En todas las familias se da una diversidad de formas de actuar en lo que a comportamiento social se refiere que en las reuniones se hace patente. Por un lado hay gente de naturaleza verborrágica, como partidaria de un “asiático famaillense”, ya que trata de no dejar espacio al silencio; es gente con “horror vacuis”, terror al vacío. Por otra parte, tenemos el estilo “ático infiernillo”, es decir personas que omiten opinar y son reticentes a colmar el paisaje de referencias suyas La nomenclatura procede de la retórica grecolatina: el estilo ático (de Atenas) representaba lo sobrio y el asiático (de Asia Menor) lo recargado y grandilocuente.

Una simplificación odiosa, si se quiere, que no deja ver que en lo que a lo social respecta, son complementarios y no opuestos. ¡Qué sería del comensal ático sin la tranquilidad que le da el asiático para ensimismarse o, por qué no, escuchar a los otros desde su tranquilo rincón o mundo! A la inversa, no habría asiático sin el permanente ceder el lugar del otro.

El espíritu más “ ático” que conocí (es decir sereno y silencioso) fue la bisabuela Yolanda, con sus “ojos acuosos donde se espejaba el Mediterráneo de su Málaga natal”, frase de una nieta que vale más que la mejor foto. Ahora bien, en la familia también tenemos un alegre tifón barroco, el tío Gonzalo. Suya es esta disertación ante el público atento de familia ampliada. Precisamente cuando le preguntaron por la abuela Yolanda.

Se acomodó en la silla, se frotó las manos y dijo:

- Ustedes saben que la gente se despide cuando muere. Por más escéptico que uno sea, casi todos tienen alguna historia donde el mundo parece haberse enterado antes que nadie de que alguien había partido.

Mencionó de paso a William James, así, al pasar, así no le falte una buena cita:

- James decía que uno puede creer sin certeza. Que hay ideas que no necesitan demostración si nos sirven para vivir mejor. Lo de las despedidas, por ejemplo. Son una de las formas de vivir con los intereses de la creencia en la inmortalidad sin gastar el capital -y ahí remató, levantando apenas una ceja-. Ponerle una fichita, vamos.

Después empezó a contar. Primero lo del manicero, un viejo que pasaba todas las siestas con el trencito de maní, haciendo sonar la pava esa insoportable. Estaba en el hospital cuando chifló su locomotora por última vez.

Después, lo de los perros. Mansos, viejos. Casi nunca ladraban. Pero la noche en que partió su dueña, aullaron tan fuerte que no se podía dormir. Después se fueron al monte. No se sabe quién los soltó.

Y lo de la puerta pesada, la del fondo de la casa donde vivía un imprentero. Una que siempre estaba dura y hacía un chillido terrible cuando entraba y salía todo el día. El día del velorio, sin que nadie la tocara, se abrió sola y se escuchó a tres cuadras ese ruido que ponía los pelos de punta a todos.

- Che, ¿y de la familia?-, preguntó alguien.

- También, claro...- dijo Gonzalo-. El abuelo se mandó una muy suya: nos tocó la ventana a los nietos, pregunten si miento. Eso que estaba de viaje...

- ¿Y la abuela Yolanda?

- ¡A eso iba! Qué mujer tranquila, la Yola. Tenía paz. Pasaba al lado tuyo canturreando bajito y te ayudaba sin que le pidas.

- Contá, contá, tío, ¿qué pasó?

- Bueno, bueno. Aquí quería llegar. Me acuerdo patente de ese día. ¿Saben lo que hizo la vieja al despedirse?

Miró a sus hermanos, que ya se reían porque conocían las mañas del relator para generar suspenso, pero que lo escuchaban porque sabían que era verdad y agradecían el recuerdo.

- Ni pío -dijo-. Así es. La vieja se fue sin molestar a nadie.

Hubo un silencio breve, con sonrisas, y después un brindis por la semblanza de una de esas personas que siempre están, sin hacer ruido.