Amaneció gris en Tafí del Valle. A las 9, una calma extraña envolvía el ambiente en la estancia El Churqui, como si el tiempo se hubiera detenido después de una noche larga de brindis, presentaciones, buena onda, camaradería y nerviosismo. El predio todavía aguardaba a los protagonistas mientras la ciudad se preparaba para vivir otra edición del Seven, un clásico ya instalado en el calendario.
Los preparativos avanzaban sin pausa. La organización ajustaba detalles y los primeros equipos comenzaban a arribar al predio. Huirapuca (Ciudad de Concepción), protagonista y defensor del título, todavía no aparecía. Los jugadores, que se habían instalado en viviendas particulares, cada uno por su cuenta, estaban ultimando detalles.
Pasadas las 11, el conjunto de Concepción finalmente llegó a estancia El Churqui. La carpa ya estaba lista, los bolsos desparramados y las mesas con agua, frutas, turrones y todo lo necesario para la previa. El búnker de los del sur se diferenciaba incluso en cada uno de los detalles: bebidas bien conservadas en conservadoras térmicas, tachos de basura propios y una organización que reflejaba experiencia. Claro, los concepcionense habían llegado a la 26° edición del certamen como el segundo más ganador (compartía ese mote con el seleccionado tucumano, con seis coronas, una menos que el seleccionado de Salta).
Los calentamientos no se realizaban a la vista del público, sino detrás de la zona de carpas, en un espacio reservado para la concentración y los ejercicios precompetitivos.
“No fue una noche tranquila, cada uno estaba en su casa y con sus pensamientos; pero nos levantamos un poco más enfocados”, había declarado en diálogo con LA GACETA, que siguió de cerca cada paso de “Huira”, Juan Manuel Herrera, capitán del equipo. “Sabemos que defendemos el título y eso genera ansiedad, pero el grupo está unido y con muchas ganas”, había agregado.
El estreno fue contundente. Huirapuca salió a la cancha con decisión y marcó diferencias desde el inicio ante Roy Riff. Con dominio territorial absoluto, presión constante y eficacia en ataque, el equipo de Concepción construyó una goleada que nunca estuvo en discusión. Al cierre del encuentro, el marcador reflejó un claro 41-7 que dejó en evidencia la superioridad del último campeón.
Tras ese encuentro, José Ignacio Nuñez Piossek, una de las figuras del partido, se había mostrado contundente. “Necesitábamos la victoria para poder quitarnos el nerviosismo. Nuestro objetivo es entrar a la pelea por la Copa de Oro”, había dicho sinceridad. “No nos sentimos candidatos, no importa a quien nos enfrentemos debemos jugarles de igual a igual”.
La victoria reforzó la confianza, pero no apagó la cautela. Entre partido y partido, los jugadores se reunían en ronda, abrazados como si así sus almas pudieran entrelazarse. Escuchaban atentos a los entrenadores y volvían a enfocarse.
Las caras mostraban alegría, sí, pero también una seriedad distinta; la de un equipo que sabía que el camino recién empezaba.
Luego llegó el duelo con Universitario de Salta (Sancor Seguros). Las cábalas se cumplían a rajatabla y la concentración iba en aumento. Fue otra victoria, esta vez por 19 a 10 y el boleto sellado para jugar las semifinales de la Copa de Oro LA GACETA. Y otra vez la cábala: jugadores abrazados, frases de aliento y descansar.
“Me encanta venir a este torneo. Es la sexta vez que lo juego y siempre quiero volver”, decía Miguel Romero, integrante del plantel “verdirrojo”.
En “semis” le tocó Jockey de Salta (Iveco Ortega). Fue el partido más trabado, parejo y difícil de la jornada. El juego parecía encaminarse a un empate. Estaba 7 a 7, luego 14 a 14 y el manager Horacio Carreras se los anticipó a sus pupilos: “Si vamos al alargue, lo perdemos”.
Y ahí, en la última jugada, Juan Ignacio Agüero marcó el try que desató el festejo y le dio el boleto a la gran final. “Este árbitro está pasado de autoridad. No nos puede tener jugando con cinco todo el partido”, protestó Carreras.
El enojo concepcionense fue en aumento pese a la victoria. “No tiene sentido que un árbitro salteño dirija a un equipo de su provincia contra un tucumano”, dijo Alejandro Molinuevo, intendente de la ciudad del sur.
Previa del duelo decisivo
Los jugadores estaban distendidos y la música sonaba al palo. Sólo se veían sonrisas. “Esto es lo que le gusta a ellos, sentirse protagonistas”, lanzó Tristán Molinuevo, head coach de la Primera de “Huira”. Algunos jugadores lanzaban chanzas y otros compartían con sus familiares, mientras los entrenadores planificaban la gran final contra Universitario (Palau 7).
El capitán Núñez Piossek los reunió a todos debajo de una de las “H” y repitieron la cábala.
Huirapuca salió confiado y se puso arriba y tuvo la chance de liquidar el juego antes del cierre de la primera mitad. Sin embargo, no logró culminar un ataque y en la replica “Uni” se puso a tiro en el marcador.
En el intervalo, Carreras salió despedido y le dijo a Núñez Piossek: “Dale, este partido es tuyo”. Pero en “Uni” comenzó mejor y se puso arriba. El ida y vuelta era constante y cuando parecía que “Huira” había reaccionado y se quedaba con el juego, los de Ojo de Agua aceleraron y pegaron el golpe de gracia.
Con “Uni” campeón, el manager salió despedido hacia su búnker: “Nos cagaron (sic)”, lanzó. “Álvaro del Barco es de ‘Uni’ no podía dirigir este partido”, protestó.
Cuando la tarde comenzó a perder la batalla contra la noche en Tafí, el predio ya no era el mismo. El ruido seguía, la música continuaba y el público celebraba, pero para Huirapuca el Seven había terminado antes. No con una copa, sino con esa mezcla extraña de orgullo, bronca y cansancio que sólo entiende el que jugó todo en un mismo día. Así se vive el Seven: intenso, breve, injusto a veces, inolvidable siempre. Y así, desde adentro, se explica por qué nadie deja de volver.