CARACAS, Venezuela.- La intervención militar de Estados Unidos en Venezuela, con la detención de su presidente, Nicolás Maduro, puso en alerta a toda América Latina. Sin una postura común, los gobiernos de la región se han posicionado según el color político y la cercanía y fidelidad con el presidente estadounidense. “Por lo mismo, no causa sorpresa la aprobación de mandatarios como Javier Milei en Argentina, Nayib Bukele en El Salvador, Daniel Noboa en Ecuador y José Jerí, en Perú”, escribe Victoria Dannemann, experta en Latinoamérica de la cadena estatal alemana Deutsche Welle.

La presidenta mexicana Claudia Sheinbaum, el colombiano Gustavo Petro, el brasileño Lula da Silva, el uruguayo Yamandú Orsi y el chileno Gabriel Boric rechazaron la operación y la calificaron como contraria al derecho internacional, con el matiz de que Boric había sido igualmente crítico con el régimen de Maduro, señala Dannemann.

Las críticas fueron suaves, las reacciones, prudentes, indica la politóloga Claudia Zilla, investigadora sénior del Instituto Alemán de Asuntos Internacionales y de Seguridad (SWP), en Berlín. Reconoce que el posicionamiento de cada país era esperable, pero igual llama la atención que no hayan contemplado lo que implica la intervención en términos de soberanía nacional. Sorprende, dice, “cuán alineados estuvieron los aduladores y cuán suaves fueron los críticos”.

En ello coincide Paulina Astroza, profesora de relaciones internacionales de la Universidad de Concepción, en Chile, en una entrevista con DW. “Pensando en que se trata de Estados Unidos y que su influencia en su patio trasero, en su hemisferio, como lo dice la estrategia de seguridad nacional, está dentro de su interés nacional, los países han ido manifestando su oposición a la extracción de Maduro de manera cautelosa, pero siendo bastante pragmáticos, esperando a ver qué pasaba”, indica la académica.

Según explica, “era necesario esperar para saber si iba a caer todo el régimen, si había alguna negociación, si habría una intervención física en el territorio o sólo lo que está ocurriendo ahora a través del manejo de Delcy Rodríguez y el resto del Gobierno”.

Cautela y pies de plomo

Con la excepción del presidente colombiano Gustavo Petro, quien, tras una reacción inicial más impulsiva, luego retrocedió y buscó el diálogo bilateral, las posturas de los gobiernos se han mantenido estables. “En términos generales, están todos medio shockeados y con miedo de que haya represalias, y por eso incluso la crítica se ha expresado de forma cautelosa”, señala Zilla.

“Todos tienen mucho que perder. Si bien Estados Unidos no es el primer socio comercial, sino que el segundo después de China en la mayoría de los casos, también hay una dependencia en términos de seguridad. No solo en los programas de información, de inteligencia y para el combate del tráfico de drogas, sino que la mayoría de los ejércitos latinoamericanos están equipados con material estadounidense”, agrega Zilla, encargada de América Latina del SWP.

La dependencia de Estados Unidos varía de un país a otro, pero su peso y tradición no pueden ser subestimados, además de que “la presencia militar en el Caribe y de lo que es capaz y a lo que está dispuesto Trump es algo que intimida”, afirma la politóloga.

Para Astroza, “los Gobiernos han sido bastante pragmáticos, porque no estábamos tan libres como para ir más allá de una declaración. Es impensable, dada la asimetría de poder que tenemos con Estados Unidos y la falta de unidad entre los latinoamericanos”.

La región, históricamente comprometida con el multilateralismo y el derecho internacional, hoy se posiciona según sus intereses particulares. Salvo por la declaración de Chile, Brasil, Colombia, México, Uruguay y España, las reacciones han sido individuales.

“Es lamentable que no haya un posicionamiento conjunto con anclaje en los organismos regionales. Los sistemas de integración o las instituciones regionales no encontraron el consenso como para emitir comunicados conjuntos”, plantea Zilla.

En otros tiempos, gobiernos de derecha y de izquierda lograban comunicarse, trabajar y cooperar. En contraste, “estamos en un momento de estancamiento y declive de los organismos regionales. Actualmente, la concertación y la coordinación política en el subcontinente es extremadamente baja y hay un fuerte conflicto ideológico”.

“El multilateralismo está teniendo horas bajísimas”, subraya Astroza. Advierte que organizaciones internacionales como Naciones Unidas o la Organización de Estados Americanos tienen atribuciones limitadas: “Funcionan muy bien en la colaboración, cuando estamos en un contexto pacífico y queremos administrar intereses comunes, pero operan muy mal en el conflicto, porque los Estados no les dieron el suficiente poder para hacerlo. No es factible que por esta vía se pueda presionar para que haya avances democráticos en Venezuela”.

En este escenario incierto, si bien la liberación de presos políticos es una señal, tampoco hay claridad respecto del destino de quienes salieron de Venezuela, un tema que afecta también al resto de la región.

“Lo que quieren todos los países es mayor estabilidad, para que la gente regrese o por lo menos para que no salgan más”. No obstante, advierte, “la intervención de Estados Unidos no implica que se lleve a la democratización de Venezuela y tampoco que la democratización consiga que los venezolanos y venezolanas se vuelvan a su país”.

Si surge una situación de mayor violencia, combates en las calles o enfrentamientos entre militares estadounidenses y chavistas, incluso podría aumentar la migración.