Las variables que contribuyen a la longevidad humana en las llamadas “zonas azules” forman parte del estilo de vida de sus habitantes. Pero ¿qué ocurre cuando ese saber, natural y cultural, se intenta extrapolar a nuestras sociedades? En Occidente, la cultura de la salud suele promover una hiperconciencia del riesgo y una creciente medicalización preventiva. Industrias enteras giran en torno al “cuidarse”, aunque la autoexigencia y la culpa por no cumplir suelen generar estrés sostenido, uno de los principales enemigos de la longevidad. En las “zonas azules”, en cambio, vivir más parece ser una consecuencia y no un objetivo. Por ejemplo, casi no hay gimnasios: la actividad física es moderada y cotidiana -caminar, cultivar, subir cuestas- y no una compensación artificial del sedentarismo. La alimentación tampoco es una obsesión: es simple, poco procesada y profundamente social. Paradójicamente, aunque sabemos más sobre nutrición, comemos peor y con mayor conflicto psicológico. A esto se suma que los mayores conservan un lugar y una función dentro de la comunidad, mientras que en nuestras sociedades el aislamiento y la pérdida de sentido se han vuelto riesgos frecuentes. Un estudio longitudinal realizado en Finlandia con ejecutivos de alto nivel reforzó esta idea: quienes vivían con menor obsesión preventiva y declaraban sentirse bien tendían a vivir más y mejor que aquellos excesivamente disciplinados. El estrés crónico parecía pesar más que algunos factores de riesgo clásicos. Desde esta perspectiva, la espiritualidad -entendida como profundidad de pensamiento- permite relativizar certezas, buscar sentido y desarrollar una sabiduría práctica capaz de orientarnos en un mundo saturado de estímulos que empujan hacia la superficialidad y la homogeneización cultural.
Jorge Ballario
psicologo.ballario@gmail.com