del Valle se prepara para vivir la 78° Fiesta Nacional de la Pachamama, del 12 al 17 de febrero, una celebración que recuerda quiénes somos y de dónde venimos.

En febrero, cuando la cosecha comienza a mostrar sus frutos y el verano aún se despliega, las comunidades agradecen a la tierra por su generosidad. No es el Día de la Pachamama -que se celebra en agosto-, sino una festividad popular que une tradición, cultura y espiritualidad en un homenaje profundo a la Madre Tierra.

La fiesta se realizó por primera vez en 1947, impulsada como propuesta para fomentar el turismo y promover los valores tradicionales vallistos. Con el tiempo creció y se convirtió en un encuentro complejo que también abraza el espíritu del carnaval.

Todo acontece en el Predio Pachamama. Tras el desfile de carrozas y la presentación de las figuras del año, la bendición de la nueva Pachamama da la señal para que el ambiente se vuelva festivo. La nieve artificial llena el aire, las bombuchas estallan y la pintura cubre el predio y a los presentes. La diversión se impone como lenguaje común.

Entre las actividades destacadas figuran el tradicional “Jueves de Comadre”, el jueves 12 desde las 8 en la Plaza Principal, y la Elección de la Alajita, con inscripción de candidatas comuneras de entre 10 y 16 años.

La Fiesta de la Pachamama dura seis días y se vive dentro y fuera del predio. Es un puente entre pasado y presente, una manifestación de identidad y resistencia cultural. Una invitación a agradecer y a sentir el latido de la Tierra en cada copla, en cada danza y en cada ofrenda.

Jujuy: la Quebrada que late en carnaval

Fuera de la provincia, pero no tan lejos, Tilcara, Purmamarca y toda la Quebrada de Humahuaca son destinos elegidos para el carnaval. Allí también el desentierro del diablo marca el inicio de una celebración colectiva y participativa.

El carnaval quebradeño es una práctica de pasado agrícola que resiste los embates de la modernidad. Nació como agradecimiento por la buena cosecha y hoy funciona también como espacio de expresión, integración y preservación de lazos familiares y comunitarios.

NORTE VIVO. Los colores de la diablada en Jujuy toman protagonismo en esta celebración.

Más allá de los eventos masivos, el viajero puede combinar la energía de la comparsa con el Turismo Rural Comunitario: alojarse con familias locales, aprender sobre la huerta, participar en talleres de artesanía o caminar senderos guiados por quienes habitan ese territorio hace generaciones. Es pasar del ruido al encuentro íntimo con la cosmovisión andina.

En tiempos donde viajar puede ser un acto automático, el carnaval en los Valles y la Quebrada invita a detenerse, a comprender y a participar con respeto. Porque detrás del talco, la harina y las serpentinas, late una memoria que celebra, agradece y resiste.