Por Fabián Gautero
Para LA GACETA - TUCUMÁN
El periodo vacacional se yergue como la auténtica oportunidad que tenemos para descansar de las obligaciones y entregarnos a experiencias que hacen olvidar el tiempo cronológico, sin embargo, lo que parece un viaje directo al disfrute y al placer sin límites, resulta en una encerrona trágica, en dónde lo que realmente se encuentra es una barrera infranqueable: nuestros límites humanos.
El mito de la abundancia
Desde los relatos más antiguos, la humanidad ha narrado su relación con la abundancia en términos conflictivos. Para los griegos, el mito de Tántalo reflejaba la condena de quien, rodeado de agua y frutos, nunca lograba saciar su sed ni su hambre. En la tradición bíblica, el Edén simboliza la abundancia originaria, pero también la incapacidad humana de sostenerla sin caer en la tentación. Estos relatos nos advierten que la abundancia no es sinónimo de plenitud, sino un desafío que pone a prueba los límites del psiquismo.
Las religiones han interpretado la abundancia como un terreno de riesgo espiritual.
En el cristianismo la riqueza excesiva es vista como un obstáculo para la salvación: “Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el reino de los cielos”.
En el budismo a abundancia material es considerada una ilusión que distrae del camino hacia la iluminación.
En el islam la abundancia es un don que exige responsabilidad y justicia social.
Todas coinciden en que la mente humana, limitada en su capacidad de discernimiento, puede perderse en la abundancia si no encuentra un sentido trascendente.
Paradoja de libertad ilimitada
Los filósofos modernos han advertido que la abundancia genera un nuevo tipo de esclavitud.
Jean-Paul Sartre señaló que la libertad absoluta puede convertirse en angustia, pues cada elección implica responsabilidad.
Zygmunt Bauman, en su análisis de la “modernidad líquida”, describe cómo el exceso de opciones nos condena a la incertidumbre permanente.
Byung-Chul Han advierte que la sobreabundancia de estímulos produce un “cansancio del alma”, una fatiga invisible que erosiona la vida interior.
La abundancia, lejos de liberarnos, nos enfrenta a la tiranía de lo ilimitado.
El cerebro frente al exceso
La neurociencia confirma lo que los mitos y religiones intuían: el cerebro humano tiene límites claros.
La atención solo puede concentrarse en un número reducido de estímulos a la vez.
La memoria de trabajo se satura rápidamente ante el exceso de información.
La dopamina, neurotransmisor del placer, se ve alterada por la sobreexposición a recompensas inmediatas, generando adicción y ansiedad.
La abundancia digital —redes sociales, plataformas de consumo, información infinita— se convierte en un laboratorio donde observamos cómo el psiquismo humano se quiebra bajo la presión de los excesos.
La humanidad vive hoy en un Edén tecnológico y material, pero nuestro psiquismo, con alguna que otra actualización, sigue siendo el mismo que el de los cazadores-recolectores que sobrevivían con lo mínimo. La abundancia nos exige un nuevo pacto: aprender a poner límites, recuperar el sentido y poner nuestra atención en asuntos que valgan la pena para transformar los excesos en oportunidades de crecimiento individuales y sociales.
Ocio versus negocio
El ocio para los antiguos significaba una oportunidad para apartarse de las obligaciones propias de la producción económica y laboral, -neg/ocio, (negación del ocio)- y dedicarse al pensamiento creativo y a la relajación espiritual. Podríamos concluir que, la abundancia sin conciencia, se convierte en condena; con sabiduría, puede ser la puerta hacia una nueva forma de libertad. Con justeza y prudencia, el verdadero secreto de la felicidad.
De lo que sí podemos estar seguros, es que lo anterior nunca formará parte de una campaña de marketing llevada adelante por un banco o tarjeta de crédito, mucho menos, en tiempo de vacaciones.
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Abel Novillo – Historiador y escritor.