Por Flavio Mogetta para LA GACETA
“Y recordé todo/ Especialmente el corazón, el corazón sobre todo/ Todo lo llevo perfecto, lo que aún no se ha roto/ Guardado, aquí adentro en mi pecho izquierdo/ Guardado, aquí adentro en costado izquierdo”, canta Manuel Moretti, de la banda de rock Estelares, desde la canción “El corazón sobre todo”. Y de alguna manera de eso se trata El corazón en la mano, el libro del doctor Horacio Vogelfang en el que da cuenta de más de tres décadas en cientos de cirugías de cardiopatías congénitas y trasplantes de corazón.
Vogelfang, médico cirujano cardiovascular infantil graduado en 1976 en la UBA, es una de las figuras pioneras en el trasplante cardíaco infantil en Latinoamérica. En el año 2000, en el Hospital Garrahan, hizo el primer trasplante cardíaco pediátrico en un hospital público de la Ciudad de Buenos Aires y al mismo tiempo puso en marcha el único programa de estas características en la región, con más de un centenar de niñas, niños y adolescentes trasplantados desde entonces. Pero siempre buscó salirse de la zona de confort y por eso también impulsó la creación del primer Banco Público de Homoinjertos Humanos Criopreservados de América Latina, que permitió utilizar tejidos cardíacos como prótesis biológicas para pacientes de nuestro país y del mundo.
El libro El corazón en la mano da cuenta de su destacado desarrollo profesional, pero al mismo tiempo el autor comparte con nosotros su infancia marcada por la poliomielitis, que le dejó consecuencias visibles en su movilidad; algunas de las historias de vida de niños y niñas trasplantados y también lo sucedido en 2018 cuando la entonces directora del Garrahan lo invitó a jubilarse.
- ¿Cómo nace este libro, la idea de llevarlo a adelante?
- Hace muy pocos días, durante la presentación del libro, cambié mi impresión. Coordinaba el evento una hija mía y cuando comenzó a hablar, dijo que escribir un libro no es un hecho catártico sino un hecho político. Yo siempre decía que para mí fue como un ejercicio de catarsis, porque lo empecé a escribir cuando vislumbraba que me tenía que ir del Hospital Garrahan, muy a mi pesar, después de más de 30 años de trabajar ahí y considerarlo mi segundo hogar. Comencé a sentir que eso era una herida que se abría y coincidió que en esos días el periodista Javier Sinay me hace una entrevista y al terminar me dijo que le parecía que mi historia daba para un libro. Le pregunté si daba ese tipo de talleres de escritura y así surgió, a fines de 2020. Fueron apareciendo circunstancias, personajes, pacientes. Y escribir me ayudó a procesar muchas cosas. Una vez que se definió que esto iba a ser un libro fue todo muy rápido, vertiginoso, y aquello que fue una suerte de ejercicio catártico se transformó en un hecho político. Lo que está escrito puede tener sus consecuencias.
- A lo largo del libro uno descubre varias veces que se trazan puentes con la figura de Sísifo.
- El coordinador de ese taller de escritura sugirió que hiciera un listado de cosas que me aparecían: recuerdos, nombres, situaciones. Me aparecía solo ese o esa paciente, un hecho de la infancia, un recuerdo, y en un momento me apareció la imagen de Sísifo. Había leído “El mito de Sísifo”, de Camus, y me habían impresionado algunas reflexiones. Me fui dando cuenta de que había algo que podía relacionar con mi infancia. Mi enfermedad, que me obligaba a vivir cosas como grandes desafíos, grandes esfuerzos, rocas que empujar hasta la cima de la montaña y que luego caen. Eso que, en principio, puede ser tomado como un castigo de los dioses, de la vida; yo lo que tomé del análisis de Camus, cuando decía que en el momento del ascenso él lo imaginaba feliz, orgulloso de poder levantar esa roca y de llevarla hasta la cima. Yo repetí el camino varias veces, venciendo obstáculos y -una vez lograda la meta- empezando de nuevo.
- En un pasaje muy interesante del libro trazás un puente con tu abuelo Isaac, que zurcía e hilvanaba sombreros; con tu padre también, que cosía y unía pieles de nutrias, y con vos que “remendarías corazones”.
