Rojo, amarillo y verde. Los colores de la bandera de Bolivia se mueven en trajes llamativos, brillantes y cargados de bordados que resaltan. Los pasos enérgicos y acrobáticos se imponen entre el sonido de los cascabeles, que repican con cada golpe doble contra el suelo. Las polleras, circulares y sensuales, avanzan y retroceden de izquierda a derecha con una cadencia que invita a mover los hombros y los brazos para imitar los pasos, aun sin saber cómo.
La escena no transcurre en un teatro ni en un festival multitudinario. Ocurre a cielo abierto, en una tarde cualquiera, en la plaza Belgrano. Entre chicos que juegan, vecinos que toman mate y personas que cruzan apuradas, un parlante irrumpe con ritmos andinos y bailarines ocupan el centro del paseo. Algunos peatones reducen el paso, otros se sientan a mirar. El repique de las botas contra el piso obliga a girar la cabeza.
Los ensayos de la agrupación caporal Urus, Virgen de la Candelaria, son retazos de un espectáculo más grande que no se ve completo allí. De viernes a sábado por las tardes practican las coreografías y la gente se detiene a mirarlos, a escuchar ese ritmo festivo que muchas veces versiona canciones popularmente conocidas. Las cabezas de quienes se sientan en los bancos giran hacia el sector que en otros horarios funciona como espacio de clases de zumba, para descubrir esta danza todavía desconocida para muchos tucumanos.
El origen del caporal
El caporal nació a fines de la década de los 60 del siglo XX en La Paz, Bolivia, creado por los hermanos, Víctor y Vicente Estrada Pacheco, para honrar al Señor Jesús del Gran Poder.
Desde su origen tuvo un carácter devocional y callejero. No se pensó para escenarios ni para parejas, sino para grandes bloques de bailarines que avanzan al mismo tiempo por calles, con pasos marcados y golpes que dialogan con la percusión.
Con los años, esa forma de bailar cruzó montañas y rutas. Llegó a Perú, a Chile y a la Argentina. En provincias como Salta y Jujuy forma parte del paisaje habitual de carnavales y corsos. En Tucumán, ese camino recién comienza.
“Parte del paisaje”
La filial de Urus en Tucumán se creó en 2015 y hoy reúne a más de 100 alumnos de distintas edades y puntos de la provincia. La directora es Nazarena Cruz de 26 años, estudiante de Artes Visuales, quien se incorporó al grupo cuando se mudó desde Amaicha del Valle para estudiar en la capital. “Ya bailaba caporal en Santa María (Catamarca). Cuando vine a Tucumán me sumé al grupo y después asumí la dirección”, cuenta. Para ella, el proyecto trasciende lo coreográfico. “No es solo baile. Es cultura, devoción y comunidad”, afirma, y explica que trabajan todo el año con profesores para cada bloque, con niños desde los seis años y también adultos mayores que se acercan por primera vez.
La organización requiere esfuerzo constante. La etapa más intensa llega en agosto, cuando se concentran las festividades de la Virgen de Urkupiña. En ese período participan en festivales, eventos privados y distintas invitaciones. Algunas presentaciones son pagas y otras no. “A veces nos contratan y otras veces solo vamos a mostrar nuestro trabajo”, señala la directora, y remarca que cada salida funciona como una oportunidad para difundir la danza.
Cada bailarín debe costear su vestuario, que se confecciona en Bolivia y se importa a través de la filial central ubicada en Jujuy. “Un traje supera los U$S 300, porque es muy elaborado. Organizamos rifas y actividades para ayudar a las familias a comprarlos”, señala. Aun así, la convocatoria no se detiene. “Somos parte del paisaje de la plaza Belgrano. Mucha gente nos ve ensayar y pregunta cómo puede sumarse”, agrega.
“Hombres del agua”
El nombre del grupo también guarda una memoria histórica. La palabra “urus” refiere a una de las naciones indígenas más antiguas del altiplano, conocidos como “Hombres del agua”. Habitaron zonas lacustres como el lago Titicaca, el río Desaguadero y el lago Poopó, donde se dedicaron tradicionalmente a la pesca, la caza y la recolección.
