Hay sueños que no se apuran, sino que se esperan y se cuidan. Se llevan en silencio mientras la vida y el fútbol empujan para otros lados. Para Víctor Salazar, jugar en San Martín fue siempre eso: un sueño paciente, heredado, tatuado en la piel y sostenido en el tiempo. Por eso, cuando finalmente llegó el día, la emoción no entró en el cuerpo, sino que lo desbordó.
“Esto es algo que soñé desde chico. No es una frase hecha”, dice, todavía con la voz cargada. “Yo nací hincha de San Martín. Mi papá, mi familia... Todos somos hinchas. En mi casa no se hablaba de otra cosa. Y estar hoy acá es cumplir un sueño que también era de él”, afirma.
El tatuaje en su cuerpo no es una provocación ni una excentricidad, sino una declaración de identidad. “Me lo hice en 2018 y nunca pensé si me podía perjudicar o no. Yo soy así; amo a San Martín y no lo iba a esconder. Nunca se me cruzó por la cabeza que a otro club le podía molestar”, afirma.
Durante años, Salazar miró a San Martín desde afuera. Lo alentó desde donde le tocó jugar, lo sufrió a la distancia y lo defendió incluso cuando no vestía la camiseta. “Me ponía triste que no me llamaran”, reconoce. “Pero yo sabía que en algún momento iba a llegar. Y si no llegaba, estaba dispuesto a tocar la puerta porque este club es parte de mi vida”.
Cuando finalmente se dio, la emoción fue compartida. El abrazo con Lucas Diarte recorrió las redes, pero no necesitó explicación. “Con Lucas somos familia. Nos conocemos desde chicos, vivimos a pocas cuadras y compartimos todo. Incluso elegimos ser padrinos de nuestras hijas. No es solamente una amistad, es algo mucho más profundo”, cuenta. “Por eso ese abrazo fue tan fuerte. Era decir: ‘lo logramos, estamos acá’”.
Salazar habla de Diarte con la misma calidez con la que habla de su familia. “Es una gran persona y un excelente amigo. Tenerlo al lado en este momento tan especial es un regalo”, dice.
Pero si hay una figura que aparece una y otra vez en su relato, es la de su padre. “Todo esto es por él; sé que estaría orgulloso. Él me enseñó lo que es San Martín y lo que representa. Por eso siempre digo que el club está por encima de todos nosotros”, asegura.
Esa convicción explica también las decisiones que tomó a lo largo de su carrera. Las llamadas de Atlético, por ejemplo, nunca prosperaron. “Siempre dije lo mismo, puedo jugar en cualquier club menos ahí”, confiesa sin rodeos. “No podía fallarme a mí ni a mi familia. Mi papá se iba a levantar de la tumba para putearme. En mi barrio todos saben lo que somos, y yo no podía traicionar eso”, jura.
Hoy, ya con la camiseta puesta, Salazar entiende que el desafío es enorme. “San Martín no se merece estar donde está”, afirma. “Nosotros estamos para dejar todo y devolverlo al lugar que corresponde. Eso es lo que estamos haciendo; nos entrenamos al máximo, con responsabilidad y con hambre”, remata.
El hincha, dice, puede esperar entrega, sacrificio, sudor y lágrimas. “Que confíen en nosotros. Voy a dejar todo por esta institución; no puedo prometer otra cosa que compromiso y sacrificio”, afirma.
Salazar y los recuerdos, siguiendo a San Martín por todos lados
Los recuerdos lo acompañan como combustible emocional. El ascenso en la cancha de Argentinos en 2008 sigue siendo una postal imborrable. “Ese centro, ese gol… es el mejor recuerdo que tengo como hincha”, dice. También recuerda una anécdota que pinta su fanatismo: cuando se escapó de la pensión de Rosario Central para ir a ver a San Martín contra Boca. “Me suspendieron, claro. Pero cuando llamé a mi papá, me entendió. Él sabía lo que significaba”, dice.
En casa, la pasión convive con contradicciones. “Uno de mis hijos es hincha de Boca”, cuenta entre risas. “Salió cruzado. Pero yo siempre digo lo mismo; el hincha de San Martín nace, no se hace”, explica.
Salazar llegó como refuerzo, pero en realidad arribó como algo más difícil de encontrar; un jugador que siente el escudo como parte de su historia. Y cuando eso pasa, el fútbol deja de ser solamente un trabajo. Se vuelve una promesa, un homenaje. Sí; una forma de volver a casa con el corazón por delante.