- Siempre reivindico lo artesanal de la cirugía. Es un momento mágico de una conexión porque cuando estás trabajando en eso, con el instrumental y las suturas tan delicadas de las que apenas se ven unos centímetros con anteojos que magnifican la imagen. Es un momento en el que hay una conexión completa entre lo que uno piensa y lo que uno hace. Está uno mirando con esos anteojos de lupa un campo con estructuras muy pequeñas. Por eso apareció esa imagen cuando escribía, lo artesanal de las técnicas quirúrgicas y la historia familiar de mi abuelo y de mi padre, artesanos, que cosían cosas también.
- En El corazón en la mano descubrimos historias de vida, de pacientes a los que has intervenido, y descubrimos que no todas tienen un final feliz.
- No hubiese sido auténtico con los pacientes. Lo que no hice fue desechar a los pacientes que aparecieron en mis recuerdos. Traté de escribir con la mayor autenticidad. Y también pensé que era una manera de comunicar que nuestra profesión, en los que hay momentos difíciles, de angustia y dolor, que hay que transitar, ayudando a ese otro que está que atraviesa lo más difícil. Muchas de esas familias me mandan mensajes, se acuerdan de mí, con agradecimiento, con cariño, y eso para mí es impresionante. Le da sentido a mi vida.
- A lo largo de estas décadas has hecho mucho. ¿Cuál considerás que ha sido el gesto, técnica o instrumento que has dejado a futuro?
- Creo que lo que puedo decir es que no hay que concederle la parálisis al miedo. Hay que avanzar, hacer cosas que los pacientes necesitan aunque parezcan audaces. La técnica quirúrgica del trasplante era una técnica conocida; lo que puedo decir que aportó es haber creado, sostenido y que haya sido sustentable -porque perdura en el tiempo- que se haga en un hospital público. Sí fue trascendental lograr en el hospital público el Banco de arterias y válvulas cardiacas humanas congeladas, un desarrollo tecnológico revolucionario. Y dentro de los programas de trasplantes cardiacos, haber protocolizado y sistematizado el uso del corazón artificial en la infancia como puente al trasplante porque los pacientes más chiquitos no tienen donantes muy a menudo, y a veces tienen que esperar meses o años a un donante adecuado. Haber usado un elemento tan sofisticado y de tan altísimo costo, en el hospital público, me parece también un logro que queda.
- Cuando hablamos del punto de partida del libro utilizaste la palabra catarsis y luego, a partir de la presentación, el hecho de la escritura como acción política. Como referente latinoamericano en cirugía cardiovascular y tantas décadas trabajado en el Hospital Garrahan, ¿qué opinión tenés de lo que está sucediendo en estos tiempos?
- Esa situación la viví como todos, enterándome por los medios de lo que estaba pasando, por algún comentario de gente que trabaja en el hospital y que todavía integran mi equipo de trabajo… y mi primera sensación fue de incredulidad. No podía y no puedo creer que tan livianamente a todo el equipo de salud del Hospital Garrahan se lo tilde de ñoquis, de que se tratan de reclamos políticos, como si buscaran derrocar un gobierno. Gente que dedica su vida y todo su tiempo laboral productivo lúcido. Cuando uno se va del hospital terminando el día, encarar otro trabajo para poder suplementar el sueldo hospitalario -y que esas personas tengan que reclamar por un sueldo digno- no está bien. Creo que el Estado debe anticiparse, no llegar después del reclamo. Tiene que entender que la ciencia, la educación y la salud son bienes sociales.
- Al comienzo del libro te preguntás: “¿fue pertinente mi obstinación por contribuir a que en el Hospital de Pediatría Prof. Dr. Juan P. Garrahan se desarrollaran prácticas de la más alta complejidad?” Y en ese momento tu respuesta fue “la duda me entristece”. ¿Cuál es tu respuesta ahora a esa misma pregunta?
- La misma. Las políticas de desarrollo de políticas de cultura, de la ciencia, de la salud no deberían apuntar al que puede acceder a ellas sino al que las necesita. Eso me entristece.
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PERFIL
Horacio Vogelfang, médico cirujano cardiovascular infantil, es una de las figuras pioneras en el trasplante cardíaco infantil en Latinoamérica. En el Hospital Garrahan realizó en el año 2000 el primer trasplante cardíaco pediátrico en un hospital público de la Ciudad de Buenos Aires y puso en marcha el único programa de estas características en la región. Participó en infinidad de cirugías de cardiopatías congénitas y trasplantes de corazón, pulmón y riñón. En 2019 fue postulado por Red Solidaria y la Cátedra Unesco de Educación para la Paz al Premio Nobel de Medicina.