Recuerdo haber visto Bambi por primera vez con abuelita (diminutivo reservado para las que elevaban al cuadrado los cargos familiares: era bisabuela). Ella era la primera en ofrecerse a llevarnos a las películas infantiles. En el cine de la calle Monteagudo, que tenía esas butacas que te querían tragar y olor a alfombra y caramelo. Muchísimo después leí el libro de Félix Salten y su historia. Ahí descubrí que la película que me había entristecido de chico era, en realidad, una versión azucarada de una obra más terrible. .
Permítanme citar la charla de dos hojas en vísperas del otoño. Si la película les pareció triste, verán que el texto original es otra cosa (peor):
–¿Será cierto –dijo la primera hoja– que cuando nosotras nos hayamos ido vendrán otras hojas a ocupar nuestro lugar, y después de esas otras, y así sucesivamente, unas hojas irán reemplazando a otras?
–Sí, eso es cierto…
–¿Sentimos algo, nos enteramos de lo que es de nosotras cuando estamos allí abajo?
La primera hoja responde:
–¿Quién lo sabe? Ninguna de las hojas que han caído regresó jamás para decírnoslo.
Félix Salten fue hijo de la Viena chismosa de finales del siglo XIX. Allí “tomar un café” dejó de ser un simple hábito gustativo para convertirse en una forma de vida pública. Un Melange (un capuchino, diríamos) daba derecho, por unas monedas, a ocupar una mesa horas enteras, leer diarios locales y extranjeros, despachar correspondencia y ejercer la contemplación sistemática del prójimo. El café era “un parlamento portátil”, escribió Stefan Zweig, “un club democrático abierto a todos” donde el estudiante y el archiduque compartían mantel de mármol. En esos cafés nació la sociabilidad ruidosa que los vieneses bautizaron tritsch-tratsch: ese cuchicheo veloz que convertía cualquier noticia en rumor y cualquier rumor en nueva materia de conversación.
Salten (originalmente Siegmund Salzmann, 1869-1945) fue un periodista influyente y miembro del grupo modernista Jung Wien. Llegó a Viena de niño con su familia judía. A pesar de su éxito y ascenso social, mantuvo una perspectiva de “outsider” que alimentó su capacidad de observación de la sociedad vienesa. Veía la ciudad moderna como un escenario saturado de estímulos, donde la atención a gestos y posturas era clave para navegar la vida social. Creía que nadie podía hacer “ni siquiera la cosa más mínima sin revelar todo su ser con un movimiento, un gesto, una sonrisa, una mirada”. Era, digamos, un etólogo de café que luego trasladó sus observaciones al mundo animal. No veía a los animales como personas, sino al revés: usaba animales para mostrar lo que las personas no querían ver.
Todo esto complica la idea cómoda de “libro para niños”. Bambi no fue escrito como un juguete literario. Son relatos que sueltan al lector, chico o grande, en un mundo donde las hojas caen y nadie vuelve a contarnos qué pasa después. La división por edades oculta la verdadera frontera: la inteligencia del texto. Muchos libros para adultos infantilizan el mundo, lo vuelven digerible a fuerza de explicarlo todo. En cambio, algunos libros supuestamente infantiles se limitan a mostrar la crueldad elemental de las cosas.
Ahí entra abuelita
Cada vez que abro un libro o voy al cine pienso en ella. No como gesto sentimental, sino como criterio. Abuelita no necesitaba solemnidad ni explicaciones para entender una historia. Por eso, frente a ciertas obras largas, graves y prestigiosas, se habría aburrido con razón; no por dificultad, sino por desconfianza en el lector. Mi prueba es bastante doméstica. Si una historia puede leerla un chico sin que haya que disfrazarla demasiado, y un adulto sin sentir que lo tratan como tonto, algo de la literatura sigue en pie. Pensar en la abuelita, en cómo habría mirado esas películas o esos libros, es mi manera doméstica de medir eso: si la obra confía en quien la lee o, por las dudas, lo agarra demasiado fuerte de la mano sin dejarlo sentir esa insoportable levedad del ser hojas.