El nombre reconoce el origen andino y mantiene vivo el vínculo cultural con la tierra donde nació el caporal.
El vestuario define identidades y roles. Las cholitas lucen sacos entallados con hombros grandes y elevados, polleras cortas y vistosas de telas contrastantes, bordadas, trenzas con tulmas, cintas de colores y sombreros pequeños. Sus movimientos resultan ligeros y delicados. Los machos encarnan la fuerza del grupo, con saltos, patadas, sombreros y botas altas cargadas de cascabeles que marcan cada golpe. Llevan camisas con fajas coloridas y pantalones que resaltan los cuádriceps. Las machas, mujeres que integran el bloque masculino, comparten pantalón, saco y botas y ejecutan la misma secuencia enérgica.
Florencia López eligió ese lugar. Tiene 27 años, es alta, sonriente y enérgica. Trabaja en una estética y baila como macha desde hace dos años. Conoció el caporal por videos en redes sociales y se sorprendió al descubrir que en Tucumán existía una agrupación numerosa. “Me animé y me sumé”, dice. Recuerda que lo primero que la impactó fue la potencia del baile: “Tiene mucha fuerza, muchos golpes marcados. Es más intenso que otros estilos y eso me atrapó desde el principio”. Cuando habla del momento de salir a escena, se enfoca en la música. “Muchas veces, la gente reconoce las canciones, canta y acompaña. Esa conexión con el público es hermosa”, asegura la joven.
A unos metros están las más chicas. Libia, de 9 años y Eluney, de 11, ajustan las trenzas y acomodan el sombrero antes de empezar. Llegaron, una por recomendación familiar y la otra por videos en TikTok y hoy esperan cada práctica como una fiesta. “Me gusta porque tiene mucha emoción, sonrisas y baile”, dice Libia. Eluney coincide y agrega que lo vive como una forma de alabanza. Ambas recuerdan los nervios de la primera clase y los complicados pasos que no salían, pero también describen la sensación de ponerse el traje. “Los tacos y el sombrero cambian todo. Te hacen sentir más grande”, cuenta. Para nada tímidas, muestran juntas el paso que a las dos les costó más aprender: con giro doble y movimiento de brazos que cambian de dirección, explican la complejidad que tiene.
Eluney cuenta que vino sola porque vive cerca, en Capital, pero que su familia no falta a ninguna presentación. Libia llegó desde Famaillá, donde vive, y está acompañada por su mamá. “A veces vengo con mi mamá y otras con mi papá a las clases”, explica.
El bloque masculino ensaya aparte de las cholitas. Allí el sonido es más seco. Armando Flores, profesor de 29 años, marca tiempos y corrige posturas. Explica que la dificultad principal está en lo básico. “El paso base marca el ritmo del caporal. Son dos golpes fuertes que hacen sonar los cascabeles”, señala. A su lado, Gabriel Reynoso repite la secuencia. Baila desde 2018 y destaca el costado cultural de la experiencia: “Transmitir parte de la cultura boliviana a través del baile, es lo principal. Me gusta la forma en la que bailamos y el estilo del grupo”, comenta.
Ambos coinciden en que todavía deben explicar qué es el caporal cada vez que alguien se acerca a preguntar. Sin embargo, cada vez que Urus realiza una convocatoria, la curiosidad suma nuevos interesados.
La música suena en Barrio Sur y el grupo repite las coreografías desde el inicio. El polvo se levanta con los saltos. Los cascabeles y las polleras vaporosas, con muchas capas, marcan el compás. La plaza acompaña con la mirada. No hay telón, solo práctica y constancia.
Así, sin escenario formal y sin carteles, Urus construye su lugar. La danza del altiplano gana espacio en el mapa tucumano. Y mientras el resto continúa su rutina, ellos transforman ese rincón en una celebración colectiva, como si la fiesta pudiera empezar cualquier tarde.